19 de mayo de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 1): "Raistlin, el aprendiz de mago" y "Raistlin, crisol de la magia"


Pese a que fui un lector voraz de la saga durante mis tiempos de instituto, hace unos quince o veinte años que no sacaba un libro de la Dragonlance de la estantería con intención de leerlo. De vez en cuando me volvía a picar el gusanillo y el tema solía aparecer con cierta frecuencia en mis conversaciones, pero eso es todo. Mi época como jugador de Dragones y Mazmorras y lector de espada y brujería ya terminó y a mí no me importó dejarla atrás. La curiosidad por comprobar cómo habían envejecido aquellos libros que tantas alegrías me dieron en el pasado no era rival para la pereza que me despertaba volver a aquel mundo de dragones, elfos, enanos y kenders. Después de todo, la Dragonlance no es El Señor de los Anillos, una obra que nunca me ha importado revisitar porque su calidad literaria me hace olvidar lo mucho que me he distanciado del género al que pertenece con el paso de los años. No obstante, todo es cíclico; todo se repite y todo vuelve de alguna forma a su punto de partida transcurrido el tiempo suficiente. Así pues, he vuelto a sentir la llamada de la aventura épica y me he animado a revisitar los libros más importantes de la Dragonlance... o más bien aquellos que a mí me parecen más importantes, dada la descomunal envergadura de la saga.

De cara al desconocedor de estos libros tan notorios en su momento conviene dar algunas pinceladas sobre la Dragonlance antes de empezar con este texto. Nacida como un escenario de campaña para el juego de rol Dragones y Mazmorras a principios de la década de los 80, la Dragonlance alcanzó gran popularidad gracias a las novelas ambientadas en el mundo que recreaban. La primera de ellas se publicó originalmente en 1984 y dio lugar a una trilogía que conocemos como Crónicas de la Dragonlance, en la que un dispar grupo de aventureros se veía inmerso en el regreso de los antiguos dioses al mundo que habían abandonado tras lanzar un Cataclismo sobre él. Junto a ellos regresaban también sus criaturas, los legendarios dragones. Una segunda trilogía titulada Leyendas de la Dragonlance vino a cimentar la mitología presentada en los libros anteriores, de tal forma que esas dos trilogías se convirtieron en el elemento nuclear de la saga. No tardarían en aparecer las inevitables precuelas y secuelas, creando una extensa cronología que llegó a abarcar casi doscientos libros (aunque sólo una porción fue traducida al castellano). No todos eran igual de buenos, desde luego. Hay quien diría que ni siquiera las Crónicas y las Leyendas eran tan buenas como se pensaba entonces. Por mi parte, le perdí la pista a la saga cuando llegaron los años 90, tras haber devorado una buena cantidad de entregas. Sé con seguridad que se seguían publicando nuevos libros entrada ya la década de los 2000, pero nunca me animé a hacerme con ellos. Ahora que me he embarcado en la relectura, he tenido que hacer cierto ejercicio mental para localizar un buen punto de inicio. Con semejante cantidad de libros con el emblema de la Dragonlance en la portada, la primera pregunta que debe abordar todo lector parece evidente: ¿por dónde empezar?

Hay varias respuestas posibles a esa cuestión. Se puede seguir el orden de publicación, partiendo de las dos trilogías originales y expandiéndose hacia delante y atrás en el tiempo a medida que lo hizo la propia franquicia. No es una mala idea, ya que asegura la lectura de las partes fundamentales antes de ceder al desgaste que supone el incesante goteo de libros derivados que no siempre albergan la misma calidad que las obras en las que se basan y que a veces hasta resultan incongruentes con ellas. También se puede seguir un orden cronológico, ordenando la lectura en base a qué acontecimientos ficticios preceden a otros. Esta opción no es fácil, pues la exhaustiva cronología de la Dragonlance están tan comprimida que casi cada hueco ha sido aprovechado para lanzar una serie de varias entregas o al menos un libro de relatos breves. Seguir el orden cronológico implicaría leer una buena cantidad de volúmenes antes siquiera de conocer a algunos de los personajes centrales de la saga, lo cual dibujaría una imagen errónea de la misma. Una opción más ligera y asequible consiste en centrarse en seguir la cronología de un personaje concreto, lo cual reduce considerablemente el número de precuelas antes de pasar a la parte nuclear de la Dragonlance, en la que todos comparten protagonismo en mayor o menor medida. Obviamente, existe una última opción, aunque quizá se perciba como una locura en estos tiempos de completismo obsesivo y consumo maratoniano: coger cualquier libro que forme parte de la saga y empezar por ahí sin saber a dónde te llevará el camino que empiezas. Después de todo, el primer libro que yo leí muchos años atrás fue la segunda entrega de las Leyendas, completamente ignorante del mundo en el que me estaba metiendo y de que me pasaría gran parte de la década siguiente devorando libros de la misma saga uno tras otro.

No es mi intención elaborar una guía de lectura, pues no soy un experto en la cronología de la Dragonlance ni pretendo serlo. Puede que haya pasado años sin acercarme a la franquicia pero sigo recordando bastante bien sus líneas maestras y tengo cierta idea. No obstante, hay muchos libros que no he leído y, a partir de cierto punto, la franquicia me es completamente desconocida. Por tanto, para revisitarla me estoy guiando en gran parte por la intuición y la apetencia (esto es, por los libros que más me apetece volver a leer). No pretendo releer todos los libros que tengo ni ser exhaustivo sino reencontrarme con mis viejos favoritos, de ahí que el primero de los libros que haya decidido releer sea también el que más me gustaba en su momento.


Cualquier conocedor de la Dragonlance te dirá que el mago Raistlin Majere es el personaje más popular de la franquicia. No en vano, además de ser el gran robaescenas de las Crónicas, es el gran protagonista de las Leyendas y el principal motor de todo lo que vino después. Siendo uno de los personajes más complejos y conflictivos lo tenía fácil para llamar la atención de los lectores, que bebían los vientos por él y esperaban con nerviosismo el lanzamiento de un nuevo libro en el que apareciese. Especialmente interesantes eran aquellos libros que narraban su pasado, pues ayudaban a entender las tumultuosas motivaciones del mago. Entre ellos el principal fue sin duda The Soulforge, de Margaret Weis (co-autora de las Crónicas y las Leyendas junto a Tracy Hickman y, por tanto, una de las principales arquitectas de este mundo de ficción), que por su abultado número de páginas fue dividido en dos partes para su primera edición en castellano (característica compartida por muchas de las ediciones posteriores): Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia. El primero de ellos era un librito de poco más de cien páginas, de esos que se podían leer en dos tardes y siempre te dejaban con ganas de más. También era una narración intensa y perturbadora sobre un angustioso drama familiar. El segundo, además de contar con la participación de los jóvenes Compañeros de la Dragonlance antes de que los acontecimientos los convirtieran en héroes, desarrolla una historia de ambición y venganza poblada por momentos entrañables, infinidad de referencias a las historias que vendrían a continuación y unas cuantas ocurrencias cómicas muy agradecidas. En su último segmento, además, se encarga de dilucidar uno de los grandes misterios de la saga, ofreciendo lo más cercano a una versión oficial que pueden ofrecer estos libros sobre uno de sus grandes hitos: la Prueba que pasó Raistlin en la Torre de la Alta Hechicería para convertirse en mago. 

La narración de Raistlin, el aprendiz de mago nos lleva a la pequeña ciudad de Solace, de donde proceden los aventureros que jugarán un papel fundamental durante el regreso de los dragones que se producirá años después. En el momento en que empieza esta historia algunos son poco más que unos niños, por lo que podemos esperar pocas aventuras épicas. La presencia de estos personajes se deja entrever desde el primer momento, pero no llega a tener gran peso argumental hasta el segundo volumen, Raistlin, crisol de la magia. Se trata más bien de ocasionales guiños destinados a los conocedores de los acontecimientos posteriores, pues en un primer momento la historia se centra casi en exclusiva en el personaje de Raistlin y, en menor medida, en su familia: su hermano gemelo, Caramon, y su hermanastra mayor, Kitiara. Raistlin es un chaval de seis años débil y enfermizo, pero también extremadamente sagaz e inteligente. Su facilidad para la prestidigitación y los juegos de manos es su único talento, ya que carece de la fuerza y corpulencia de su gemelo. Caramon es sustancialmente menos agudo en materias intelectuales, pero su constitución le convierte en el protector de su delicado hermano. Esta es una situación que Raistlin disfruta tanto como aborrece, pues ya incluso en su infancia se siente atrapado por la relación con su gemelo: Caramon es cuerpo sin inteligencia mientras que él es inteligencia sin cuerpo, como si ambos fuesen un único ser divido en dos por una cruel broma de los dioses o del destino. En cuanto a Kitiara, se trata de una muchacha arrojada y dotada de cierto descaro. Aunque comparte madre con los gemelos, no se siente igual de vinculada a su familia. Más bien se trata de un alma libre que disfruta de su independencia y fantasea con abandonar el lugar para ganarse la vida como mercenaria, quizá para seguir los pasos de su padre, un caballero expulsado de su orden.

La llegada de un hechicero a Solace llama la atención de Kitiara, que pretende presentarle a su hermano Raistlin. En su mente, la joven se ve a sí misma en el futuro luchando en una compañía de mercenarios junto a sus hermanos. Caramon será un hombre capaz de blandir una espada cuando crezca, pero el joven Raistlin nunca servirá para combatir usando el acero. Por tanto, Kitiara quiere que se convierta en mago. Su insistencia lleva a que el visitante, un Túnica Blanca llamado Antimodes (en esta saga los magos se dividen en tres órdenes según el color de su túnica, cada una de ellas dedicada a uno de los tres dioses de la magia: la del bien, la neutral y la del mal) empiece a sentir interés por el niño y finalmente decida convertirse en su valedor. De esta forma, Raistlin acaba estudiando magia en la escuela de Maese Theobald, donde pronto destacará por sus dotes intelectuales, su orgullo y su ambición desmedida.

Sabiendo que la vida no le ofrece gran cosa, el novicio se aferra a la magia con todas sus fuerzas y deposita toda su fe en ella durante sus años de formación. Tendrá que realizar numerosos sacrificios antes de poder acceder a sus poderes mágicos y desde luego su camino no será agradable. Sus compañeros le despreciarán y temerán, mientras que su maestro le considerará una amenaza... y con razón. Raistlin valora la magia por encima de todas las cosas y está dispuesto a todo con tal de aumentar su poder. Si bien es cierto que en este relato de su infancia y juventud no son pocos los momentos en los que muestra candidez e inocencia, también evidencia en más de una ocasión la chispa de ese fuego despiadado que arde en su interior. La dureza de sus circunstancias justifica en cierta medida su precoz ambigüedad moral, pero se intuye desde muy pronto que este personaje acabará siendo un ser tenebroso.

Teniendo en cuenta que este libro se escribió después de las Crónicas y las Leyendas, para entonces los lectores de la saga ya conocían muy bien el destino de Raistlin. Sin embargo, esto no le resta interés a este relato iniciático y hará que los lectores que decidan empezar por aquí desarrollen un amplio deseo por saber cómo evoluciona el personaje en el futuro. Si bien es cierto que en algunos puntos se me antoja algo forzada su caracterización, ya que la precocidad de Raistlin es demasiado exagerada como para considerarla verosímil, son los momentos en los que se plasman sus dudas e inseguridades los que le confieren la tridimensionalidad a este personaje que, cuando se publicó The Soulforge, ya era la indiscutible estrella de la Dragonlance. El relato hace un esfuerzo considerable por humanizar a Raistlin, demostrando que tras su coraza de indiferencia y manipulaciones se ocultan las mismas preocupaciones que las de cualquier otro chaval de su edad. Por ejemplo, el amor hacia Rosamun, su madre, se presenta como algo genuino pese a que la relación entre ambos llega a resultar perturbadora. Otro punto interesante de la historia se narra en las páginas centradas en la llegada de Raistlin a la adolescencia, donde muestra una ingenuidad tan propia de esos años que el joven aprendiz resulta tristemente cómico. Es en esos detalles donde el lector puede llegar a empatizar con quien el resto del tiempo es un cabrón manipulador, orgulloso, taimado, rencoroso, despiadado y ambicioso más allá de toda medida. El hecho de que ya lo fuese desde niño sólo lo hace aún más inquietante.

Pero ese carácter no surge de la nada, sino que es el producto de las circunstancias de Raistlin: la pobreza de su familia, la incertidumbre respecto a su futuro, la incapacidad de su entorno para saciar su incesante ansia de saber, la necesidad de demostrar su valía, la fastidiosa dependencia hacia su hermano y, sobre todo, la enfermedad de su madre. Rosamun nació con ciertos talentos mágicos, pero decidió reprimirlos por la mala fama que tiene la hechicería en su mundo. Como consecuencia, esos dones que podían haber sido convertidos en útiles herramientas acabaron transformados en una maldición que trastornó su mente. Esta desdichada mujer podría haber sido una vidente capaz de alcanzar cualquier parte del mundo con su pensamiento, pero al no desarrollar el control sobre su poder se vio controlada por él. De esta forma, con frecuencia se sume en prolongados trances en los que se olvida de comer y en los que se muestra incapaz de reconocer a sus hijos. Puesto que Raistlin ha heredado su predisposición hacia la magia, la posibilidad de acabar compartiendo el destino de su madre en caso de fracasar en sus estudios como aprendiz es un poderoso acicate para convertirse en mago. Quizá, en algún remoto rincón de su interior, Raistlin también espera que la magia pueda ayudar a su madre; la única persona a la que ama y acepta de manera incondicional, la única persona con la que es paciente y cariñoso. O quizá simplemente es que el joven se ve demasiado reflejado en ella y teme seguir sus pasos.

Este relato es ante todo una tragedia y como tal se toma su tiempo en construir delicadamente la situación antes de asestar el golpe dramático. Los golpes, más bien, pues la autora se ceba con sus personajes haciendo que las desgracias nunca vengan solas... para disfrute del ensimismado lector. Raistlin, el aprendiz de mago se empeña en destruir las ilusiones de su protagonista una a una, eliminando todo rastro de inocencia infantil y haciendo que asuma que el mundo es un lugar peligroso en el que toda decisión moral, lejos de ser una cuestión de blanco o negro, está teñida de gris. Así, una vez despojado de cualquier otra cosa, en el interior de Raistlin sólo queda su decisión de abrazar la magia; una decisión que no se basa tanto en su pasión por adquirir conocimiento como en el regocijo que le proporciona ostentar el poder. Para él es una cuestión de justicia, ya que la magia le permite colocarse en un sitio que considera que le corresponde por derecho, aunque el destino haya conspirado para arrebatárselo. No obstante, su obcecada convicción tiene unas fisuras mucho más amplias de lo que él mismo cree. Por eso leer esta historia conociendo el futuro del personaje dentro de la Dragonlance es una experiencia tan satisfactoria, ya que muestra una buena coherencia interna y una caracterización consistente. No en vano Margaret Weis co-escribió las Crónicas y las Leyendas, como antes recordaba, así que conoce bien el material con el que juega. Otros autores de la saga no son tan diestros en su acercamiento al interior de un personaje tan aparentemente inaccesible como el de Raistlin.


Pero hablemos sobre la magia, pues es uno de los motivos por los que The Soulforge me resulta tan atractivo. La magia ha formado parte del género de fantasía épica desde sus orígenes y es una parte indispensable del universo de Dragones y Mazmorras. Sin embargo, con frecuencia se frivoliza en demasía. La magia es un instrumento más de los personajes, como podría serlo un espada, obviando el hecho de que para aprender a manejar la espada con soltura antes tienes que hacerte unos cuantos cortes. Al igual que una espada, la magia debería considerarse peligrosa y debería requerir un exhaustivo entrenamiento para garantizar su manejo. Por desgracia, son muchas las historias en las que los magos recurren a la magia con total facilidad, agitando sus varitas sin esfuerzo y soltando sus abracadabras. Se olvida que la magia es una disciplina que requiere incesantes horas de estudio y preparación física, mental e incluso espiritual. Es más, se olvida que la magia requiere sacrificio.

Ahí es donde entra la Dragonlance dando un sonoro golpe sobre la mesa y asegurando que la magia no sirve al hechicero, sino que es el propio hechicero quien debe servir a la magia. Cada conjuro consume una parte de su energía y vitalidad, por lo que aquellos que no tienen la entereza suficiente o que no están dispuestos a entregarse a la magia no serán capaces de recurrir a su poder. En ese sentido, este libro hace un trabajo estupendo otorgando una severidad considerable al oficio de hechicero. Además de ser objeto de la desconfianza de sus semejantes, los magos deben entregarse a sus estudios y servir a la magia por encima de todo... incluso de su propio bienestar. Los años de Raistlin en la escuela de magia tienen poco que ver con lo visto en las andanzas de Harry Potter, por mencionar alguna historia similar. La autora presenta la magia como algo verdaderamente arcano, peligroso e indescifrable. Raistlin no alza una varita en el aire en su primer día de escuela para hacer magia, sino que tarda muchos años en ser capaz de conjurar su primer hechizo; años enfrascado en el estudio de libros polvorientos; años consagrándose a la voluntad de los dioses de la magia y esperando ser digno de su favor. Aquí la magia no se regala, sino más bien lo contrario. La magia se consigue con sudor y lágrimas. La magia exige trabajo duro y sacrificios. Por la magia Raistlin renuncia a su salud y a su cuerpo. Por la magia está dispuesto a morir y a matar.

Esto es evidente tanto en el tramo inicial como en el tramo final de la historia, quedando la parte intermedia ocupada por una anécdota de los tiempos primerizos de los Compañeros de la Dragonlance. Si no recuerdo mal, en algún punto de las Crónicas se menciona un viaje del grupo a la ciudad de Haven, donde Raistlin tuvo cierto incidente con unos falsos clérigos que casi acaba con él en la hoguera. Pues bien, este es el acontecimiento al que el relato dedica más tiempo, aunque la autora es lo suficientemente hábil como para hilarlo con el pasado de Rastlin y de sus hermanos, de forma que no se percibe como una mera aventurilla desconectada de la trama principal. Más bien es una excusa para hacer que los hermanos evidencien sus verdaderos colores, no sólo Raistlin sino también Kitiara. La muchacha es un elemento disruptor dentro del grupo desde su incorporación. Su tendencia a frecuentar malas compañías, su ambición y su preocupante carencia de principios morales trazan un sendero oscuro en su futuro y eso es algo que se hace evidente durante el mencionado viaje a Haven. Puede que Raistlin y Caramon sean gemelos y, por tanto, físicamente iguales, pero en su interior el aprendiz de mago comparte muchas más similaridades con su hermanastra. En cierto modo este libro narra la ruptura entre Kitiara y sus hermanos, así como con el resto de sus amigos, por lo que está adelantándose a lo que se verá posteriormente en las Crónicas de la Dragonlance. Ya habrá tiempo para comentar eso más adelante, así como para entrar en detalle sobre el grupo de amigos de Raistlin y Caramon. Son una presencia agradecida en este libro, pero están lejos de ser los protagonistas, por muy entrañables que sean algunas de las escenas en las que participan. Destaca por supuesto el kender, que con sus ocurrencias y su tendencia a acabar con las posesiones ajenas en el interior de sus bolsillos siempre consigue arrancar alguna carcajada. Ya hablaremos sobre él en su momento.

Para ser un libro de la Dragonlance, The Soulforge es bastante modesto. Aquí no hay guerras ni dragones. Apenas hay algún triste goblin, de hecho. Es lo que se espera por la cronología de la saga, en la que los grandes conflictos aún están por llegar. No obstante, sí que se percibe la creciente inquietud que empieza a adueñarse de ese mundo de ficción. Las conversaciones entre Antimodes, el mecenas de Raistlin, y Par-Salian, el Túnica Blanca que lidera el Cónclave de Magos, sirven para ofrecer contexto a esta historia situada en un marco bastante pequeño y humilde en comparación con entregas posteriores. Al mismo tiempo, también sirven para ir adelantando los acontecimientos que se están gestando y para mostrar el importante papel que Raistlin tendrá en ellos. El título del libro, lejos de ser gratuito, recoge una metáfora que se menciona varias veces en sus páginas y que equipara el desarrollo del espíritu de un mago con la forja de una espada. Son los golpes del martillo, las vicisitudes de la vida, las que otorgan fuerza y consistencia a la hoja. Cuanto más afilada sea más golpes necesitará, aunque eso suponga arriesgarse a quebrar la hoja recién fundida. Raistlin es esa espada; una espada que el Cónclave de Magos está forjando para esgrimirla ante el oscuro futuro que se avecina.

Los últimos capítulos del libro, quizá los más interesantes de todos, sirven para desvelar uno de los golpes más contundentes de la forja del alma del joven mago: su Prueba en la Torre de la Alta Hechicería. Para dejar de ser aprendiz y pasar a ser considerado mago, todo novicio deben someterse a la Prueba. Este es el acontecimiento más serio en la vida de todo mago, ya que no todos los que se someten a ese examen consiguen sobrevivir. Como mencionaba antes, la magia exige sacrificios y ninguno es tan exigente como afrontar la Prueba. Además de explorar las dotes arcanas del aprendiz, este crucial acontecimiento sirve para poner en evidencia su auténtico carácter. Durante su celebración se decide si es digno de ser mago y, en caso de serlo, en cuál de las tres órdenes militará: los Túnicas Blancas consagrados a la magia del bien, los Túnicas Rojas de la magia neutral y los Túnicas Negras de la magia del mal (al contrario de lo que pueda parecer, todas las órdenes están hermanadas en la magia en lugar de ser enemigas, pues todas sirven a la magia por encima de cualquier otra lealtad).

Siendo un chavala débil y enfermizo, Raistlin carece de la fortaleza para sobrevivir a las exigencias de la Prueba. Cuando es invitado a participar pese a su juventud, él lo considera un gran honor y una clara evidencia de que el Cónclave conoce y respeta su talento. Sin embargo, a ojos del lector es casi una sentencia de muerte. El joven pasa así por un evento que marcará tanto su cuerpo como su corazón  durante todos sus años de vida; un evento que saca a relucir su verdad más íntima y los extremos a los que está dispuesto a llegar por su devoción a la magia. Raistlin sobrevive a la Prueba, sí, pero cambiado de una forma retorcida y terrible. Su cuerpo, ya de por sí bastante débil, se convierte en un remedo de vida, siempre a un paso del colapso. Su cabello encanece. Su piel adquiere un matiz dorado. Sus pupilas se transforman en sendos relojes de arena que le hacen discernir continuamente el paso del tiempo, de forma que al observar a un ser vivo contempla cómo envejece y muere un poco a cada segundo. De esta guisa es como aparece Raistlin en el primer volumen de las Crónicas, aunque ahí no se entra en mucho detalle sobre lo que le sucedió en la Prueba. El tema ya se había tocado en algún libro de relatos, pero es en The Soulforge donde se desarrolla con todo el lujo de detalles que antes se nos escamoteó. Esta es, al menos hasta donde yo sé, la versión canónica de tan crucial acontecimiento y sirve para entender mucho mejor los sucesos de futuros libros, que en ocasiones tienden a ser bastante obtusos al tratar este asunto. Lo único que puedo decir en este comentario para no estropear ninguna sorpresa es que Raistlin no pasa la prueba en solitario, sino que llama la atención del espíritu de un Túnica Negra muerto tiempo atrás que responde al nombre de Fistandantilus. El pacto forjado entre ellos es en buena parte responsable de lo que sucederá con Raistlin más adelante (aunque no todo es obra de Fistandantilus, ya que el origen de la maldición que transformó los ojos de Raistlin en relojes de arena es distinto, como también se explica en este libro).

La narración de la Prueba de Raistlin es motivo suficiente para que cualquier aficionado a la Dragonlance considere que The Soulforge es una lectura imprescindible, pero eso no quiere decir que sea inaccesible para alguien no versado en la saga. De hecho, lo considero un buen punto de inicio para los lectores interesados. No es un relato especialmente impresionante, pues no hay grandes amenazas ni aventuras extraordinarias. La mayoría del tiempo es un relato bastante íntimo e introspectivo sobre un muchacho debilucho y orgulloso que espera llegar a ser alguien importante en la vida aunque el destino le haya dado unas cartas pésimas con las que jugar. Es cierto que el contexto del relato es casi intoxicante, con esa guerra que se intuye en el horizonte, el regreso de los viejos dioses y la aparición de los dragones, pero lo que más se acerca a una aventura épica en este libro es el desenmascaramiento de unos timadores.

Los grandes acontecimientos vendrían más adelante, pero The Soulforge tiene una baza muy importante a su favor: la manera en la que presenta a la magia como una amante exigente que demanda constantes sacrificios. Y claro, en este mundo de ficción no hay nadie dispuesto a hacer mayores sacrificios que Raistlin. Eso hace que el lector se compadezca de él... al menos hasta que recuerda que se trata de un cabronazo que ansía el poder por encima de todas las cosas. Raistlin no es un héroe y parece destinado a convertirse en un villano, pero lo maravilloso de este personaje es que se niega a seguir cualquier otro camino que no sea el suyo propio. Así pues, este libro es un relato de la infancia y la juventud de un aprendiz de mago, una historia iniciática, un drama familiar, la historia del nacimiento de una amistad entre un grupo de aventureros y un acercamiento a los sacrificios que exige el estudio de las artes arcanas, pero por encima de todo es la historia de un personaje individualista que pretende forjar su propio futuro pese a tenerlo todo en contra. Eso me parece admirable, independientemente de que se trate de un personaje nacido de un adaptación de Dragones y Mazmorras que protagoniza una novela de fantasía ligera enfocada al público juvenil.

Hay pocas maneras mejores de volver a la Dragonlance que leyendo este libro de Margaret Weis. En ocasiones su estilo me parece algo inconsistente y su vocabulario bastante rebuscado, casi artificial, pero el relato en sí es fascinante. La caracterización de los personajes, a veces un tanto forzada, es muy satisfactoria, quizá porque se centra en mostrar sus complejidades, sus dobleces morales y sus dicotomías. Y, evidentemente, ninguna caracterización está más desarrollada ni resulta más absorbente que la de Raistlin. Me resultaría raro que alguien acabase esta lectura sin sentir la necesidad de saber más acerca de este personaje. En mi caso, este reencuentro con la Dragonlance me ha resultado tan satisfactorio que ya estoy inmerso en la lectura del siguiente título de mi lista. Habrá ocasión de comentarlo en una nueva entrada más adelante.

2 comentarios:

  1. Las dragonlance no son para novel ni podrian ser consideradas literatura de "calidad". Pero en mi opinion son imprescindibles para cualquier aficionado al genero y casi por ende para cualquier rolero-dungeonero. Cuando las lei en su momento me resultaron divertidisimas, y creo que las lei con nueve años. En mi opinion Margaret Weis y Tracy Hichman son autores tan reivindicables como pudiera serlo Howard, y mucho mas accesibles que Tolkien o Martin.

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  2. Estoy muy de acuerdo contigo. En cuestiones de calidad, la Dragonlance no se puede comparar con El Señor de los Anillos, por ejemplo. Pero habría que reivindicarla por el papel que tuvo en su momento, haciendo que los críos de nuestra generación se interesasen por la lectura, la fantasía y los juegos de rol. Prácticamente todas las personas que he conocido que leyeron la Dragonlance siendo niños acabaron aficionándose a leer y escribir sus propias historias. Eso se merece una reivindicación, desde luego.

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