15 de junio de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 3): "Qualinost"

Después de repasar los libros centrados en los primeros años de Raistlin, el personaje más popular de esta saga de fantasía, me apetecía hacer lo propio con los demás aventureros que protagonizan las Crónicas de la Dragonlance y rememorar así sus orígenes. Quizá esté demorando demasiado el momento de releer las Crónicas, que como ya apunté son el eje central que articula toda esta franquicia, pero no tengo prisa. Aunque iba a ponerme ya con los Preludios, que son dos trilogías ambientadas inmediatamente antes de las Crónicas, he decidido embarcarme antes en la lectura de otros seis volúmenes cronológicamente anteriores. Los Compañeros de la Dragonlance es una colección de seis libros escritos por distintos autores que narran los primeros encuentros entre quienes se convertirán en los futuros héroes (de hecho, el título en inglés de la colección es Dragonlance Meetings). Recuerdo haber comenzado a leer esta hexalogía hace años, aunque nunca llegué a terminarla. Es buen momento para enmendar ese error.

Como todas las subcolecciones de la franquicia, Los Compañeros de la Dragonlance es independiente del resto de libros aunque está plagada de guiños y referencias a su universo. No obstante, hay que tener en cuenta que la historia continúa de un volumen a otro, por lo que deben ser leídos en orden (al contrario de lo que sucede con los Preludios, que son independientes entre sí y pueden ser abordados en cualquier orden). El primer volumen se tituló Qualinost en su edición española, aunque el título en inglés es mucho más sugerente: Kindred Spirits. La historia transcurre casi por completo en la ciudad élfica de Qualinost y tiene como protagonistas a dos de los compañeros: el enano Flint Fireforge y Tanis el Semielfo. El libro no sólo narra su primer encuentro, sino también el desarrollo de su incipiente amistad. En los siguientes volúmenes se les irán uniendo los demás personajes que acabarán conformando el elenco principal de las Crónicas.

Qualinost fue escrito por Mark Anthony, un escritor habitual en el entorno de la narrativa fantástica hace ya unos años (además de este libro de la Dragonlance también firmó varios de Reinos Olvidados, la otra gran saga noventera de espada y brujería), y Ellen Porath, coautora de otros volúmenes posteriores de Los Compañeros de la Dragonlance. Ambos autores están bastante por debajo de lo que ofrecen Margaret Weis y Tracy Hickman en los títulos principales de la saga, pero Qualinost supone una historia entretenida y entrañable, aderezada con unas pequeñas notas de misterio. Si bien no llega a ser un libro notable, sí es al menos recomendable.

Como decía, el grueso de la narración se sitúa en Qualinost, capital de uno de los dos grandes reinos élficos del mundo de la Dragonlance: Qualinesti. Durante los años posteriores al Cataclismo que lanzaron los dioses sobre la tierra como castigo por la arrogancia de los hombres, Qualinesti cerró sus fronteras. Desde entonces, los habitantes de Qualinost han tenido poco contacto con el mundo exterior, aunque entre ellos ha ido surgiendo el debate acerca de si se deberían retomar los contactos comerciales que tuvo antaño el reino. Sin embargo, los tumultuosos años posteriores al Cataclismo, con toda la violencia que conllevaron, hicieron que muchos nobles elfos acabasen despreciando a las demás razas y en especial a los humanos, responsables de muchas tragedias para los suyos. Precisamente uno de nuestros protagonistas es producto de una de esas tragedias.

El libro arranca con el nacimiento de Tanis, el hijo mestizo de una elfa violada por un asaltante humano. Exhausta por el parto y desolada por el asesinato de su esposo a manos de los mismos humanos que la forzaron, la madre es incapaz de reponerse y muere poco después de dar a luz. Bautizado con el nombre élfico Tanthalas, el bebé es entonces acogido por su familiar más cercano, su tío Solostaran, el Orador de los Soles (título que ostenta el gobernante de Qualinost, a quien se puede considerar rey de Qualinesti). Pese a su ascendencia humana, el Orador cría a Tanis junto a sus propios hijos, Porthios, Lauralanthalasa (Laurana para abreviar) y Gilthanas. Aunque la corte no aprueba la decisión de su gobernante, acaba aceptando a Tanis a regañadientes. Eso no quiere decir que el joven semielfo sea visto con buenos ojos ni mucho menos: los demás elfos no lo consideran semielfo, sino semihumano; alguien cuya sangre está contaminada por una especie inferior y violenta. Su sangre humana es motivo de burla constante, cuando no de abierto rechazo.

Siendo Tanis poco más que un niño para los estándares élficos (recordemos que esta raza es mucho más longeva que la humana), el Orador decide establecer contactos comerciales con un reputado artesano del metal: un enano llamado Flint que es invitado a Qualinost para que pueda ofrecer sus servicios a los elfos. La llegada del maestro enano es todo un acontecimiento, pues es el primer visitante de otra raza que atraviesa las fronteras tras muchos años de aislamiento. Flint ya no es joven (según los estándares enanos, cuya especie es tan longeva como la de los elfos), pero aún le queda suficiente espíritu aventurero como para trasladarse a Qualinost y empezar una nueva vida entre los elfos. Allí, además de entablar amistad con Solostaran, también desarrollará un profundo afecto hacia Tanis. Después de todo, ellos son los únicos habitantes del reino que no son elfos de sangre pura.

Probablemente lo más interesante del libro sea su tercio inicial, que se centra en establecer la relación entre Flint y Tanis. El enano, de carácter exagerado y gruñón, esconde un corazón tierno y no tarda en adjudicarse un rol atento y paternal. Por su parte, el semielfo encuentra en Flint a alguien a quien confiar sus sentimientos. De hecho, Flint es la primera persona a la que se abre realmente. La suya es la amistad entre dos parias, entre dos seres que no encajan en su entorno. Aunque los nobles elfos respeten las habilidades del enano con el metal, nunca será aceptado como un habitante de pleno derecho de Qualinost. Por su parte, Tanis siempre será un mestizo. Ambos encuentran refugio y solaz el uno en el otro, lo cual es muy emotivo y hace que ésta sea una lectura tan entrañable.

Si incido tanto en los prejuicios raciales es porque creo que es uno de los temas centrales del libro. Esto no es novedoso ni mucho menos; no lo era cuando fue escrito y no lo es hoy en día, pero el enfoque desde el que se aborda el tema es lo que me parece interesante. Dentro del género de fantasía no suele ser habitual ofrecer un retrato de los elfos como unos racistas obsesionados con la pureza de su sangre. Ese papel suele estar reservado a los humanos o a los enanos (cuya rivalidad con los elfos es parte integrante de casi todos los grandes universos de fantasía medieval). Lo curioso de la propuesta de estos dos autores es que el menos prejuicioso de todos los personajes es precisamente el enano, mientras que muchos de los elfos que aparecen son abiertamente racistas y rechazan de forma tajante y automática a todo aquel que no consideren puro. No obstante, los nobles elfos son conscientes de que si quieren que su reino siga prosperando es imprescindible que abra sus fronteras; no sólo para establecer rutas comerciales, sino también para permitir que artesanos como Flint traigan nuevo conocimiento a los estancados elfos. Se encuentran, por tanto, ante una paradoja, en la que están obligados a convivir con aquellos a los que desprecian si quieren sobrevivir, pues la alternativa es vivir aislados en su pequeño mundo y quedar privados de los progresos que han realizado otras razas. Visto desde una óptica actual es un tema muy vigente estos días y me parece muy apropiado para un libro enfocado sobre todo a los lectores juveniles.


En cuanto a la trama, quizá la mayor pega que se le puede poner es lo mucho que tarda en arrancar. Un defecto bastante común en este tipo de libros (ya sean de la Dragonlance, de los Reinos Olvidados o de cualquier otro universo nacido de un juego de rol de lápiz y papel) es que pasan más tiempo construyendo la ambientación de la historia que narrando la propia historia. Quizá sea un vicio heredado de los juegos de rol, en los que es tan importante establecer el escenario antes de comenzar la campaña propiamente dicha. En todo caso, me gusta pensar que esto hace que sean lecturas atmosféricas, es decir, libros que ofrecen una gran cantidad de información para que el lector sea capaz de reconstruir un escenario mental con todo lujo de detalles. Quizá luego la trama no sea muy original ni esté llevada con mucha destreza, pero el hecho de estar tan sumergido en el mundo que te ha presentado el libro hace que te interese y te impacte más. En este caso, la trama tarda más de doscientas páginas (de las algo menos de cuatrocientas que tiene el libro) en arrancar. Para entonces, justo en el momento en que las piezas dispersas empiezan a encajar y el misterio cobra sentido, el lector ya conoce tan bien la vida en Qualinost que, lo quiera o no, ya está implicado.

En efecto, hay un misterio en este libro; o más bien un conjunto de misterios relacionados. De manera tangencial a las andanzas de Flint y Tanis en la ciudad de los elfos, poco a poco se va desvelando una trama que implica un atentado contra el trono del Orador de los Soles, una venganza que hunde sus raíces en el pasado de la corte y un viejo secreto perdido siglos atrás en el reino (y que tiene que ver con cierto objeto legendario de la mitología de la Dragonlance: la Gema Gris de Gargath). La resolución de la trama es bastante satisfactoria, aunque muy brusca. Ciertos detalles quedan demasiado en el aire para mi gusto, lo que me transmite la impresión de que los autores se excedieron en el número de páginas y el editor tuvo que meter la tijera en el tramo final. El clímax de la trama se produce en el último capítulo y luego no hay más que un epílogo de poco más de tres páginas para abordar las consecuencias, lo cual me parece escaso y algo torpe. Irónicamente, el epílogo trata sobre Tanis quejándose por los cabos sueltos que han quedado sin resolver. Suscribo sus quejas, desde luego. El final de este volumen me parece un tanto torpe.

Obviamente no voy a estropear el misterio desvelando aquí la identidad del asesino. Sí que puedo decir, como ya he comentado, que la resolución de dicho misterio me parece satisfactoria. La trama en sí está bien llevada (prueba de ello es que el lector puede llegar a deducir la identidad del asesino antes de que el libro la desvele) y no es su cierre lo que está resuelto con torpeza, sino el posterior epílogo. Unas cuantas páginas más hubiesen bastado para redondear la lectura y casi siento que me las han escatimado, dejándome con un final excesivamente abrupto que no presta suficiente atención a las consecuencias de los acontecimientos presenciados.

Puede que esta sea una queja algo desmesurada, ya que después de todo este libro es una precuela y adolece del mismo defecto que muchas precuelas: la ausencia de sorpresa. Puesto que muchos de los personajes que aparecen aquí están presentes en libros posteriores, es fácil deducir quién vivirá y quién morirá. El lector sabe que Flint y Tanis tendrán un papel destacado en las Crónicas, por lo que no tiene mucho sentido preocuparse por su seguridad. Lo mismo se puede aplicar a Solostaran y sus tres hijos, Porthios, Laurana y Gilthanas. La familia élfica también aparece en las Crónicas y alguno de sus miembros incluso interpreta un rol importante (Laurana, sin ir más lejos). Y claro, organizar la trama de una precuela en torno al misterio de un intento de asesinato cuando sabemos que las posibles víctimas tienen que aparecen en libros posteriores no me parece lo más inteligente que podían haber hecho los autores. Ese es el gran problema de las precuelas, que tienen que contar historias interesantes sin tener demasiadas consecuencias para el futuro, ya que es la única forma de conservar algo de coherencia en la cronología. A veces esto juega en su contra.

El tema de la coherencia me parece destacable, ya que tengo un vago recuerdo de las Crónicas y no sé hasta qué punto la caracterización de Solostaran y sus hijos en este volumen es coherente con la que realizaron Weis y Hickman. Gilthanas y Porthios tienen un protagonismo relativo, pero Laurana y su padre ocupan buena parte de la narración. La joven elfa, prácticamente una niña al comienzo de la historia, es una caprichosa y una mimada. Ha sido criada entre algodones y desconoce lo que es el dolor, por lo que aún está muy lejos de la regia presencia que ofrecerá en las Crónicas. Esto encaja perfectamente con lo que sé sobre el personaje, que pasa de ser una princesita repelente a convertirse en una gran líder e inspiración para hombres y elfos. El desengaño amoroso que tiene con Tanis en este libro no es más que el primer paso de su camino hacia la madurez. Solostaran, por su parte, desarrolla una amistad muy bonita con Flint, que se convierte en su confidente. No recuerdo si esto se menciona en las Crónicas, pero estaré atento cuando llegue a ellas en mi relectura. El Orador de los Soles se muestra aquí como alguien tolerante y dispuesto a combatir los prejuicios de su reino abriendo sus fronteras poco a poco y no esa no es la imagen que recuerdo de este personaje en los libros de Weis y Hickman.

Respecto a los personajes nuevos que tienen su primera y única aparición en la saga en este volumen destacaría a dos: tía Ailea, la partera que ayudó a Tanis a nacer, y Miral, el mago de la corte. Ailea viene a ser una suerte de figura maternal para Tanis y le ayuda en el proceso de aceptar su sangre humana, ya que ella misma tiene ascendencia humana. También viene a ofrecer una advertencia al semielfo respecto a enamorarse de un humano, ya que son mucho menos longevos que los elfos y sus vidas se agotan en un suspiro. No se me escapa la ironía de esto, ya que lo primero que hará Tanis en cuanto abandone Qualinost será precisamente enamorarse de una humana: Kitiara. En cuanto al mago, el personaje de Miral me ha resultado un tanto ambivalente. Los misterios que esconde le convierten casi desde el principio en el principal candidato para ser el antagonista de la historia, aunque aparentemente no tenga motivos para serlo. Los escasos detalles sobre su pasado se nos van desvelando con cuentagotas utilizando el recurso de narrar sus sueños, algo muy típico pero siempre interesante. El personaje me ha parecido atractivo, aunque no deja de ser una versión élfica de Raistlin. Parece un mago mediocre y debilucho, pero esconde un gran poder. Muestra su rostro más amable ejerciendo el rol de curandero y mentor de los hijos del Orador, pero también oculta muchos secretos. Es el tipo de personaje que me gusta, aunque no comprendo al cien por cien sus motivaciones. Hacia el final del libro, de hecho, toma alguna decisión que me parece poco justificada, pero eso al menos sirvió para generarme alguna sorpresa.

El resto de personajes que aparecen, miembros de la corte del Orador de los Soles, no me parecen dignos de mención por su escasa relevancia. Si bien es cierto que gran parte del libro se centra en las intrigas de la corte, la mayoría de los cortesanos se limitan a mostrar su rechazo hacia Tanis. Por tanto, su única función en la historia es la de constituir el elemento hostil del escenario. Aunque hay una conspiración y un intento de asesinato, esta no es una historia de suspense. Ni siquiera creo que pueda considerarse una historia de aventuras, pues la acción es limitada y los capítulos situados en el bosque que rodea a Qualinost son más bien pocos. En algún momento aparece un tylor, un gigantesco reptil inteligente emparentado con los dragones (básicamente es un dragón sin alas, para que nos entendamos), pero su presencia es anecdótica. También aparecen los misteriosos senderos mágicos que antaño usaron los sabios elfos, pero una vez más su importancia es muy relativa. Por supuesto, también están presentes los inevitables momentos de humor, protagonizados en esta ocasión por Pies Ligeros, la encantadora mula de Flint, pero las dosis de comedia están muy repartidas. Esta es por encima de todo, la historia de la amistad entre Flint y Tanis, un enano y un semielfo que forjan lazos en un entorno que les rechaza y les considera diferentes, cuando no inferiores. No será el libro más dinámico de la Dragonlance, pero sólo por el tema que trata ya me parece una lectura recomendable.

En el siguiente volumen de Los Compañeros de la Dragonlance, Flint y Tanis, tras abandonar la ciudad élfica, se encuentran con un nuevo amigo: Tasslehoff Burrfoot, el kender. Este divertido personaje siempre consigue hacerme reír, por lo que apuesto a que el siguiente libro va a resultar entretenido. No sé por dónde tirará el argumento y si habrá una trama de fondo relacionada con el misterio de la Gema Gris que se introduce aquí, pero estoy dispuesto a averiguarlo. La próxima lectura de la lista se titula El Incorregible Tas y hablaré sobre ella en la siguiente entrada de esta serie.

2 de junio de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 2): "Raistlin, mago guerrero" y "Raistlin, el Túnica Roja"

Superado mi primer contacto con la saga después de muchos años y con ganas de seguir rememorando los viejos tiempos, la siguiente parada de este viaje para revisitar la Dragonlance parecía obvia. Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia tuvieron su continuación directa en Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja. Los cuatro libros se editaron en su momento en España dentro de la colección llamada La Forja de un Túnica Negra, un título bastante desafortunado por estropear un acontecimiento de gran importancia en las Crónicas de la Dragonlance (una trilogía publicada con anterioridad pero cronológicamente posterior). En cualquier caso, los títulos en castellano poco o nada tenían que ver con los originales. Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia eran en realidad un único libro dividido en dos, The Soulforge, y lo mismo sucedía con Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja, que en su edición original se publicaron como Brothers in Arms. De nuevo escritos por Margaret Weis, co-autora de las Crónicas y las Leyendas y escriba principal de la saga (aunque no en solitario esta vez, ya que Don Perrin aparece acreditado como co-autor), estos libros son una secuela directa de los anteriores. No obstante, creo que están un escalón o dos por debajo en cuanto a su calidad e interés.

El anterior volumen terminó con la narración de uno de los eventos cruciales de la Dragonlance: la Prueba a la que se sometió Raistlin en la Torre de la Alta Hechicería para convertirse en mago. En ese examen se jugó algo más que la posibilidad de seguir estudiando la disciplina por la que tanto había sacrificado, ya que arriesgó su propia vida, su salud física y hasta su propia alma. Así, los primeros capítulos de Raistlin, mago guerrero se centran sobre todo en explorar las consecuencias físicas de la Prueba, ya que el cuerpo del recién nombrado Túnica Roja (consagrado por tanto a Lunitari, diosa de la magia neutral) acabó prácticamente destruido. Si ya desde niño había sido enfermizo y debilucho, desde su paso por la Prueba su cuerpo siempre está al límite del colapso. Además del evidente cambio en su apariencia (su cabello encanecido, su piel dorada y sus pupilas en forma de reloj de arena), sus pulmones tienen que realizar un esfuerzo extra para seguir respirando y frecuentes ataques de tos dejan al joven indefenso. Si da la impresión de que lo único que lo mantiene vivo es su fuerza de voluntad es porque así es (bueno, eso y la voluntad de cierto Túnica Negra llamado Fistandantilus que tiene un interés especial en él).

Si todo el libro se hubiese centrado en desarrollar las consecuencias de la Prueba, tanto respecto al estado de salud del mago como a su relación con su hermano gemelo, Caramon, hubiese sido una lectura fascinante. La relectura de sus primeros capítulos me resultó absorbente por su tono reposado, intimista e introspectivo. Hay una tensión tremenda entre los dos hermanos tras lo sucedido en la Prueba que podría haber destruido cualquier relación fraternal entre ellos, pero siguen juntos porque no tienen otra alternativa. Raistlin había deseado ser mago para poder reivindicarse y no depender del apoyo de su gemelo, pero después de conseguir su objetivo su dependencia de Caramon se ha multiplicado y, con ella, su amargura. Por su parte, el musculoso guerrero ha sido testigo de la ambición y el rencor de Raistlin y ha visto con sus propios ojos lo que es capaz de hacer por la magia (y más concretamente lo que que es capaz de hacerle a él, su propio hermano). Cualquier otro habría salido huyendo de allí abandonando a Raistlin sin ningún remordimiento, pero en cambio él demostró una fidelidad a prueba de bombas al permanecer a su lado. Sus esfuerzos por tratar de racionalizar lo sucedido en el anterior libro me parecen especialmente conseguidos, ya que aunque Caramon no es muy inteligente tampoco es estúpido. Estoy convencido de que entendió lo que había visto y sus intentos de racionalizarlo para restarle culpa a su hermano son tan patéticos como humanos.

Por desgracia, no todo el libro sigue esa tónica. La exploración de la psique de los personajes pronto queda en segundo plano para narrar una aventurilla sin demasiada trascendencia en la que los gemelos ingresan en un ejército de mercenarios y libran su primera batalla como soldados profesionales. La historia en cuestión alberga algunos guiños claros hacia lo que se estaba gestando en ese momento de la cronología de la Dragonlance, con el despertar de los dragones tras miles de años de letargo, el regreso de la maligna diosa Takhisis y los ejércitos del general Ariakas agrupándose para conquistar el continente. Sin embargo, le falta algo de garra al conflicto que narra, probablemente por lo mal estructurado que está el argumento. Raistlin, mago guerrero es un libro sin una línea narrativa clara, ya que se limita a ir relatando acontecimientos que se suceden sin que parezca haber una trama que los relacione. Dicha trama no aparece hasta el siguiente volumen, Raistlin, el Túnica Roja, pero lo hace de forma irregular y con una conclusión apresurada. Pero quizá el mayor problema es que los personajes principales no tienen un arco argumental claro: Raistlin se convierte en mago guerrero y Caramon en soldado, sí, pero más allá de eso no se obra ninguna transformación especial en ellos, no avanzan en su desarrollo como personajes ni salen cambiados por estos acontecimientos. El único que sale enriquecido de esta historia es el mago, que averigua algunos secretos sobre su cayado, el Bastón de Mago que le entregó el líder del Cónclave de magos tras superar la Prueba y que perteneció mucho tiempo atrás a Magius, hechicero legendario que combatió en la primera Guerra de los Dragones.

Sólo un personaje tiene algo parecido a un arco argumental y es Kitiara, que de nuevo vuelve a tener cierta presencia en la historia aunque no llegue a cruzarse directamente con sus hermanos (y ellos por su parte no lleguen a ser conscientes de su implicación). En efecto, Kitiara acapara una buena porción de los capítulos de Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja, por irónico que esto sea teniendo en cuenta sus títulos. Se trata de un buen momento para centrarse en este personaje, ya que los acontecimientos se sitúan en los años previos a las Crónicas, cuando Kitiara entra en los ejércitos de Ariakas después de haber abandonado a sus hermanos y a sus amigos. Abandonar, que no olvidar, pues Kitiara aún está resentida por su fallido romance con Tanis el Semielfo. Fruto de ese resentimiento tendría un breve escarceo amoroso con Sturm Brightblade, otro de sus compañeros, que acabaría con un embarazo no deseado y un bebé abandonado (que aquí apenas se menciona de pasada pero tendría su peso en otros libros de la saga).


Mientras que los segmentos de Raistlin y Caramon son un viaje de madurez y descubrimiento, los de Kitiara son un descenso voluntario a las tinieblas. Los gemelos prueban por primera vez la vida como mercenarios y demuestran su valía, mientras que su hermana hace una apuesta arriesgada para conseguir poder entre las fuerzas de la oscuridad que comienzan a alzarse en ese momento. No tengo ningún reparo en decir que los capítulos de Kitiara son, por lo general, más interesantes que los de Raistlin y Caramon. No obstante, en última instancia saben a poco. Hay una razón por la que podía recordar buena parte de Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia pese a no haberlos leído en años, en tanto que Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja se habían borrado de mi memoria casi por completo. Estos dos son libros entretenidos, pero no memorables ni trascendentes. No son fundamentales para el desarrollo de ninguno de sus personajes centrales y se pueden pasar por alto sin mayor pérdida. Desde luego, si el objetivo es seguir la trayectoria de Raistlin, estos libros se pueden considerar prescindibles al depositar gran parte de su peso en Kitiara.

Su narración también es bastante más farragosa que la de los volúmenes anteriores, con una tendencia algo molesta a recurrir al vocabulario medieval más rebuscado. En más de una ocasión me he visto a mí mismo recurriendo al diccionario para maravillarme con las mil y una maneras de referirse a una misma prenda de vestir de uso militar. Que no se me interprete mal: jamás me molestaré por tener que consultar el diccionario y aprender nuevo vocabulario, pero es fácil detectar los casos en los que el uso indiscriminado de una terminología concreta obstaculiza el ritmo de la narración. Éste es uno de ellos.

Pese a todo, el gran problema de estos libros es quizá su conclusión, demasiado apresurada y carente de contundencia. Casi parece que la intención era dejar la historia en suspenso hasta una supuesta secuela que nunca llegó y es una pena, porque el resultado final habría sido más memorable con un final más rotundo. Hay un asedio a una ciudad amurallada y una batalla entre dos ejércitos, sí, pero ninguno de los personajes principales participa en ella. Raistllin usa el Bastón de Mago para combatir contra un Dragón Rojo... aunque no sabe que es un dragón, ya que ha adquirido forma humana. Esa es un poco la impresión general que deja su lectura: pasan cosas, pero alrededor de los personajes, sin que sean capaces de entenderlas del todo ni de sobrecogerse con su alcance. Supongo que es la consecuencia natural de presentar un argumento relacionado con dragones en una precuela cuando, según la cronología de la saga, no se puede hablar abiertamente sobre el despertar de los dragones hasta las Crónicas. Sólo el buen conocedor de la Dragonlance sabrá apreciar la importancia de los acontecimientos que se relatan aquí y su relación con libros posteriores (por la importancia de los huevos de dragón que aparecen en estos libros con la creación de los perversos draconianos de las Crónicas). siendo para los demás una simple aventurilla.

Aún así, Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja tienen sus momentos. Una vez más, Margaret Weis se desvela como una gran arquitecta de mundos, ofreciendo un contexto complejo, rico y atractivo en el que enmarcar su narración. También sabe proporcionar a Raistlin y Caramon los compañeros apropiados para que puedan mostrar sus mejores virtudes. En este caso, Caramon entabla amistad con Cambalache, un semikender (una mezcla muy poco habitual en la Dragonlance) poco apropiado para el combate para diestro en el arte del trueque. El conflicto entre sus dos naturalezas tan aparentemente opuestas es bastante curioso, aunque no se explora demasiado (y el personaje no volvió a aparecer en ningún otro libro, por lo que no es más que una nota a pie de página dentro de la saga). Por su parte, Raistlin tiene que trabajar para el Maestro Horkin, un hechicero que sirve en el ejército de mercenarios aunque no haya pasado la Prueba ni forme parte de una de las tres Órdenes. Siempre es interesante comprobar cómo reacciona Raistlin ante alguien a quien no respeta por considerarlo un inferior intelectual, por lo que la relación entre ellos es muy curiosa. Las tiranteces iniciales acaban dando paso a un agradable respeto mutuo, pero no antes de que el joven Túnica Roja ponga a prueba tanto su valía como su paciencia, sobre todo esto último.

También me gusta el personaje de Immolatus, un Dragón Rojo obligado a tomar forma humana (una capacidad que estos reptiles siempre han poseído de manera innata en la saga) en contra de su voluntad que se basa buena parte de la historia quejándose, presumiendo, insultando a todos los que hay a su alrededor y, en resumen, pidiendo a gritos que alguien le clave un puñal entre los omóplatos. Siempre disfruto de los villanos ostentosos y pagados de sí mismos, tan seguros de su poder que se creen por encima de todo y se encargan de dejarlo claro con su actitud. Immolatus es uno de esos personajes y me ha resultado deliciosamente insoportable.

Me hubiese gustado que el libro se hubiese centrado más en la dureza de la vida del ejército de mercenarios, pero me da la impresión de que la presenta de una manera bastante edulcorada. Después de todo, el líder del ejército, el Barón Ivor de Arbolongar, es un noble que sigue el código de caballería y sus mercenarios sólo aceptan los contratos que él considera moralmente apropiados. Quizá hubiese sido más interesante que se tratase de un auténtico ejército de mercenarios en el que el dinero estuviese muy por delante del honor. En cuanto a la narración del asedio de la ciudad en la que participa el ejército del Barón, hay una escena que en mi opinión destaca por encima de las demás y es la que muestra el primer e infructuoso ataque, en la que Caramon sobrevive a duras penas mientras sus colegas mercenarios caen ante los arqueros y las catapultas de las murallas enemigas. Es el equivalente medieval a narrar el desembarco de Normandía y quizá por ello es una escena tan cruda e impactante. El resto de escenas de combate son poco más que escaramuzas, en comparación. Ni siquiera el combate final contra Immolatus le hace sombra a esa escena. Habría sido interesante que la narración siguiese por ese camino, pero la Dragonlance es una saga donde prima la fantasía por encima del realismo. Incluso estos libros, que están tan alejados de los excesos fantásticos de las Crónicas y las Leyendas, no dejan de ser relatos típicos dentro del género de espada y brujería.

En resumidas cuentas, Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja son dos libros de espada y brujería del montón. No son especialmente malos ni tampoco especialmente buenos, sino eso, del montón. Cumplen con su objetivo de entretener, pero poco más. Es un tanto frustrante, ya que se intuye su potencial en algunos puntos pero no llega a terminar de concretarse y el final deja al lector con cierta sensación de vacío. Como continuación de The Soulforge, Brothers in Arms está bastante por detrás, aunque dentro de la media de muchos libros de la saga. Quizá se podría esperar más de Margaret Weis, creo yo. En cualquier caso, no me arrepiento de haber vuelto a leer estas dos entregas menores de la Dragonlance. Una vez terminadas, se puede dar el salto hasta los Preludios de la Dragonlance (donde los gemelos protagonizan un volumen) o directamente hasta las Crónicas, donde está el grueso de la acción. Sin embargo, a mí me apetece permanecer durante una temporada más en esta época germinal en la que aún se están cociendo los grandes acontecimientos. Unas vez refrescados los orígenes de Raistlin, Caramon y Kitiara, puede ser buen momento para hacer lo propio con el resto de los Compañeros de la Dragonlance: Tanis el Semielfo, Flint Fireforge el enano, Tasslehoff Burrfoot el kender y Sturm Brightblade el caballero. Tocará empezar a hablar sobre ellos en la próxima entrada.

19 de mayo de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 1): "Raistlin, el aprendiz de mago" y "Raistlin, crisol de la magia"


Pese a que fui un lector voraz de la saga durante mis tiempos de instituto, hace unos quince o veinte años que no sacaba un libro de la Dragonlance de la estantería con intención de leerlo. De vez en cuando me volvía a picar el gusanillo y el tema solía aparecer con cierta frecuencia en mis conversaciones, pero eso es todo. Mi época como jugador de Dragones y Mazmorras y lector de espada y brujería ya terminó y a mí no me importó dejarla atrás. La curiosidad por comprobar cómo habían envejecido aquellos libros que tantas alegrías me dieron en el pasado no era rival para la pereza que me despertaba volver a aquel mundo de dragones, elfos, enanos y kenders. Después de todo, la Dragonlance no es El Señor de los Anillos, una obra que nunca me ha importado revisitar porque su calidad literaria me hace olvidar lo mucho que me he distanciado del género al que pertenece con el paso de los años. No obstante, todo es cíclico; todo se repite y todo vuelve de alguna forma a su punto de partida transcurrido el tiempo suficiente. Así pues, he vuelto a sentir la llamada de la aventura épica y me he animado a revisitar los libros más importantes de la Dragonlance... o más bien aquellos que a mí me parecen más importantes, dada la descomunal envergadura de la saga.

De cara al desconocedor de estos libros tan notorios en su momento conviene dar algunas pinceladas sobre la Dragonlance antes de empezar con este texto. Nacida como un escenario de campaña para el juego de rol Dragones y Mazmorras a principios de la década de los 80, la Dragonlance alcanzó gran popularidad gracias a las novelas ambientadas en el mundo que recreaban. La primera de ellas se publicó originalmente en 1984 y dio lugar a una trilogía que conocemos como Crónicas de la Dragonlance, en la que un dispar grupo de aventureros se veía inmerso en el regreso de los antiguos dioses al mundo que habían abandonado tras lanzar un Cataclismo sobre él. Junto a ellos regresaban también sus criaturas, los legendarios dragones. Una segunda trilogía titulada Leyendas de la Dragonlance vino a cimentar la mitología presentada en los libros anteriores, de tal forma que esas dos trilogías se convirtieron en el elemento nuclear de la saga. No tardarían en aparecer las inevitables precuelas y secuelas, creando una extensa cronología que llegó a abarcar casi doscientos libros (aunque sólo una porción fue traducida al castellano). No todos eran igual de buenos, desde luego. Hay quien diría que ni siquiera las Crónicas y las Leyendas eran tan buenas como se pensaba entonces. Por mi parte, le perdí la pista a la saga cuando llegaron los años 90, tras haber devorado una buena cantidad de entregas. Sé con seguridad que se seguían publicando nuevos libros entrada ya la década de los 2000, pero nunca me animé a hacerme con ellos. Ahora que me he embarcado en la relectura, he tenido que hacer cierto ejercicio mental para localizar un buen punto de inicio. Con semejante cantidad de libros con el emblema de la Dragonlance en la portada, la primera pregunta que debe abordar todo lector parece evidente: ¿por dónde empezar?

Hay varias respuestas posibles a esa cuestión. Se puede seguir el orden de publicación, partiendo de las dos trilogías originales y expandiéndose hacia delante y atrás en el tiempo a medida que lo hizo la propia franquicia. No es una mala idea, ya que asegura la lectura de las partes fundamentales antes de ceder al desgaste que supone el incesante goteo de libros derivados que no siempre albergan la misma calidad que las obras en las que se basan y que a veces hasta resultan incongruentes con ellas. También se puede seguir un orden cronológico, ordenando la lectura en base a qué acontecimientos ficticios preceden a otros. Esta opción no es fácil, pues la exhaustiva cronología de la Dragonlance están tan comprimida que casi cada hueco ha sido aprovechado para lanzar una serie de varias entregas o al menos un libro de relatos breves. Seguir el orden cronológico implicaría leer una buena cantidad de volúmenes antes siquiera de conocer a algunos de los personajes centrales de la saga, lo cual dibujaría una imagen errónea de la misma. Una opción más ligera y asequible consiste en centrarse en seguir la cronología de un personaje concreto, lo cual reduce considerablemente el número de precuelas antes de pasar a la parte nuclear de la Dragonlance, en la que todos comparten protagonismo en mayor o menor medida. Obviamente, existe una última opción, aunque quizá se perciba como una locura en estos tiempos de completismo obsesivo y consumo maratoniano: coger cualquier libro que forme parte de la saga y empezar por ahí sin saber a dónde te llevará el camino que empiezas. Después de todo, el primer libro que yo leí muchos años atrás fue la segunda entrega de las Leyendas, completamente ignorante del mundo en el que me estaba metiendo y de que me pasaría gran parte de la década siguiente devorando libros de la misma saga uno tras otro.

No es mi intención elaborar una guía de lectura, pues no soy un experto en la cronología de la Dragonlance ni pretendo serlo. Puede que haya pasado años sin acercarme a la franquicia pero sigo recordando bastante bien sus líneas maestras y tengo cierta idea. No obstante, hay muchos libros que no he leído y, a partir de cierto punto, la franquicia me es completamente desconocida. Por tanto, para revisitarla me estoy guiando en gran parte por la intuición y la apetencia (esto es, por los libros que más me apetece volver a leer). No pretendo releer todos los libros que tengo ni ser exhaustivo sino reencontrarme con mis viejos favoritos, de ahí que el primero de los libros que haya decidido releer sea también el que más me gustaba en su momento.


Cualquier conocedor de la Dragonlance te dirá que el mago Raistlin Majere es el personaje más popular de la franquicia. No en vano, además de ser el gran robaescenas de las Crónicas, es el gran protagonista de las Leyendas y el principal motor de todo lo que vino después. Siendo uno de los personajes más complejos y conflictivos lo tenía fácil para llamar la atención de los lectores, que bebían los vientos por él y esperaban con nerviosismo el lanzamiento de un nuevo libro en el que apareciese. Especialmente interesantes eran aquellos libros que narraban su pasado, pues ayudaban a entender las tumultuosas motivaciones del mago. Entre ellos el principal fue sin duda The Soulforge, de Margaret Weis (co-autora de las Crónicas y las Leyendas junto a Tracy Hickman y, por tanto, una de las principales arquitectas de este mundo de ficción), que por su abultado número de páginas fue dividido en dos partes para su primera edición en castellano (característica compartida por muchas de las ediciones posteriores): Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia. El primero de ellos era un librito de poco más de cien páginas, de esos que se podían leer en dos tardes y siempre te dejaban con ganas de más. También era una narración intensa y perturbadora sobre un angustioso drama familiar. El segundo, además de contar con la participación de los jóvenes Compañeros de la Dragonlance antes de que los acontecimientos los convirtieran en héroes, desarrolla una historia de ambición y venganza poblada por momentos entrañables, infinidad de referencias a las historias que vendrían a continuación y unas cuantas ocurrencias cómicas muy agradecidas. En su último segmento, además, se encarga de dilucidar uno de los grandes misterios de la saga, ofreciendo lo más cercano a una versión oficial que pueden ofrecer estos libros sobre uno de sus grandes hitos: la Prueba que pasó Raistlin en la Torre de la Alta Hechicería para convertirse en mago. 

La narración de Raistlin, el aprendiz de mago nos lleva a la pequeña ciudad de Solace, de donde proceden los aventureros que jugarán un papel fundamental durante el regreso de los dragones que se producirá años después. En el momento en que empieza esta historia algunos son poco más que unos niños, por lo que podemos esperar pocas aventuras épicas. La presencia de estos personajes se deja entrever desde el primer momento, pero no llega a tener gran peso argumental hasta el segundo volumen, Raistlin, crisol de la magia. Se trata más bien de ocasionales guiños destinados a los conocedores de los acontecimientos posteriores, pues en un primer momento la historia se centra casi en exclusiva en el personaje de Raistlin y, en menor medida, en su familia: su hermano gemelo, Caramon, y su hermanastra mayor, Kitiara. Raistlin es un chaval de seis años débil y enfermizo, pero también extremadamente sagaz e inteligente. Su facilidad para la prestidigitación y los juegos de manos es su único talento, ya que carece de la fuerza y corpulencia de su gemelo. Caramon es sustancialmente menos agudo en materias intelectuales, pero su constitución le convierte en el protector de su delicado hermano. Esta es una situación que Raistlin disfruta tanto como aborrece, pues ya incluso en su infancia se siente atrapado por la relación con su gemelo: Caramon es cuerpo sin inteligencia mientras que él es inteligencia sin cuerpo, como si ambos fuesen un único ser divido en dos por una cruel broma de los dioses o del destino. En cuanto a Kitiara, se trata de una muchacha arrojada y dotada de cierto descaro. Aunque comparte madre con los gemelos, no se siente igual de vinculada a su familia. Más bien se trata de un alma libre que disfruta de su independencia y fantasea con abandonar el lugar para ganarse la vida como mercenaria, quizá para seguir los pasos de su padre, un caballero expulsado de su orden.

La llegada de un hechicero a Solace llama la atención de Kitiara, que pretende presentarle a su hermano Raistlin. En su mente, la joven se ve a sí misma en el futuro luchando en una compañía de mercenarios junto a sus hermanos. Caramon será un hombre capaz de blandir una espada cuando crezca, pero el joven Raistlin nunca servirá para combatir usando el acero. Por tanto, Kitiara quiere que se convierta en mago. Su insistencia lleva a que el visitante, un Túnica Blanca llamado Antimodes (en esta saga los magos se dividen en tres órdenes según el color de su túnica, cada una de ellas dedicada a uno de los tres dioses de la magia: la del bien, la neutral y la del mal) empiece a sentir interés por el niño y finalmente decida convertirse en su valedor. De esta forma, Raistlin acaba estudiando magia en la escuela de Maese Theobald, donde pronto destacará por sus dotes intelectuales, su orgullo y su ambición desmedida.

Sabiendo que la vida no le ofrece gran cosa, el novicio se aferra a la magia con todas sus fuerzas y deposita toda su fe en ella durante sus años de formación. Tendrá que realizar numerosos sacrificios antes de poder acceder a sus poderes mágicos y desde luego su camino no será agradable. Sus compañeros le despreciarán y temerán, mientras que su maestro le considerará una amenaza... y con razón. Raistlin valora la magia por encima de todas las cosas y está dispuesto a todo con tal de aumentar su poder. Si bien es cierto que en este relato de su infancia y juventud no son pocos los momentos en los que muestra candidez e inocencia, también evidencia en más de una ocasión la chispa de ese fuego despiadado que arde en su interior. La dureza de sus circunstancias justifica en cierta medida su precoz ambigüedad moral, pero se intuye desde muy pronto que este personaje acabará siendo un ser tenebroso.

Teniendo en cuenta que este libro se escribió después de las Crónicas y las Leyendas, para entonces los lectores de la saga ya conocían muy bien el destino de Raistlin. Sin embargo, esto no le resta interés a este relato iniciático y hará que los lectores que decidan empezar por aquí desarrollen un amplio deseo por saber cómo evoluciona el personaje en el futuro. Si bien es cierto que en algunos puntos se me antoja algo forzada su caracterización, ya que la precocidad de Raistlin es demasiado exagerada como para considerarla verosímil, son los momentos en los que se plasman sus dudas e inseguridades los que le confieren la tridimensionalidad a este personaje que, cuando se publicó The Soulforge, ya era la indiscutible estrella de la Dragonlance. El relato hace un esfuerzo considerable por humanizar a Raistlin, demostrando que tras su coraza de indiferencia y manipulaciones se ocultan las mismas preocupaciones que las de cualquier otro chaval de su edad. Por ejemplo, el amor hacia Rosamun, su madre, se presenta como algo genuino pese a que la relación entre ambos llega a resultar perturbadora. Otro punto interesante de la historia se narra en las páginas centradas en la llegada de Raistlin a la adolescencia, donde muestra una ingenuidad tan propia de esos años que el joven aprendiz resulta tristemente cómico. Es en esos detalles donde el lector puede llegar a empatizar con quien el resto del tiempo es un cabrón manipulador, orgulloso, taimado, rencoroso, despiadado y ambicioso más allá de toda medida. El hecho de que ya lo fuese desde niño sólo lo hace aún más inquietante.

Pero ese carácter no surge de la nada, sino que es el producto de las circunstancias de Raistlin: la pobreza de su familia, la incertidumbre respecto a su futuro, la incapacidad de su entorno para saciar su incesante ansia de saber, la necesidad de demostrar su valía, la fastidiosa dependencia hacia su hermano y, sobre todo, la enfermedad de su madre. Rosamun nació con ciertos talentos mágicos, pero decidió reprimirlos por la mala fama que tiene la hechicería en su mundo. Como consecuencia, esos dones que podían haber sido convertidos en útiles herramientas acabaron transformados en una maldición que trastornó su mente. Esta desdichada mujer podría haber sido una vidente capaz de alcanzar cualquier parte del mundo con su pensamiento, pero al no desarrollar el control sobre su poder se vio controlada por él. De esta forma, con frecuencia se sume en prolongados trances en los que se olvida de comer y en los que se muestra incapaz de reconocer a sus hijos. Puesto que Raistlin ha heredado su predisposición hacia la magia, la posibilidad de acabar compartiendo el destino de su madre en caso de fracasar en sus estudios como aprendiz es un poderoso acicate para convertirse en mago. Quizá, en algún remoto rincón de su interior, Raistlin también espera que la magia pueda ayudar a su madre; la única persona a la que ama y acepta de manera incondicional, la única persona con la que es paciente y cariñoso. O quizá simplemente es que el joven se ve demasiado reflejado en ella y teme seguir sus pasos.

Este relato es ante todo una tragedia y como tal se toma su tiempo en construir delicadamente la situación antes de asestar el golpe dramático. Los golpes, más bien, pues la autora se ceba con sus personajes haciendo que las desgracias nunca vengan solas... para disfrute del ensimismado lector. Raistlin, el aprendiz de mago se empeña en destruir las ilusiones de su protagonista una a una, eliminando todo rastro de inocencia infantil y haciendo que asuma que el mundo es un lugar peligroso en el que toda decisión moral, lejos de ser una cuestión de blanco o negro, está teñida de gris. Así, una vez despojado de cualquier otra cosa, en el interior de Raistlin sólo queda su decisión de abrazar la magia; una decisión que no se basa tanto en su pasión por adquirir conocimiento como en el regocijo que le proporciona ostentar el poder. Para él es una cuestión de justicia, ya que la magia le permite colocarse en un sitio que considera que le corresponde por derecho, aunque el destino haya conspirado para arrebatárselo. No obstante, su obcecada convicción tiene unas fisuras mucho más amplias de lo que él mismo cree. Por eso leer esta historia conociendo el futuro del personaje dentro de la Dragonlance es una experiencia tan satisfactoria, ya que muestra una buena coherencia interna y una caracterización consistente. No en vano Margaret Weis co-escribió las Crónicas y las Leyendas, como antes recordaba, así que conoce bien el material con el que juega. Otros autores de la saga no son tan diestros en su acercamiento al interior de un personaje tan aparentemente inaccesible como el de Raistlin.


Pero hablemos sobre la magia, pues es uno de los motivos por los que The Soulforge me resulta tan atractivo. La magia ha formado parte del género de fantasía épica desde sus orígenes y es una parte indispensable del universo de Dragones y Mazmorras. Sin embargo, con frecuencia se frivoliza en demasía. La magia es un instrumento más de los personajes, como podría serlo un espada, obviando el hecho de que para aprender a manejar la espada con soltura antes tienes que hacerte unos cuantos cortes. Al igual que una espada, la magia debería considerarse peligrosa y debería requerir un exhaustivo entrenamiento para garantizar su manejo. Por desgracia, son muchas las historias en las que los magos recurren a la magia con total facilidad, agitando sus varitas sin esfuerzo y soltando sus abracadabras. Se olvida que la magia es una disciplina que requiere incesantes horas de estudio y preparación física, mental e incluso espiritual. Es más, se olvida que la magia requiere sacrificio.

Ahí es donde entra la Dragonlance dando un sonoro golpe sobre la mesa y asegurando que la magia no sirve al hechicero, sino que es el propio hechicero quien debe servir a la magia. Cada conjuro consume una parte de su energía y vitalidad, por lo que aquellos que no tienen la entereza suficiente o que no están dispuestos a entregarse a la magia no serán capaces de recurrir a su poder. En ese sentido, este libro hace un trabajo estupendo otorgando una severidad considerable al oficio de hechicero. Además de ser objeto de la desconfianza de sus semejantes, los magos deben entregarse a sus estudios y servir a la magia por encima de todo... incluso de su propio bienestar. Los años de Raistlin en la escuela de magia tienen poco que ver con lo visto en las andanzas de Harry Potter, por mencionar alguna historia similar. La autora presenta la magia como algo verdaderamente arcano, peligroso e indescifrable. Raistlin no alza una varita en el aire en su primer día de escuela para hacer magia, sino que tarda muchos años en ser capaz de conjurar su primer hechizo; años enfrascado en el estudio de libros polvorientos; años consagrándose a la voluntad de los dioses de la magia y esperando ser digno de su favor. Aquí la magia no se regala, sino más bien lo contrario. La magia se consigue con sudor y lágrimas. La magia exige trabajo duro y sacrificios. Por la magia Raistlin renuncia a su salud y a su cuerpo. Por la magia está dispuesto a morir y a matar.

Esto es evidente tanto en el tramo inicial como en el tramo final de la historia, quedando la parte intermedia ocupada por una anécdota de los tiempos primerizos de los Compañeros de la Dragonlance. Si no recuerdo mal, en algún punto de las Crónicas se menciona un viaje del grupo a la ciudad de Haven, donde Raistlin tuvo cierto incidente con unos falsos clérigos que casi acaba con él en la hoguera. Pues bien, este es el acontecimiento al que el relato dedica más tiempo, aunque la autora es lo suficientemente hábil como para hilarlo con el pasado de Rastlin y de sus hermanos, de forma que no se percibe como una mera aventurilla desconectada de la trama principal. Más bien es una excusa para hacer que los hermanos evidencien sus verdaderos colores, no sólo Raistlin sino también Kitiara. La muchacha es un elemento disruptor dentro del grupo desde su incorporación. Su tendencia a frecuentar malas compañías, su ambición y su preocupante carencia de principios morales trazan un sendero oscuro en su futuro y eso es algo que se hace evidente durante el mencionado viaje a Haven. Puede que Raistlin y Caramon sean gemelos y, por tanto, físicamente iguales, pero en su interior el aprendiz de mago comparte muchas más similaridades con su hermanastra. En cierto modo este libro narra la ruptura entre Kitiara y sus hermanos, así como con el resto de sus amigos, por lo que está adelantándose a lo que se verá posteriormente en las Crónicas de la Dragonlance. Ya habrá tiempo para comentar eso más adelante, así como para entrar en detalle sobre el grupo de amigos de Raistlin y Caramon. Son una presencia agradecida en este libro, pero están lejos de ser los protagonistas, por muy entrañables que sean algunas de las escenas en las que participan. Destaca por supuesto el kender, que con sus ocurrencias y su tendencia a acabar con las posesiones ajenas en el interior de sus bolsillos siempre consigue arrancar alguna carcajada. Ya hablaremos sobre él en su momento.

Para ser un libro de la Dragonlance, The Soulforge es bastante modesto. Aquí no hay guerras ni dragones. Apenas hay algún triste goblin, de hecho. Es lo que se espera por la cronología de la saga, en la que los grandes conflictos aún están por llegar. No obstante, sí que se percibe la creciente inquietud que empieza a adueñarse de ese mundo de ficción. Las conversaciones entre Antimodes, el mecenas de Raistlin, y Par-Salian, el Túnica Blanca que lidera el Cónclave de Magos, sirven para ofrecer contexto a esta historia situada en un marco bastante pequeño y humilde en comparación con entregas posteriores. Al mismo tiempo, también sirven para ir adelantando los acontecimientos que se están gestando y para mostrar el importante papel que Raistlin tendrá en ellos. El título del libro, lejos de ser gratuito, recoge una metáfora que se menciona varias veces en sus páginas y que equipara el desarrollo del espíritu de un mago con la forja de una espada. Son los golpes del martillo, las vicisitudes de la vida, las que otorgan fuerza y consistencia a la hoja. Cuanto más afilada sea más golpes necesitará, aunque eso suponga arriesgarse a quebrar la hoja recién fundida. Raistlin es esa espada; una espada que el Cónclave de Magos está forjando para esgrimirla ante el oscuro futuro que se avecina.

Los últimos capítulos del libro, quizá los más interesantes de todos, sirven para desvelar uno de los golpes más contundentes de la forja del alma del joven mago: su Prueba en la Torre de la Alta Hechicería. Para dejar de ser aprendiz y pasar a ser considerado mago, todo novicio deben someterse a la Prueba. Este es el acontecimiento más serio en la vida de todo mago, ya que no todos los que se someten a ese examen consiguen sobrevivir. Como mencionaba antes, la magia exige sacrificios y ninguno es tan exigente como afrontar la Prueba. Además de explorar las dotes arcanas del aprendiz, este crucial acontecimiento sirve para poner en evidencia su auténtico carácter. Durante su celebración se decide si es digno de ser mago y, en caso de serlo, en cuál de las tres órdenes militará: los Túnicas Blancas consagrados a la magia del bien, los Túnicas Rojas de la magia neutral y los Túnicas Negras de la magia del mal (al contrario de lo que pueda parecer, todas las órdenes están hermanadas en la magia en lugar de ser enemigas, pues todas sirven a la magia por encima de cualquier otra lealtad).

Siendo un chavala débil y enfermizo, Raistlin carece de la fortaleza para sobrevivir a las exigencias de la Prueba. Cuando es invitado a participar pese a su juventud, él lo considera un gran honor y una clara evidencia de que el Cónclave conoce y respeta su talento. Sin embargo, a ojos del lector es casi una sentencia de muerte. El joven pasa así por un evento que marcará tanto su cuerpo como su corazón  durante todos sus años de vida; un evento que saca a relucir su verdad más íntima y los extremos a los que está dispuesto a llegar por su devoción a la magia. Raistlin sobrevive a la Prueba, sí, pero cambiado de una forma retorcida y terrible. Su cuerpo, ya de por sí bastante débil, se convierte en un remedo de vida, siempre a un paso del colapso. Su cabello encanece. Su piel adquiere un matiz dorado. Sus pupilas se transforman en sendos relojes de arena que le hacen discernir continuamente el paso del tiempo, de forma que al observar a un ser vivo contempla cómo envejece y muere un poco a cada segundo. De esta guisa es como aparece Raistlin en el primer volumen de las Crónicas, aunque ahí no se entra en mucho detalle sobre lo que le sucedió en la Prueba. El tema ya se había tocado en algún libro de relatos, pero es en The Soulforge donde se desarrolla con todo el lujo de detalles que antes se nos escamoteó. Esta es, al menos hasta donde yo sé, la versión canónica de tan crucial acontecimiento y sirve para entender mucho mejor los sucesos de futuros libros, que en ocasiones tienden a ser bastante obtusos al tratar este asunto. Lo único que puedo decir en este comentario para no estropear ninguna sorpresa es que Raistlin no pasa la prueba en solitario, sino que llama la atención del espíritu de un Túnica Negra muerto tiempo atrás que responde al nombre de Fistandantilus. El pacto forjado entre ellos es en buena parte responsable de lo que sucederá con Raistlin más adelante (aunque no todo es obra de Fistandantilus, ya que el origen de la maldición que transformó los ojos de Raistlin en relojes de arena es distinto, como también se explica en este libro).

La narración de la Prueba de Raistlin es motivo suficiente para que cualquier aficionado a la Dragonlance considere que The Soulforge es una lectura imprescindible, pero eso no quiere decir que sea inaccesible para alguien no versado en la saga. De hecho, lo considero un buen punto de inicio para los lectores interesados. No es un relato especialmente impresionante, pues no hay grandes amenazas ni aventuras extraordinarias. La mayoría del tiempo es un relato bastante íntimo e introspectivo sobre un muchacho debilucho y orgulloso que espera llegar a ser alguien importante en la vida aunque el destino le haya dado unas cartas pésimas con las que jugar. Es cierto que el contexto del relato es casi intoxicante, con esa guerra que se intuye en el horizonte, el regreso de los viejos dioses y la aparición de los dragones, pero lo que más se acerca a una aventura épica en este libro es el desenmascaramiento de unos timadores.

Los grandes acontecimientos vendrían más adelante, pero The Soulforge tiene una baza muy importante a su favor: la manera en la que presenta a la magia como una amante exigente que demanda constantes sacrificios. Y claro, en este mundo de ficción no hay nadie dispuesto a hacer mayores sacrificios que Raistlin. Eso hace que el lector se compadezca de él... al menos hasta que recuerda que se trata de un cabronazo que ansía el poder por encima de todas las cosas. Raistlin no es un héroe y parece destinado a convertirse en un villano, pero lo maravilloso de este personaje es que se niega a seguir cualquier otro camino que no sea el suyo propio. Así pues, este libro es un relato de la infancia y la juventud de un aprendiz de mago, una historia iniciática, un drama familiar, la historia del nacimiento de una amistad entre un grupo de aventureros y un acercamiento a los sacrificios que exige el estudio de las artes arcanas, pero por encima de todo es la historia de un personaje individualista que pretende forjar su propio futuro pese a tenerlo todo en contra. Eso me parece admirable, independientemente de que se trate de un personaje nacido de un adaptación de Dragones y Mazmorras que protagoniza una novela de fantasía ligera enfocada al público juvenil.

Hay pocas maneras mejores de volver a la Dragonlance que leyendo este libro de Margaret Weis. En ocasiones su estilo me parece algo inconsistente y su vocabulario bastante rebuscado, casi artificial, pero el relato en sí es fascinante. La caracterización de los personajes, a veces un tanto forzada, es muy satisfactoria, quizá porque se centra en mostrar sus complejidades, sus dobleces morales y sus dicotomías. Y, evidentemente, ninguna caracterización está más desarrollada ni resulta más absorbente que la de Raistlin. Me resultaría raro que alguien acabase esta lectura sin sentir la necesidad de saber más acerca de este personaje. En mi caso, este reencuentro con la Dragonlance me ha resultado tan satisfactorio que ya estoy inmerso en la lectura del siguiente título de mi lista. Habrá ocasión de comentarlo en una nueva entrada más adelante.

20 de marzo de 2017

[Cómic] Ultimate Comics Spiderman: El Merodeador

En esta serie de entradas estoy repasando la trayectoria de Miles Morales, el Spiderman Ultimate, aprovechando para ello la reciente reedición de este material por parte de Panini dentro de su Coleccionable Ultimate.

Entradas anteriores


Coleccionable Ultimate nº 82. Ultimate Comics Spiderman nº 33:
El Merodeador
Contiene All-New Spiderman #6-12 USA
Guión de Brian Michael Bendis
Dibujo de Chris Samnee, Sara Pichelli y David Marquez
Color de Justin Ponsor

El arranque de la colección protagonizada por Miles me parece muy sólido, aunque un tanto superficial. Esto es algo que achaco a los guiones de Brian Michael Bendis, cuya tendencia a descomprimir al máximo la narrativa le lleva a utilizar muchas páginas para abarcar lo que en realidad es muy poca cosa. No me cabe duda de que las pinceladas que proporciona el guionista en el primer arco bastan para hacerse una idea básica del personaje protagonista y de su entorno, pero es necesario seguir profundizando para ganarse la empatía y la fidelidad del lector. De hecho, es necesario llevarse la historia al terreno personal, al terreno de las emociones, pues ahí es donde se va a producir la mejor conexión entre el mundo de las viñetas y la realidad de los lectores. De forma muy acertada, buscando cumplir este objetivo Bendis decide poner a la familia de Miles, en concreto a su tío Aaron en el centro del segundo arco. Esto le permite seguir explorando esta variante moderna de la mitología de Spiderman con un giro interesante: la figura que ha ejercido de modelo para el protagonista no es precisamente un modelo de virtud como lo fue el tío Ben para Peter Parker, sino más bien todo lo contrario. Además de ser un ladrón, un ex-convicto y un criminal, el tío Aaron es también el villano conocido como el Merodeador.

Aaron es un personaje de crucial importancia en la génesis de Miles como Spiderman, puesto que fue él quien propició su transformación al transportar involuntariamente una de las arañas modificadas genéticamente por Norman Osborn durante uno de sus robos. La picadura de la araña se produjo en presencia de Aaron, que no tarda en atar cabos y en percatarse de que el nuevo trepamuros que ha hecho acto de presencia en Nueva York no es otro que su joven sobrino Miles. Lo que sucede a continuación me parece estupendamente ejecutado, pues pone a nuestro protagonista en una situación tan delicada como comprensible. Puede que su tío le esté chantajeando para usarlo como un matón, pero no deja de ser su tío. Los lazos de sangre no se anulan fácilmente, incluso aunque nos aten a personas despreciables. Bendis plantea así un conflicto con una gran carga emocional, cuya resolución terminará de definir al personaje de Miles.

Desde mi punto de vista, el elemento fundamental de la fórmula que define a Spiderman en todas sus variantes es la culpa. La culpa es la que le hace sentir la gran responsabilidad que conllevan sus poderes y la que le motiva a hacer todo el bien posible. No obstante, la culpa no surge del vacío sino que es producto de un error por parte del personaje. Es más, diría que más bien es producto de una acumulación de errores. Para Peter Parker, el motivo inicial que le impulsó a ser un héroe fue la culpa por la muerte de su tío Ben, pero sobre esa culpa se han ido acumulando otras muchas a lo largo de los años. La muertes del Capitán Stacy y de su hija Gwen fueron las más sonadas, pero no las únicas, desde luego. Cada cierto tiempo es necesario refrescar esta culpa acumulada para recordar a Peter que es falible y que cada uno de sus fracasos conlleva un precio demasiado alto. Pues bien, esta es la lección que le toca ahora aprender a Miles, pues no se puede ser Spiderman sin ser consciente de que cada mala decisión implica un precio que se paga en sufrimiento, remordimiento y culpa. Obviamente, dejarse enredar por el Merodeador es una decisión bastante mala y el joven tendrá ocasión de arrepentirse de ella.


Por otro lado, Bendis sigue explorando las dificultades que tiene un adolescente como Miles para compaginar su vida cotidiana con su actividad superheroica y para ello aprovecha el contexto de la Brooklyn Visions Academy. Aunque Miles tenga como aliado a su colega Ganke, sus ausencias y sus excusas son muy evidentes para Judge, el otro chaval con el que comparten habitación en la escuela, así como para sus profesores y supervisores, que no son estúpidos. Al igual que Peter en su momento, Miles tendrá que aprender a vivir una doble vida en la que lo personal debe quedar subordinado a sus deberes como Spiderman, lo cual no es nada sencillo. En cuanto a su vida familiar, el guionista introduce una idea interesante haciendo que la madre de Miles se muestre partidaria del nuevo Spiderman sin saber que su hijo se encuentra bajo la máscara. Puesto que su padre condena a los superheroes y parece albergar grandes prejuicios hacia individuos superpoderosos como los mutantes (que son especialmente odiados en el Universo Ultimate), Miles encuentra así una inesperada conexión con su madre. Este desarrollo se explorará más adelante, cuando las cosas se tuerzan de nuevo.

Hablando sobre los personajes que aparecen en este segundo arco, otra jugada bastante astuta por parte de Bendis consiste en reintroducir a viejos conocidos del reparto de secundarios de la colección cuando Peter era el protagonista. De esta forma, la presencia del nuevo Spiderman llama la atención de tía May y de Gwen, que vuelven a Estados Unidos con la intención de contactar con él. Las expectativas de un encuentro entre May y Miles después de que la primera perdiese a su sobrino Peter llevando el traje de Spiderman se antojaban demasiado jugosas como para no aprovecharlas. Precisamente la tía May del Universo Ultimate es uno de los personajes hacia los que Bendis parecía tener especial cariño y eso se notaba en su manera de escribirla, por lo que su regreso es algo positivo. Menos interesantes son los villanos que se dejan caer en estos números y que me recuerdan los motivos por los que la mayoría de las versiones Ultimate de los personajes de la editorial me parecen tan perezosas y carentes de interés. Es el caso del Escorpión o del risible Anillero, un villano cuya única razón de ser reside en ser humillado por el héroe arácnido. El Merodeador es el único enemigo más o menos tridimensional que se puede encontrar en estas páginas. El enfrentamiento final contra él es intenso y contundente. No dejo de pensar que si funciona tan bien es porque el personaje es algo más que una mera excusa para que Miles se ponga el traje.


En cuanto al apartado gráfico, Sarah Pichelli se encarga de un único número, ya que en ese momento estaba ocupada preparando la miniserie Spidermen (que se recogió en el siguiente tomo del Coleccionable Ultimate de Panini). Sus reemplazos son el siempre solvente Chris Samnee y un David Marquez que aún estaba algo verde. Los números de Samnee son estupendos, aunque el cambio de estilo respecto a Pichelli resulta algo chocante. En cambio, los números de Marquez presentan una estética similar a la de la dibujante, aunque carecen de su finura y resultan bastante más toscos en la manera de narrar. Era uno de sus primeros trabajos para Marvel, por lo que es algo comprensible y fácil de perdonar. Además, este artista ha mejorado de forma notable con el tiempo. No obstante, creo que Marquez no es capaz de capturar el ambiente actual tan bien como Pichelli. Algo que me maravilla de esta dibujante es su atención al detalle, que se manifiesta por ejemplo en el vestuario y los complementos de los personajes. Sin ir más lejos, la manera de vestir de Miles no sólo resulta actual sino que también sigue una estética propia seleccionada por Pichelli. En cambio, cuando lo dibuja aquí Marquez su estética es bastante más genérica, casi intercambiable con la de cualquier otro personaje, lo que le resta algo de personalidad. Esto ya es hilar muy fino en el comentario de estos números, pero es algo en lo que no he podido evitar pensar durante su lectura.

Después del devastador encuentro con el Merodeador con el que concluye esta entrega del Coleccionable Ultimate, la siguiente se centra en el que fue el esperado primer encuentro entre Miles y el Peter Parker del Universo Marvel tradicional. Hablaremos sobre él en la próxima entrada.

15 de marzo de 2017

[Cómic] Ultimate Comics Spiderman: El nuevo Spiderman

No me cabe duda de que Miles Morales es una de las incorporaciones al Universo Marvel más valientes y progresistas que se han producido en la última década. De hecho, me atrevería a decir que fue un auténtico pionero de la diversidad en los cómics de la editorial. Esta no era la primera vez que un personaje de otra etnia asumía el rol de un superhéroe blanco de la Casa de las Ideas, pero desde luego fue la más sonada y la que mayor impacto tuvo tanto entre los lectores habituales como entre el público generalista. Después de todo, no hablamos de asumir un rol secundario cualquiera puesto que Miles estaba destinado a ser el nuevo Spiderman; un Spiderman afroamericano para el siglo XXI. Estoy convencido de que esto facilitó la posterior presentación de Kamala Khan, más conocida como Ms. Marvel, o el hecho de que Sam Wilson adquiriese la identidad del Capitán América. Miles indicó el camino a seguir y desde entonces la editorial ha dado importantes pasos en esa dirección. Quizá no siempre hayan sido los pasos más adecuados, pero desde mi punto de vista todo lo que sea hacer los cómics más diversos y/o los acerque a todo tipo de lectores siempre es de agradecer.

Soy consciente de lo polémico que resulta este asunto y de los argumentos que esgrimen aquellos que consideran que detrás de personajes como Miles no hay nada más que un burdo movimiento de la editorial para mejorar su imagen. En lugar de negarlo me limitaré a decir que efectivamente se trata de un movimiento de marketing. No olvidemos que Marvel es una empresa cuyo objetivo es vender cómics: como cualquier otra empresa similar hará todo lo posible por cumplir su objetivo, lo cual incluye hacer el mayor ruido mediático posible. Y vaya si lo de Miles hizo ruido. Recuerdo la que se montó cuando se anunció allá por 2011 que el nuevo Spiderman Ultimate iba a ser un chaval medio afroamericano medio hispano. Recuerdo incluso haber mantenido conversaciones sobre el tema con gente que nunca había tenido especial interés por los cómics; mucho menos por los cómics de superhéroes.

Ya han pasado algunos años desde entonces. Ahora me propongo repasar las historias de Miles desde la perspectiva que me ha dado el paso del tiempo, aprovechando para ello la reciente reedición de este material por parte de Panini dentro de su Coleccionable Ultimate.


Coleccionable Ultimate nº 79. Ultimate Comics Spiderman nº 32:
El nuevo Spiderman
Contiene Ultimate Fallout #4 USA y All-New Spider-Man #1-5 USA
Guión de Brian Michael Bendis
Dibujo de Sara Pichelli
Color de Justin Ponsor

Empecemos por lo más básico: el Universo Ultimate surgió como una línea editorial en la que se pudiesen contar nuevas historias que no estuviesen lastradas por décadas de continuidad. Por lo general, se pretendía que las series Ultimate estuviesen muy apegadas a la actualidad y resultasen frescas y novedosas. A mí nunca me entusiasmó la idea de partida y sólo lo seguí de forma discontinua. No obstante, lo poco que leí del Ultimate Spiderman que guionizaba Brian Michael Bendis me pareció bastante notable. No tanto como para seguirlo de forma regular, pero al menos sí para echarle un vistazo de vez en cuando. Confieso que cuando el papel de Ultimate Spiderman pasó de Peter Parker a Miles Morales en un primer momento no le presté demasiada atención por considerarlo algo propio de ese Universo Ultimate que nunca había llegado a interesarme demasiado. Precisamente algo que puede preocupar a cualquier lector interesado en la historia de Miles Morales es el hecho de que comenzase en el Universo Ultimate. ¿Era necesario haber seguido las andanzas del Peter Parker Ultimate para disfrutar de la colección protagonizada por el nuevo Spiderman? ¿Se requería un mínimo conocimiento del Universo Ultimate para seguir el argumento? La respuesta a ambas preguntas es no. La historia ofrece la información básica para que aquellos que no habían seguido al anterior Spiderman pudisen entender los acontecimientos que se narran aquí, mientras que los demás detalles se van descubriendo poco a poco a medida que el propio Miles los va conociendo.

Brian Michael Bendis concibió esta nueva etapa como un punto de partida apropiado para nuevos lectores, pero al mismo tiempo fue lo bastante hábil como para hacer que también resultase interesante a los lectores que habían seguido la serie hasta entonces. Hay un claro paralelismo entre las páginas iniciales del primer número de Miles y el comienzo de la primera entrega de la anterior serie de Spiderman Ultimate: ambas historias empiezan con un monólogo de Norman Osborn y la presentación de las arañas que marcarán el destino de ambos protagonistas al picarles. No se acaban ahí las similitudes entre las historias de Peter y Miles, desde luego, aunque son las sutiles diferencias las que les otorgan sabores propios.

Mientras que el tío Ben era el referente moral absoluto de Peter, el tío Aaron de Miles es alguien que se nos presenta desde el primer momento como un ladrón que no merece confianza. El padre de Miles intenta por todos los medios que su hijo se mantenga alejado de él, ya que conoce la vida que lleva por haberla compartido en el pasado. Ambos estuvieron en la cárcel en un momento dado, circunstancia que no parece haber afectado a Aaron mientras que llevó a su hermano a desear una vida completamente distinta. Ahora que la ha conseguido no está dispuesto a permitir que su hijo repita sus mismos errores. Es interesante cómo Bendis supo introducir aquí el comentario social de una forma muy natural, algo que habría sido mucho inverosímil si Miles hubiese sido otro personaje blanco de clase media más. Es obvio que la cuestión racial tiene mucho que ver con las circunstancias vitales de su padre y de su tío, que no encontraron mejor salida para salir de su barrio que recurrir al crimen. Por eso los padres de Miles tienen tantas esperanzas puestas en que su hijo sea admitido en la prestigiosa Brooklyn Visions Academy, porque la escuela le alejará del peligro de las calles y le proporcionará las oportunidades de las que carecen otros niños de su misma clase social. 


Algo debe saber Bendis sobre criar a un niño de raza negra en los Estados Unidos de hoy en día, ya que es padre adoptivo de dos niñas afroamericanas. La Brooklyn Visions Academy que aparece en esta historia es algo así como la escuela soñada por cualquier padre; una en la que los niños reciben una formación académica excepcional al mismo tiempo que se incentiva su imaginación y su sentimiento de comunidad. Aunque se trata de una escuela ficticia, el guionista se basó en un modelo real de enseñanza: las escuelas charter americanas, un tipo de escuelas autónomas que suponen una alternativa al sistema público de enseñanza tradicional. No conozco mucho acerca del tema, pero desde luego la Brooklyn Visions Academy se presenta como una maravillosa opción de futuro y no me extraña que los padres de Miles consideren que es la mejor oportunidad para su hijo. Miles es elegido durante el sorteo de las últimas plazas, por lo que la escuela será una parte importante de sus andanzas futuras. De esta forma, al igual que el instituto fue uno de los escenarios fuertemente asociados al desarrollo de Peter Parker (tanto el del Universo Marvel tradicional como el del Universo Ultimate), esta academia será el hogar de Miles durante sus primeras aventuras. El paralelismo es evidente, pero la idiosincrasia de cada personaje es única. Después de todo, el instituto no significaba para Peter lo mismo que la academia para Miles. Aún así, cabría destacar que la reacción inicial del joven al descubrir que ha sido admitido dista mucho de la celebración. Un estupendo detalle de caracterización del personaje se produce durante el primer número, cuando Miles observa a otros niños que optaban a su misma plaza y que no han logrado entrar, siendo consciente de que su gran oportunidad se ha producido a costa de que otros pierdan la suya. La mezcla de culpa y empatía que experimenta el muchacho en ese momento será definitoria.

Hay más similitudes con Peter, por supuesto: la picadura de la araña y las escenas en las que usa sus poderes arácnidos por primera vez tienen un regusto similar, aunque aquí las novedades que aporta Miles suponen un soplo de aire fresco. Este nuevo Spiderman contaría con poderes inusuales, como su capacidad para camuflarse y volverse literalmente invisible o su "picadura venenosa" (consistente en una descarga bioeléctrica capaz de aturdir a sus rivales). Otra circunstancia novedosa tiene que ver con el hecho de que Miles no guarda en absoluto secreto su transformación, sino que se la desvela a su amigo y confidente Ganke, otro chaval de su edad (alrededor de trece años en el momento en el que se inicia la colección) con el que comparte habitación en la academia. La dinámica entre Miles y Ganke, además de resultar muy divertida, es de vital importancia en el argumento. En ese sentido puedo decir que no soy un gran aficionado al tipo de diálogos casuales con los que Bendis salpica sus cómics, pero que las interacciones entre los dos niños me parecen muy verosímiles y actuales. A veces me cuesta creer que superhéroes adultos hechos y derechos hablen con esa verborrea vacía tan propia de Bendis, pero en estos números me creo todos y cada uno de los diálogos entre Miles y Ganke porque me parecen muy propios de dos preadolescentes modernos.


Pero aún faltaba una última pieza para darle forma al destino de Miles, un último paralelismo con la historia de Peter: una muerte de la que se sintiese responsable para que descubriese esa vieja máxima de que todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Muy hábilmente, pese a que Miles no conocía al Peter Parker Ultimate, Bendis recurre a la muerte de Peter para aleccionar al nuevo personaje y obligarle a tomar el papel de Spiderman. Después de una escena estupenda en la que Miles usa sus recién adquiridos poderes arácnidos para salvar a una niña de un incendio, el joven decide que es mejor no usar sus dones. Pasada la descarga de adrenalina, se da cuenta de que sólo es un niño jugando a ser héroe y que no está preparado para hacerlo. Se da cuenta, en definitiva, de que él no es Spiderman. Poco después, Miles es testigo de la muerte de Peter. Reconozco que no leí la historia en la que se produjo dicha muerte, aunque eso no impide disfrutar de la secuencia que se narra en estos números y emocionarme con esa última aparición del Peter Ultimate.

Como era de esperar, Miles se culpa por lo sucedido, ya que si hubiese optado por darle uso a sus poderes quizá podría haber ayudado a impedir que Peter perdiese la vida. Desde mi punto de vista, la culpa es una parte muy importante de lo que define a Spiderman. No se puede sentir esa gran responsabilidad que menciona la famosa cita sin antes haber experimentado una gran pérdida como consecuencia de haber ignorado las propias responsabilidades. Los poderes de Miles le vinculaban a Peter Parker de formas que no llegaba a imaginar, pero decidió apartar ese vínculo y no arriesgar su vida; la vida que sus padres tanto deseaban para él. Como consecuencia, no estuvo presente el día en el que podría haber ayudado a salvar a Peter. Bendis hiló muy fino este desarrollo del personaje para ofrecer una versión que resultase lo bastante similar a la original como para mantener su esencia pero al mismo tiempo lo bastante original como para resultar única.

Ya en el tramo final de estos cinco números iniciales de la colección, el resto de superhéroes del Universo Ultimate descubren que Miles ha decidido actuar bajo la identidad de Spiderman y Nick Furia decide darle su aprobación y proporcionarle un traje propio para que pueda honrar a Peter a su manera. Esta es la parte más formulaica y carente de interés del primer arco, salvo quizá por las interacciones entre la Spiderwoman Ultimate (en ese universo Jessica Jones es un realidad un clon femenino de Peter Parker) y Miles. Una vez más puntualizo que no es necesario conocer a los personajes de este universo para seguir el argumento, aunque los que siguiesen las aventuras del Peter Ultimate cuentan con ventaja. Los lectores noveles irán descubriendo a estos personajes a medida que los vaya conociendo el propio Miles, lo cual también tiene su atractivo.

Sin embargo, pese a que se trata de un trabajo estupendo de Bendis, sigue pecando de lo mismo que cualquier otra producción de este guionista: un énfasis excesivo en la narrativa descomprimida. Lo que se narra en estos cinco números bien se podría haber contado en la mitad de páginas. Por suerte, al dibujo encontramos a una artista tan talentosa como Sara Pichelli, que es capaz de darle vidilla a las largas secuencias que plantea el guionista. El dibujo de Pichelli es extraordinariamente expresivo, por lo que las páginas cargadas de viñetas silenciosas se benefician de su habilidad para que los personajes aprovechen su lenguaje no verbal. El problema que tienen algunos dibujantes cuando ilustran los escritos de Bendis es que suelen caer en la monotonía, convirtiendo los largos diálogos en sucesiones de rostros similares que se repiten hasta la saciedad. Pichelli, en cambio, no dibuja dos caras iguales en ninguna de las secuencias de diálogo, haciendo que sean mucho más dinámicas y ayuden a conocer las emociones de los personajes. Quizá también resulten algo más histriónicas, pero esto no resulta problemático cuando el protagonista es un chaval tan joven.

La artista fue la encargada de plasmar a Miles por primera vez, además de diseñar su uniforme (un diseño simple pero elegante y distintivo), y hay que decir que su trabajo en estos números es excepcional. No en vano fueron los que la convirtieron en una estrella emergente. El primer arco contiene  algunas viñetas dignas de ser recordadas, como esa en la que nuestro protagonista trepa por las paredes por primera vez o las dos últimas de la secuencia del incendio, en la que la niña que ha sido rescatada por  Miles agarra de la camisa a su salvador para mostrarle su agradecimiento.


En conclusión, hay razones de sobra para considerar el primer arco de la serie de Miles como una de las historias más notables de la Marvel reciente. Pichelli está fabulosa y Bendis firma uno de sus mejores trabajos para la editorial. Incluso yo, que estoy bastante lejos de ser un admirador del guionista, debo admitir que me parece un trabajo estupendo y que se encuentra entre mis favoritos de cuantos ha escrito. Con los personajes centrales bien establecidos y el statu quo presentado, ya sólo quedaba seguir contando historias que estuviesen a la altura del primer arco. Tanto la condición social como la historia familiar de Miles podían dar mucho juego, así como el legado de Peter Parker. ¿Cómo reaccionarían los enemigos y aliados de Peter ante la llegada del nuevo Spiderman Ultimate? ¿Estaría Miles a la altura del papel que había asumido? Lo iremos comentando en próximas entradas.

24 de enero de 2017

[Documentales] David Bowie: The Last Five Years


Por lo general no tengo problema alguno en escribir acerca de cualquier materia, ya sea literatura, cine, cómic o videojuegos, aunque desde luego estoy lejos de poder considerarme un experto en esos campos. Me gusta pensar que tengo cierta facilidad para expresarme y elaborar una opinión argumentada, como puede comprobarse a lo largo de las decenas de textos que he publicado en este blog a lo largo de los años. Sin embargo, hay unos cuantos temas que me intimidan tanto que no me siento capaz de escribir sobre ellos. David Bowie es uno de esos temas: su aportación a la cultura popular ha sido tan inmensa y su música ha significado tanto para mí que prefiero mostrar mi respeto hacia su recuerdo desde la más callada humildad. Si rompo ahora el silencio es porque me he encontrado con un material apasionado y revelador que me ha hecho entender mejor a quien fue una de mis mayores fuentes de inspiración; un material que quiero dar a conocer y recomendar tanto por su interés cultural como por su valor humano.

Emitido por la BBC en la víspera del que iba a ser su septuagésimo cumpleaños si no nos hubiese dejado en 2016, David Bowie: The Last Five Years repasa los últimos años de vida del artista, que también fueron uno de los periodos creativos más ricos de toda su extensa carrera. Durante esos años publicó dos discos, The Next Day y Blackstar, además de producir un musical basado en su legado. Por desgracia, lo que muchos quisimos ver como un renacimiento tras casi una década apartado de los micrófonos fue en realidad una despedida. Pocos días después de la salida de Blackstar, David Bowie falleció tras ser derrotado por el cáncer contra el que había estado luchando.

The Last Five Years, respetando la voluntad del cantante, no se centra en su vida privada sino en su labor artística. El documental no narra su batalla contra el cáncer ni se regodea en la amargura de su muerte, sino todo lo contrario: celebra su descomunal aportación a la música durante esos años y usa las canciones de sus últimos discos como hilo conductor para mostrar al hombre oculto tras los muchos personajes que interpretó durante su vida. Es más, The Last Five Years usa la música más reciente de Bowie, quizá la más sincera y autobiográfica que compuso nunca, como herramienta para separar al hombre real del mito que se construyó a su alrededor. Para ello recoge entrevistas con sus colaboradores más cercanos, grabaciones históricas y material inédito de sus últimas grabaciones.

"Parte de mi trabajo consiste en mentirte", llegó a decir Bowie en una ocasión. "Era demasiado tímido cuando subía al escenario, así que interpretar a un personaje me ayudaba a superar la timidez", proclamó en otro momento en referencia a su más famoso alter ego, Ziggy Stardust. Parte de su éxito se debió posiblemente a sus camaleónicas transformaciones, amoldándose a cada época y creando siempre tendencia, pero todo aquello no era más que una fachada. Raras veces podía verse al auténtico Bowie tras la máscara que había adoptado en ese momento, pero esta máscara saltó por los aires cuando supo que estaba enfermo. Quizá por eso The Next Day es un disco tan revelador.


El documental se centra en especial en tres temas de ese penúltimo disco: Were Are We Now?, The Stars (Are Out Tonight) y Valentine's Day, haciendo que cada uno de los segmentos dedicados a ellos enriquezca nuestra visión sobre el cantante. Were Are We Now? es un vistazo nostálgico al tiempo que pasó Bowie en Berlín, llevado a cabo por alguien que sabe que se encuentra en el tramo final de su vida y que está lidiando con el bagaje emocional que ha acumulado tras tantos años. Por su parte, The Stars (Are Out Tonight) es una feroz crítica al mundo del famoseo, ya que muestra a las estrellas como a unos seres inhumanos que acosan a las personas normales para apropiarse de sus vidas. Pese a que pueda parecer lo contrario, a Bowie nunca le gustaron demasiado los circos mediáticos. Puede que interpretase un papel de cara al público, pero siempre guardó celosamente su intimidad. Buena prueba de ello es que durante sus últimos años no concedió ni una sola entrevista, ni siquiera cuando publicó The Next Day. Finalmente, Valentine's Day supone un vistazo angustioso a la realidad que nos ha tocado vivir, en la que cualquier perturbado puede hacerse con un arma y entrar en un colegio pegando tiros. Valentine's Day es un alegato en contra de las armas de fuego y una condena hacia todas esas masacres que hemos visto en las noticias con demasiada frecuencia, pero no deshumaniza al asesino y eso me parece admirable: incluso los peores entre nosotros siguen siendo personas, después de todo. Si algo supo hacer Bowie con sus canciones fue capturar el sentir general de la sociedad en cada época y quizá Valentine's Day sea la que mejor captura lo que experimentamos en esta era terrible en la que nos encontramos.

The Next Day fue una sorpresa para todos. Había sido grabado en secreto, sin ser anunciado y sin las presiones que supone tener una fecha de publicación. Fue el primer trabajo de Bowie tras casi una década y mostró una imagen alejada de los excesos que le habían caracterizado en el pasado. El Bowie de ese disco es un hombre maduro que ha asumido su edad y no se aferra a lo que fue, sino que acepta lo que es. Nada parecía indicar que se trataba de un hombre enfermo que estaba preparando su despedida, aunque había sutiles pistas. En cambio, su siguiente álbum, Blackstar, fue de todo menos sutil.


Llegado a este punto, el documental sirve para poner las cosas en perspectiva. Mientras trabajaba en Blackstar, el artista estaba siendo consumido por el cáncer y sus posibilidades de supervivencia disminuían a cada día que pasaba. Fue en ese momento cuando decidió hacer realidad su viejo sueño de producir un musical de Broadway, como quien se hace una lista de las cosas que quiere hacer antes de morir. The Last Five Years se centra, además de en el mencionado musical, en dos temas de su último trabajo: Blackstar y Lazarus. El primero supone una de las canciones más enrevesadas y crípticas que recuerdo, un último misterio que Bowie dejó sin resolver y que nos corresponde a nosotros investigar. No me cabe duda de que toca temas relacionados con la espiritualidad, la religión y el deseo de trascendencia, aunque no me atrevería a aventurar una interpretación. Sí que puedo confesar lo mucho que me emocionó ver el videoclip de Blackstar porque supuso la despedida final de uno de los personajes clave del imaginario de Bowie, el astronauta conocido como Major Tom, presente en muchas de sus canciones: se perdió en el espacio en Space Oddity, quedó atrapado en un planeta desconocido donde se convirtió en un yonqui (metáfora de la propia adicción de Bowie a las drogas) en Ashes to Ahshes y finalmente encontró su último lugar de descanso bajo la luz de la estrella negra de Blackstar. Por otro lado, Lazarus tiene una lectura mucho más simple: es un tema que habla sobre la muerte y sobre lo que dejamos atrás cuando abandonamos este mundo. Tal y como desvela el documental, Bowie grabó el videoclip de Lazarus la misma semana en la que supo que su cáncer había entrado en fase terminal, por lo que en ese momento era consciente de que ya no le quedaba mucho tiempo de vida. No obstante, eso no le impidió seguir trabajando.

The Last Five Years utiliza un recurso que me parece muy potente: superpone la voz de Bowie a grabaciones en directo de los músicos que colaboraron con él en sus últimos discos, realizadas tiempo después de que muriese el artista. De esta forma, su presencia inmaterial se deja sentir a lo largo de todo el documental. Un recurso similar que también emplea consiste en dejar que el espectador escuche la voz de Bowie sin acompañamiento musical ni arreglos, permitiendo incluso percibir su respiración y mostrando así su pasión y su fragilidad. Si bien el primer recurso parece pensado para ensalzar el mito, cuando viene acompañado del segundo sirve para realzar su faceta humana. A este documental no le interesa contribuir a la extensa leyenda que ha rodeado a David Bowie, sino mostrar al ser humano con sus contradicciones, sus inseguridades, sus inquietudes, sus pasiones y sus miedos. ¿Y qué mejor forma de romper el mito que acabar el metraje con un inesperado chiste de pedos? Tan obcecados estamos con el icono en el que se había convertido que incluso llegamos a dudar que Bowie se tirase pedos como tú y como yo, pero sí, lo hacía.

Para cualquier fan de David Bowie, The Last Five Years es una viaje íntimo y emocional para recordar a su ídolo un año después de su muerte. Al menos para mí lo ha sido. Es un viaje en el que las lágrimas están aseguradas, pero que no acaba con un llanto perenne sino con una sonrisa y una celebración. Para los neófitos o para cualquiera que tenga cierto interés en la cultura popular, servirá para acercarse al Bowie más íntimo y como puerta de entrada hacia su trabajo, lo cual no es poca cosa. En cualquier caso, sin duda merece la pena echarle un vistazo aunque sólo sea por el inspirador mensaje que se desprende de la narración de los últimos años del cantante. David Bowie tuvo muchas identidades y fue muchas personas distintas durante su vida, pero sólo al final de la misma se atrevió a ser David Bowie y nada más que David Bowie. Como consecuencia, vivió un estallido creativo extraordinario y nos dejó un par de trabajos inolvidables. Fue el broche de oro para uno de los grandes iconos de la historia de la cultura popular, pero también una invitación para que abracemos lo que somos en realidad, nos deshagamos de nuestras viejas máscaras y nos atrevamos a ser nosotros mismos sin temor a lo que otros puedan pensar o decir. Es el mismo mensaje que nos dejó Ziggy Stardust poco antes de volver al espacio exterior décadas atrás, pero expuesto no desde la inocente y apasionada juventud de una estrella en ciernes, sino desde la sabiduría, la tranquilidad y la madurez de quien ha vivido todo lo que ha querido vivir y ha hecho las paces consigo mismo antes de abandonar este mundo.