11 de marzo de 2016

[Cómic] Los Proyectos Manhattan, de Jonathan Hickman y Nick Pitarra

¿Y si el departamento de investigación y desarrollo creado para construir la primera bomba atómica hubiera sido la tapadera de otra serie de programas más inusuales? ¿Y si la unión de las mentes más brillantes de su generación no hubiera sido una señal para el optimismo, sino para la aprensión? ¿Y si... salió todo mal?


El nombre de Jonathan Hickman empezó a sonar con fuerza en el panorama del cómic americano hace unos años, primero con sus series independientes para Image como El Informativo Nocturno o Pax Romana y luego con su entrada en Marvel. Hickman escribió una apasionante etapa de los Cuatro Fantásticos, una etapa tan innovadora de los Vengadores que incluso cuesta etiquetarla como etapa de Vengadores y el evento más desmesuradamente ambicioso de la Casa de las Ideas en muchos años: Secret Wars. Pero si me preguntas a mí te diré que recuerdo a Hickman como el guionista que mejor sabe escribir a los más listos de la clase. El Universo Marvel está lleno de supergenios científicos, pero su genialidad pocas veces se manifiesta más allá de su tendencia a fabricar trastos tecnológicos imposibles. La inventiva sólo es una de las características del genio. ¿Dónde están el pensamiento lateral y la genuina curiosidad? ¿Qué hay de la pasión por la exploración y el descubrimiento? Y, sobre todo, ¿por qué no muestran serias dificultades para interactuar con aquellos cuyos procesos de pensamiento son infinitamente más lentos y simples? Al leer los Cuatro Fantásticos de Hickman recuerdo que su caracterización de Reed Richards me transmitió la fuerte sensación de que el pensamiento de aquel personaje estaba muy por delante del mío propio. Su genialidad le ascendía por encima de las mentes de los meros mortales, colocándolo en una categoría superior que los humanos con una cognición del montón no podemos comprender del todo. Ah, pero Reed Richards era un héroe en un mundo de héroes. ¿Y si el genio no estuviese atado por ninguna moralidad? ¿Y si el método científico diese rienda suelta a los genios para que se convirtiesen en monstruos? ¿Y si la ciencia fuese... mala?

La respuesta a esta pregunta es la serie que Hickman y su colega Nick Pitarra (con quien ya trabajó en la muy recomendable The Red Wing) elaboraron para Image Comics: Los Proyectos Manhattan. Al ser una cabecera creator owned en la que los autores conservan pleno control creativo, su perversidad no encontró ninguna traba a a la hora de adentrarse en una retorcida ucronía en la que la creación de la primera bomba atómica era una fachada para ocultar conspiraciones secretas, invasiones alienígenas, viajes por el multiverso, crímenes inenarrables y cantidades ingentes de casquería y fluidos varios. Ahora, tras cinco tomos publicados (que engloban veinticinco números americanos), Los Proyectos Manhattan ha alcanzado un importante punto de inflexión y es un momento tan bueno como cualquier otro para dedicarle unas líneas.

En efecto, Hickman sabe cómo caracterizar a algunos de los hombres más dotados de nuestra historia reciente como Oppenheimer, Einstein, Fermi o Feynman. Todos son seres cuyas mentes geniales están muy por encima de las nuestras... y todos ellos son unos malnacidos ególatras e inmorales en el mejor de los casos o unos monstruos asesinos y desquiciados en el peor. Esta serie tiene uno de los mejores repartos que he visto nunca y todos y cada uno de los personajes son personas horribles. No obstante, esto no quiere decir que la serie no sea divertida, pues Los Proyectos Manhattan pretende ser una suerte de parodia hiperbólica y exagerada en la que el gore y el humor negro tienen un espacio destacado. En esto ayuda mucho el dibujo de Pitarra, que está especialmente dotado para la caricatura. Sus personajes son fácilmente reconocibles y el parecido con sus referentes reales es innegable, pero la exageración deliberada de sus rasgos los convierte en parodias andantes a las que cuesta tomarse en serio.

Los Proyectos Manhattan es un campo de juegos para Hickman y Pitarra, que juegan al despiste con las expectativas que puede tener el lector respecto a los acontecimientos históricos auténticos como el Proyecto Manhattan, el lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima o el inicio de la Guerra Fría. Evidentemente, al tratarse de una ucronía su historia no tiene por qué seguir fielmente los acontecimientos reales y, de hecho, suele optar por tergiversarlos. De esta forma puede que algunos personajes históricos sean en realidad alienígenas infiltrados, dobles de realidades alternativas o cosas incluso más locas. Siempre podemos esperar que se acaben narrando eventos como el asesinato del presidente Kennedy o la crisis de los misiles en Cuba, pero siempre van a estar relacionados con el peculiar universo de ciencia absurda e inmoral de la cabecera.

Cuesta resumir el argumento de Los Proyectos Manhattan, tanto por tratarse de una serie planteada a largo plazo como por estar en continua evolución. Al contrario que otras muchas series regulares americanas, ésta no se organiza en arcos argumentales bien delimitados sino que tiene una especie de hilo conductor alrededor del cual se van desarrollando diversos acontecimientos. Sin embargo, incluso ese hilo conductor (la Guerra Civil Oppenheimer) ha concluido, dejando infinidad de tramas abiertas y a gran parte de los personajes desperdigados por el multiverso y sumidos en sus propios argumentos. De ahí que el formato de la serie vaya a ser algo distinto de ahora en adelante.

Sin entrar mucho en detalle, la Guerra Civil Oppenheimer fue el conflicto abstracto que se llevó a cabo en el interior del espacio mental del propio Doctor Oppenheimer, uno de los científicos de los Proyectos, que sufría una forma rematadamente seria de identidad disociativa (personalidades múltiples, para los legos). Fueron los dos bandos de esta guerra imaginaria los que acabaron configurando otro de los rasgos característicos de la serie: el singular uso del color durante los frecuentes flashbacks, en los que todo se muestra en una constante oposición entre azul y rojo. Esto, que ya es una seña de identidad de Los Proyectos Manhattan, se debe al trabajo de la excelente colorista Jordie Bellaire. No obstante, pese a lo original y significativo que es el contraste entre los dos colores durante las primeras entregas, creo que la repetición del recurso acaba por desgastarlo. Al principio el azul y el rojo están asociados a conceptos muy reconocibles dentro de la dinámica de la cabecera, pero en los flashbacks posteriores empieza a perderse un tanto la coherencia y los dos colores comienzan a usarse según motivos estéticos y no tanto por su simbolismo primigenio. Quizá conscientes de ello, los autores recortaron bastante el uso de flashbacks durante las entregas más recientes.

Mientras la psique de Oppenheimer estaba en guerra, a su alrededor se formó una variada alianza de personajes que se ampararon en la ciencia y en el supuesto bien mayor que su investigación puede proporcionar a la humanidad para amasar poder y explorar sus insanos apetitos. Así, a los Proyectos se unieron personajes como el nazi Wernher Von Braun, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin y la perrita Laika, que por supuesto es capaz de hablar y de usar una ametralladora porque esto es un tebeo. Las actividades de estos personajes fueron creciendo de forma exponencial tanto en escala como en locura, ya sea convirtiendo a presidentes muertos en inteligencias artificiales letales o exterminando a imperios alienígenas al completo. No hay límite alguno para sus depravaciones, igual que no hay límite para las risas que pueden llegar a provocar. Los Proyectos Manhattan entra dentro de la categoría de series de cómic que no se toman demasiado en serio a sí mismas y que no se preocupan demasiado por colocar los juguetes de vuelta en su sitio después de jugar con ellos. Esto es, que los autores no tienen problema en mutilar o matar sin piedad a sus personajes o en trasformarlos hasta lo irreconocible si con eso hacen avanzar su historia. Siguiendo con la metáfora, los juguetes están hechos para jugar con ellos y si alguno se rompe siempre puede ser sustituido por otro. Esto es lo que justifica la existencia de series creator owned como esta, en las que no hay que preocuparse de que los personajes tengan que interactuar con personajes de otras series o participar en eventos y demás como sí sucede en Marvel y DC.

Concluida la Guerra Civil Oppenheimer, la trama más extensa de la colección hasta el momento, cabe preguntarse si Los Proyectos Manhattan ha perdido fuelle o frescura desde sus inicios. Yo diría que no, que pese a que los autores comiencen a acusar el desgaste que por fuerza debe provocar una serie que ha superado los veinticinco números siguen teniendo suficiente pegada como para mantener al lector interesado. El final de la Guerra Civil Oppenheimer ha sido sin duda uno de los puntos álgidos de la colección y a mí me ha resultado ampliamente satisfactorio, aunque puedo entender que el giro final resulte abrupto y hasta anticlimático, No en vano Oppenheimer ha sido el personaje más carismático desde los inicios de la colección. Sin embargo, cerrada esa trama (o al menos tan cerrada como puede estar una trama de Hickman, porque es obvio que el Proyecto Caronte iniciado por Oppenheimer es un importante cabo suelto) la serie ha continuado... y de qué manera. El viaje al espacio profundo de Laika ha tenido consecuencias inesperadas y Yuri, obsesionado con su amada canina, ha partido en su búsqueda. También se ha ofrecido una explicación tremendamente hilarante sobre la muerte de Kennedy y la famosa "bala mágica" que acabó con su vida. Por otro lado, la Guerra Fría se ha recrudecido y el Kremlin pretende que la infección de Tunguska se extienda por el mundo. Finalmente, Feynman, Einstein y Einstein (sí, he puesto Einstein dos veces y no es un error) se han lanzado a la odisea de exploración científica definitiva a través del multiverso infinito. El potencial de la serie para dar cabida a nuevas historias fascinantes y estrambóticas sigue siendo obscenamente elevado. No hay motivos para creer que Hickman y Pitarra hayan quedado en punto muerto, desde luego.

Puede que Los Proyectos Manhattan ya no sea exactamente la misma serie que era al principio, pero aún le queda mucha ciencia absurda y mucha mala leche por ofrecer. Ahora que los personajes están tan separados parece que el propio formato de la serie va a cambiar, pasando a estar formada por diversas miniseries. La primera de ellas es The Sun Beyond the Stars, recién concluida en Estados Unidos, que será recopilada en el sexto tomo de la colección. Ya estoy deseando que caiga en mis manos.