26 de octubre de 2016

[Series] Black Mirror Temporada 1: una lectura social, política y personal


Advertencia: este artículo asume que ya has visto la primera temporada de Black Mirror.

Si la tecnología es una droga, ¿cuáles son sus efectos secundarios? Black Mirror, la serie creada por Charlie Brooker, lleva ya algunos años explorando esta cuestión a base de inteligentes fábulas ambientadas en realidades que recuerdan mucho a nuestro mundo actual. Hay quien ha querido ver en la serie una crítica a la sociedad de la información y al uso cotidiano que hacemos de la tecnología que tenemos a nuestro alcance, pero a mí no me da la impresión de que Black Mirror lance un mensaje necesariamente antitecnológico. Creo que no son los teléfonos móviles ni las redes sociales los objetivos de la certera mirada de Charlie Brooker y sus compañeros guionistas, sino los seres humanos que les dan uso. La tecnología es una herramienta y, como tal, carece de voluntad y moralidad; es la persona que emplea dicha herramienta la que le confiere connotaciones negativas con su uso inapropiado o con su abuso. Así, en base a nuestro uso irresponsable, la misma tecnología que se ideó para facilitar la comunicación entre las personas y hacer nuestra vida un poco más cómoda puede acabar convirtiéndose en la causa de que los seres humanos perdamos la capacidad de crear relaciones genuinas entre nosotros y seamos tiranizados por nuestros propios inventos. La tecnología es aquí la excusa que saca a la luz nuestra verdadera naturaleza, que siempre ha estado latente. Por eso la serie se titula Black Mirror, porque es un espejo en el que se refleja lo peor de nosotros mismos. Yo veo Black Mirror no como una ficción distópica o una parábola sobre la angustia tecnológica en la era de las redes sociales, sino como una exploración de lo peor de la naturaleza humana en una época en la que gozamos de un amplio catálogo de herramientas para manifestar nuestra oscuridad interior.

A continuación voy a repasar los tres episodios de los que consta la primera temporada de la serie, estrenada en  2011 en la cadena británica Channel 4.

The National Anthem (El himno nacional)


El primer episodio de Black Mirror supuso un pequeño hito en la historia de la televisión por su osado planteamiento. Se trata del ya célebre capítulo del cerdo, construido en base a un reclamo morboso que seguro que atrajo a muchos espectadores en su momento. Pero lo verdaderamente atrevido no es lo que sucede con el cerdo, sino la forma en la que ese argumento se usa para atacar al propio espectador. De entre todos los demás, The National Anthem es quizá el episodio que más se merece el título de Black Mirror.

La princesa, una figura muy querida en esta versión del Reino Unido tan cercana a la nuestra, ha sido secuestrada y su secuestrador sólo tiene una exigencia: el Primer Ministro debe aparecer en todos los canales de televisión del país manteniendo relaciones sexuales con un cerdo antes de una hora determinada o la princesa será ejecutada. Así empieza una historia a caballo entre el drama angustioso y la parodia perversa, aunque con frecuencia se inclina más hacia esta última. El componente morboso está presente desde el principio y, como decía, es muy posible que la intención de Charlie Brooker fuese convertirlo en un reclamo para los espectadores. ¿Acabará el Primer Ministro follándose al cerdo? ¿Se atreverán a mostrar algo así en pantalla? ¿Hasta donde es capaz de llegar esta ficción? Seguro que muchos espectadores abordaron este episodio con esas preguntas en mente como lo hice yo mismo. Ahí es donde entra el morbo, esa fascinación que nos despierta aquello que es moralmente reprobable, aquello que sabemos que es desagradable o que supone la humillación de otra persona, pero que sin embargo nos resulta atractivo.

"Conozco a la gente. La gente disfruta con la humillación", dice uno de los personajes del episodio en cierto momento. Esa frase se aplica tanto a las circunstancias ficticias que se nos están mostrando como a nosotros, los espectadores reales que hay al otro lado de la pantalla. ¿Acaso no nos parece atractiva la idea de humillar a nuestros líderes? ¿Acaso no disfrutaríamos si alguno de nuestros políticos actuales se encontrase en esa tesitura? Es más, en los años que han pasado desde la emisión original de The National Anthem, con el creciente descontento hacia una clase política preocupada sólo por mantener su posición y por crear cortinas de humo que aparten la mirada de la desoladora crisis económica de la que no logramos salir, humillar a nuestros políticos se ha convertido casi en una necesidad. Sin embargo, no debemos olvidar que se trata de personas y, por muy despreciables que sean, merecen ser tratadas con un mínimo de respeto. La parodia, la caricatura y el humor negro siempre serán vías aceptables para expresar la frustración y el descontento, pero la simple y llana humillación basada en la crueldad sin sentido es una barbaridad que deberíamos rechazar.

Antes de que este texto derive hacia el eterno debate acerca de los límites del humor debería decir que The National Anthem no tiene intención humorística en absoluto. Cuando finalmente la búsqueda de la princesa fracasa y el Primer Ministro se ve obligado a acceder a las condiciones del secuestrador, lo que se nos muestra no es una escena de bestialismo, sino la respuesta del público ante semejante circunstancia. Al principio la gente no sólo celebra la ocurrencia, sino que se divierte con ella. Durante varios minutos vemos las expresiones del público de esa versión del Reino Unido, sorprendiéndose, riendo y hasta disfrutando de la humillación a la que se está viendo sometido el político. Sin embargo, Charlie Brooker no se detiene ahí y sostiene la escena el tiempo suficiente como para que veamos cómo las expresiones de la gente van pasando de la diversión al disgusto y, finalmente, al rechazo. Ese es el efecto que tiene llevar el morbo hasta sus últimas consecuencias: lo desagradable, lo prohibido, lo inmoral, pierde el atractivo inicial que lo envolvía y se muestra como lo que es en verdad, quedando sólo la angustia. Después de todo, los actos prohibidos sólo resultan atractivos cuando son una fantasía, pero cuando se han llevado a cabo toda su mística se desvanece. Esas caras de la gente que observa la terrible humillación del Primer Ministro hasta sus últimas consecuencias constituye el primer espejo negro en el que vernos reflejados.

Hay mucho más en este episodio, desde luego, aunque a mí me interesaba hacer hincapié en este aspecto concreto. También se puede ver un adelanto de lo que podría ser una nueva forma de terrorismo en la presente era de la información, así como un tratado sobre la sorprendente capacidad de la sociedad para olvidar de forma selectiva los episodios más negros de su historia. Al fin y al cabo, el epílogo de The National Anthem nos muestra lo que sucede un año después del secuestro de la princesa, con el Primer Ministro aún en su puesto y con mayor índice de popularidad que nunca. Parece que el pueblo ha optado por recordar sólo algunos elementos de lo sucedido, olvidando por completo otros. En concreto, el pueblo elige olvidar cómo se sintió mientras se emitía aquel acto en sus televisores. ¿Es esto producto de la culpa? ¿O quizá forma parte de la tendencia de los seres humanos a obviar sus tendencias más cuestionables? ¿Es una manera de negar que, al menos durante unos instantes, todos disfrutaron del sufrimiento ajeno? Porque no me cabe duda de que el sufrimiento es lo que se esconde detrás del morbo. Este episodio deja muy claro que el personaje del Primer Ministro acaba completamente destruido. Su relación con su esposa acaba rota y quizá irrecuperable. El hecho de saber que hizo lo que hizo para salvar una vida es un pobre consuelo cuando todo lo que le queda después de aquel día aciago es mera fechada: tras la popularidad y las sonrisas delante de las cámaras su vida personal ya no es más que ruinas. 

Cuando pienso en este episodio me doy cuenta de que me cuesta considerar que es una obra redonda. Ciertos aspectos, como la identidad del secuestrador de la princesa, me parecen un tanto estrafalarios. No obstante, no le puedo negar el mérito de saber meter el dedo en la yaga. Lo irónico es que todos aplaudimos este episodio en su día, pero seguimos con nuestras vidas como si tal cosa; unas vidas en las que con demasiada frecuencia recurrimos a humillar aquello que no nos gusta. Cada vez que una figura pública realiza una declaración desafortunada o que una película que no nos gusta se estrella en taquilla acudimos alegremente a las redes sociales para hacer chistes hirientes al respecto. Con preocupante frecuencia nos olvidados de que esa figura pública es una persona como nosotros y que tiene todo el derecho del mundo a meter la pata o que detrás de esa película fallida había un montón de gente tratando de hacer su trabajo lo mejor posible. No solemos pensar que nuestras graciosas ocurrencias en Twitter pueden acabar haciendo daño a alguien y nos amparamos en el humor cuando en ocasiones lo que hacemos no tiene intenciones humorísticas. Estoy convencido de que a veces nos engañamos a nosotros mismos diciendo que estamos haciendo una simple broma para no admitir que nuestra burla no pretende otra cosa más que humillar, destruir y hacer daño. Me pregunto qué sucedería si pudiésemos llevar esas burlas crueles hasta sus últimas consecuencias. ¿Nos sucedería como a los británicos que vieron durante una hora interminable cómo su impopular Primer Ministro se follaba a un cerdo? ¿Sentiríamos asco de nosotros mismos como ellos?

Fifteen Millions Merits (Quince millones de méritos)


He visto Fifteen Millions Merits varias veces y cada vez que lo hago acabo desolado. No sólo me parece una de las piezas televisivas más inteligentes que se nos han ofrecido nunca, sino también una de las más certeras e hirientes. No conozco una serie o una película que haya conseguido captar mejor el zeitgeist de nuestro tiempo que este capítulo de Black Mirror y los años que han trascurrido desde su primera emisión no han hecho más que revalidar su mensaje: todos somos prisioneros de la sociedad que hemos creado porque en realidad no tenemos ninguna intención de cambiarla. Todos nos hemos rendido y hemos acabado aceptando que somos pequeños engranajes dentro de una máquina monstruosa que se expande y engulle todo lo que hay a su alrededor. Incluso aquellos que parecen rebelarse contra la tiranía del sistema esconden en lo más profundo de su interior el deseo de medrar dentro de ese mismo sistema al que dicen odiar y, de hecho, el propio sistema cuenta con los mecanismos necesarios para asimilar a los disidentes y convertir sus protestas en un engranaje más que asegura la continuidad del conjunto. Nuestros sueños, anhelos y esperanzas, todos esos aspectos íntimos que creemos que nos definen, son producto de la ingeniería del sistema, que nos adoctrina y nos enseña a consumir esos mismos sueños en su forma más comercial y desnaturalizada, para que nunca estemos saciados y siempre queramos consumir un poco más. Si alguien es lo bastante osado como para abandonar el camino marcado y crear una tendencia propia, el sistema se encargará de asimilar esa tendencia, comercializarla y despojarla de cualquier atisbo de rebeldía. Así, los seres humanos hemos creado un mundo vacío y carente de significado en el que ocultar nuestras vidas vacías y carentes de significado tras esperanzas prefabricadas y objetos de consumo masivo. Incluso nuestras relaciones con los demás, quizá la única razón por la que merece la pena seguir viviendo, están mediatizadas, dirigidas y condicionadas por el sistema. Las personas ya no tenemos voz propia.

Fifteen Millions Merits nos presenta una realidad distópica en la que los seres humanos viven recluidos en instalaciones cerradas. Nunca se nos explicita lo que ha sucedido en el exterior, pero podemos suponer que hay un buen motivo por el que ya no se puede salir. Para poder subsistir, todas las personas tienen una tarea: pedalear durante buena parte del día para producir energía eléctrica. Ese trabajo se ve recompensado con una moneda a la que se llama "mérito" y que se usa para comprar objetos tales como comida en las máquinas expendedoras o como artículos para personalizar una especie de avatar virtual. Cada persona se ve constantemente expuesta a un bombardeo de publicidad televisiva, siendo dos los programas mayoritarios: uno de ellos es un talent show similar a los que hemos tenido en el mundo real durante estos años y el otro es básicamente pornografía dirigida a espectadores masculinos. Para librarse de los anuncios es necesario pagar méritos, lo que maximiza su capacidad de impacto: aquellos que no tienen méritos suficientes se ven obligados a verlos incluso en contra de su voluntad, ya que cerrar los ojos no es una opción que el sistema permita.

Pues bien, en este contexto nos encontramos a un personaje que ha heredado los créditos de su hermano recientemente fallecido, por lo que puede permitirse una vida cómoda. Sin embargo, no tienen ningún interés en gastar esos méritos en sí mismo porque es capaz de percibir lo absurdo del mundo del que forma parte. La suya es una vida monótona y caracterizada por la falsedad hasta que escucha cantar a una de sus compañeras, hacia la que acaba desarrollando una cierta atracción. Puesto que cree que su voz es lo único auténtico que ha encontrado nunca, decide invertir sus méritos en comprarle una entrada para que participe en el talent show y se gane una vida mejor lejos de las bicicletas. Pero al llegar al concurso y realizar una impresionante actuación, la chica es presionada por los jueces para que olvide su deseo de ser cantante y acceda a trabajar en el canal de pornografía. En parte condicionada por la droga que le han obligado a consumir al salir al escenario y en parte porque semejante presión es más de lo que puede soportar, la chica accede a la propuesta.

Pero el episodio no acaba en ese momento. Nuestro protagonista, desolado por lo sucedido y con su cuenta de méritos a cero, se ve obligado a ver los anuncios en los que se publicita el debut pornográfico de su enamorada. Entonces decide invertir los siguientes meses (quizá años) en pedalear y pedalear hasta reunir de nuevo los quince millones de méritos necesarios para comprar una nueva entrada con la que participar en el talent show. Allí, amenaza con cortarse la garganta con un cristal en mitad del escenario y le echa en cara tanto a los jueces como a los espectadores la realidad del mundo en el que viven: que todo se comercializa, que sólo importa acumular objetos y más objetos, que la bondad y la esperanza ya no significan nada. Entonces uno de los jueces le ofrece la posibilidad de tener su propio espacio dentro de uno de sus canales, en el que poder expresar sus opiniones delante de todos los espectadores dos veces por semana. Y nuestro protagonista accede (y en esta ocasión sin estar bajo el efecto de ninguna droga, por lo que elige en plena libertad), dejando atrás tanto a la bicicleta como a su enamorada y ascendiendo un escalafón dentro del sistema. En la última escena del episodio se nos muestra que su reducido y oscuro habitáculo es ahora una habitación enorme y bien iluminada, con vistas hacia el exterior (o al menos hacia una recreación muy detallada del exterior, lo cual me parece más probable). Sin embargo, como era de esperar su nueva vida no se diferencia mucho de su vida anterior: sigue siendo una vida vacía de significado en la que se siente insatisfecho. En última instancia, lo único que ha hecho ha sido sustituir su pequeña celda por una prisión más grande,

La metáfora que sustenta Fifteen Millions Merits me parece endiabladamente inteligente. Todos los elementos que forman parte de ella tienen un sentido y un significado y todos y cada uno de los personajes que aparecen en la historia, desde los protagonistas hasta los secundarios más insignificantes, sirven para enriquecer el mensaje final. No hace falta reflexionar demasiado para darse cuenta de que esta distopía refleja nuestra sociedad de consumo, la tiranía de la imagen (representada por el hecho de que las personas obesas que no son aptas para pedalear se tratan como ciudadanos de segunda) y el poder de los medios de comunicación sobre nuestro pensamiento. Nuestros sueños no son nuestros en realidad, sino que son producto de la influencia del sistema, que determina qué cosas podemos desear y nos condiciona desde niños para que las deseemos. ¿Cómo no desear ser cantante cuando todos los días eres bombardeado por anuncios sobre cantantes que se han ganado una vida de lujo gracias a sus voces? El sistema no se conforma con decirnos quiénes somos, sino que además se atreve a decirnos quiénes podemos ser... si es que nos deja, claro.

La rebeldía de nuestro protagonista, en lugar de abrir los ojos de la sociedad de la que forma parte, acaba siendo asimilada por el sistema. De esta forma, su mensaje pierde toda fuerza y autenticidad. Esto es así porque el sistema sabe que una manera de mantener la fidelidad de sus componentes consiste en permitirles cuestionar ese sistema del que forman parte, pero siempre dentro de unos límites aceptables que no pongan en peligro la estabilidad del conjunto. Por eso el personaje principal de Fifteen Millions Merits gana su propio espacio en televisión en el que criticar al sistema dos veces a la semana, porque la suya es una crítica al sistema realidad desde dentro del propio sistema y, por tanto, no supone ningún riesgo de cambio. En última instancia, el sistema ha asimilado al posible rebelde, ha desnaturalizado su mensaje y lo ha comercializado, destruyendo su intención original. No se puede ser antisistema desde dentro del sistema, porque el propio funcionamiento del sistema asume que puede existir cierto grado de desviación en sus componentes. La única forma de ser antisistema, por tanto, es abandonar por completo el sistema y convertirse en un paria, en un rechazado, en alguien que ya no forma parte de la sociedad. Llegados a ese extremo, a nadie debería sorprenderle que todos elijamos la comodidad de seguir llevando una vida vacía dentro del sistema a tener que vivir libres pero convertidos en unos apestados sociales.

Vivimos en un mundo en el que los movimientos y las fuerzas políticas que abogaban por el cambio han fracasado. Ni el 15-M ni Occupy ni los pretendidos "partidos del cambio" como Podemos han logrado cambiar el sistema y esto es así porque en lo más hondo no tenían ninguna intención de desmantelar el sistema. A nadie debería sorprenderle esta revelación: ¿Cómo es posible que una persona que se gasta el dinero en comprar una máscara de Guy Fawkes fabricada en China y distribuida por una gran multinacional tenga la osadía de declararse antisistema? El auténtico antisistema es el que rechaza el modelo establecido, el que se niega a ver la televisión, el que no consume los productos que ve anunciados, el que decide no usar las redes sociales... y al hacerlo se convierte en un marginado, por supuesto. Es más fácil protestar un poco, pero no demasiado, desde la comodidad de nuestras casas que implicarse de verdad en un doloroso proceso de cambio que lo ponga todo patas arriba y arriesgue nuestro modo de vida. El mayor triunfo del sistema es habernos enseñado a aceptar que el propio sistema es la única alternativa viable. Por eso cualquier atisbo de rebeldía se desvanece ante lo posibilidad de conseguir beneficio y medrar en el sistema. Por eso no podemos escapar de la sociedad que nosotros mismos hemos diseñado. Por eso este capítulo es tan desolador, porque nos muestra que somos prisioneros porque hemos elegido serlo, porque no nos atrevemos a ser otra cosa, porque en realidad ni siquiera deseamos ser otra cosa.

The Entire History of You (Tu historia completa)


Este último capítulo de la temporada tiene un significado especial para mí porque en él veo reflejada una de mis tendencias más peligrosas. The Entire History of You es una historia sobre obsesión, celos y paranoia, pero también es una historia sobre el poder sanador del olvido y la importancia de aprender a pasar página y dejar atrás el pasado. Decir que a veces hace falta olvidar para seguir adelante puede parecer una afirmación estúpida, pero debemos tener en cuenta que nos encontramos inmersos en una época en la que gran parte de nuestras vidas queda registrada en la red porque nos dedicamos a compartir sin mesura nuestras fotos, las cosas que hacemos e incluso las cosas que pensamos. ¿Qué sucede entonces cuando un cambio profundo en tu vida te lleva a replantearte todo lo que has dicho, hecho o pensado en el pasado? ¿Cómo dejar atrás todos esos archivos repartidos entre nuestros blogs y redes sociales? ¿Tendremos que revisar todo lo que hemos escrito en Twitter para eliminar cualquier disonancia cada vez que cambiemos nuestra forma de pensar? En definitiva, ¿cómo dejar atrás el pasado cuando dispones de un registro concienzudo de ese mismo pasado?

En esta historia asistimos a la historia de un marido que vuelve a casa antes de lo previsto tras una reunión de trabajo y encuentra a su mujer en una actitud bastante acaramelada con un viejo amigo. Los celos le llevan a presionar cada vez más a su mujer hasta que logra sonsacarle que aquel hombre fue su amante años atrás, pero eso no satisface a nuestro protagonista, que cada vez se obsesiona más y más. Gracias a que en el futuro cercano que presenta The Entire History of You casi todo el mundo dispone de un implante que permite almacenar y revivir cualquier recuerdo, el protagonista de esta historia se dedica a analizar sus archivos de forma metódica hasta que acaba descubriendo inconsistencias que echarle en cara a su mujer. El tono de los reproches se endurece hasta extremos peligrosos y finalmente decide exigir responsabilidades al antiguo amante de su esposa de forma violenta. Esto acabará confirmando sus sospechas de que, en efecto, la relación con su mujer no se ha mantenido en el pasado sino que ha llegado a serle infiel.

El acierto del capítulo radica en hacer que la paranoia del protagonista, que es un auténtico capullo, acabe estando justificada. Esto coloca al espectador en una postura incómoda, pues por una parte la búsqueda de la verdad puede considerarse legítima, pero por otra la actitud del protagonista durante dicha búsqueda es deleznable y su conducta sobrepasa los límites del maltrato y el abuso psicológico. Este hombre tiene una personalidad tan rígida y tan obsesiva que se siente incapaz de perdonar el más mínimo detalle y lo que oculta una personalidad así, tan tendente a la agresividad, es una gran inseguridad: si recrimina a su mujer por lo sucedido es porque en el fondo teme que no le quiera, que vaya a darle de lado. Evidentemente, esta situación también se puede interpretar desde la perspectiva de género, pues la actitud del personaje es la que se espera (y casi se considera "normal") dentro de una sociedad machista como la nuestra. No obstante, quisiera centrarme en el aspecto personal, en la realidad individual de esta persona que trata de apaciguar sus miedos e inseguridades revisando una y otra vez sus recuerdos, reviviendo sus propios errores y archivando los errores de los demás para poner reprochárselos más adelante. Me avergüenza reconocer que me veo reflejado en este espejo negro en concreto, pues en una época determinada de mi vida me comporté de forma similar. Los celos me llevaron a estar en guardia permanente y a rumiar todas y cada una de mis interacciones, llegando a retorcer la realidad para que se amoldase a mis temores. Lo triste es que en ese momento fui incapaz de darme cuenta de que lo único que motivaba esa forma de actuar era el miedo al rechazo, el miedo a ser sustituido en el corazón de un ser querido, el miedo a no ser amado. No me cabe duda de que eso es lo que motiva las acciones del protagonista de The Entire History of You.

Pensar así es reducir la realidad a una simplicidad que desde luego no tiene. Las personas son mucho más complejas de lo que parece y las relaciones entre ellas evolucionan y se transforman de manera constante. Es cierto que el amor puede convertirse en desamor y el deseo puede desvanecerse, pero también es igualmente cierto que se puede amar a una persona de distintas formas a lo largo de la vida y que el deseo puede existir de forma independiente al amor. Un polvo puede ser sólo un polvo, incluso en el marco de una infidelidad conyugal. Si debe ser perdonado o no es algo que cada uno debe decidir por sí mismo, pero creo que todos estaremos de acuerdo en que la sospecha de un engaño no justifica la elaborada caza de brujas que se nos muestra en este episodio de Black Mirror. Se trata de algo excesivo que se produce por una única razón: porque el personaje protagonista es incapaz de olvidar y sin olvido no hay perdón posible.

El olvido es un mecanismo psicológico necesario para nuestra salud mental. Y olvidar no es un proceso tan sencillo como eliminar los contenidos de nuestra memoria tal y como se borran los archivos de un ordenador, sino que supone romper la conexión entre el recuerdo almacenado y las emociones que se asocian a él. Cuanto más fuerte sea la conexión emocional con un recuerdo, más presente estará en nosotros (por eso se recuerdan mejor aquellos momentos en los que las emociones, tanto positivas como negativas, estaban a flor de piel). Sólo cuando logremos desligar el recuerdo de las emociones empezará a difuminarse y a quedarse atrás. Lo más probable es que nunca se borre del todo, pero al menos ya no despertará esas fuertes emociones que despertaba antes y, como consecuencia, dejará de hacernos daño. La cuestión es entonces la siguiente: ¿Cómo desligar esos recuerdos de las emociones si estamos reviviéndolos continuamente? ¿Cómo dejar atrás el pasado cuando hemos dejado huellas de ese pasado a lo largo y ancho de la red? ¿Cómo olvidar cuando vivimos rodeados de recuerdos?

Al final de The Entire History of You, el protagonista deambula por su casa vacía tras la marcha de su mujer y su hija. Se nos insinúa que su matrimonio se ha roto, pero él sigue reviviendo una y otra vez los recuerdos que tiene almacenados en su implante. Eso sí, en esta ocasión no se dedica a revisitar las pruebas que alimentaron su paranoia, sino a rememorar los pequeños momentos de felicidad que tuvo con su familia: la sonrisa de su hija, una mirada coqueta de su esposa, un abrazo casual... momentos aparentemente insignificantes que en realidad son lo único que importa llegado el final. ¿Cómo seguir adelante cuando esas memorias son lo único que queda de tu vida? La respuesta de Black Mirror es contundente: al final del episodio el personaje se arranca el implante de memoria con sus propias manos con la esperanza de encontrar liberación en el olvido... algún día.

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