5 de octubre de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 11): "Los hermanos Majere"



La primera trilogía de Preludios de la Dragonlance se cierra con una tercera entrega protagonizada por dos de los personajes más populares de la saga: los gemelos Raistlin y Caramon Majere. No obstante, la popularidad del primero siempre ha eclipsado a la del segundo, hasta el punto de que para muchos lectores de espada y brujería la Dragonlance no tiene sentido sin Raistlin. Incluso ahora, con la perspectiva que ofrece el paso de los años, sigo entendiendo y compartiendo la fascinación por el taimado y ambicioso hechicero. Se trata de uno de los personajes más ambiguos y complejos de la literatura fantástica de finales de los ochenta y principios de los noventa, por lo que repasar cualquiera de los libros centrados en él siempre es una agradable experiencia. No todas las entregas de la Dragonlance han envejecido igual de bien, pero la presencia de Raistlin suele ser una constante entre las que aún hoy resultan refrescantes y memorables. Los hermanos Majere, tercer y último volumen de la primera trilogía de Preludios, es una de esas lecturas amenas y satisfactorias en las que el mago tiene un papel destacado.

Publicado originalmente en 1990, este libro se edificó sobre buena parte de la mitología construida alrededor de Raistlin en las Crónicas y las Leyendas de la Dragonlance, pese a que cronológicamente narra acontecimientos anteriores. Al contrario que otras precuelas de la saga, con frecuencia algo laxas respecto a la cronología, Los hermanos Majere (Brothers Majere en el original) utiliza las referencias como algo más que meros guiños para los aficionados a la franquicia. En este caso, las emplea para reforzar las motivaciones que caracterizan a sus personajes, de forma que la narración acaba adquiriendo mayor coherencia y solidez. La caracterización de Raistlin en este libro es impecable, además de fiel a la visión que ofrecieron Margaret Weis y Tracy Hickman en las Crónicas y las Leyendas. Incluso la premisa inicial de la historia enlaza fuertemente con una de las grandes motivaciones del personaje. En ese sentido, esta entrega de los Preludios bien podría situarse entre las lecturas indispensables para todo seguidor de Raistlin, aunque técnicamente no sea más que una precuela con un mínimo impacto en los grandes acontecimientos de línea temporal de la saga. El mérito hay que atribuírselo a Kevin Stein, autor poco prolífico en lo que a la Dragonlance se refiere, pero que firmó un estupendo trabajo en el volumen que estamos comentando hoy.

Los hermanos Majere se sitúa aproximadamente un año después de la última reunión de los compañeros antes de su separación con la promesa de volver a reencontrarse transcurridos cinco años. En ese intervalo, Raistlin se ha sometido a la Prueba en la Torre de la Alta Hechicería de Wayreth, ganándose el título de mago y pasando a vestir la Túnica Roja de la Neutralidad. Sin embargo, el paso por semejante trance no estuvo exento de consecuencias: su cuerpo, ya de por sí enfermizo y frágil, quedó dañado de forma irreparable. Incapaz de grandes esfuerzos físicos, Raistlin se ve convulsionado por frecuentes espasmos y ataques de tos que le impiden respirar. Además, su cabello se tornó blanco y su piel adquirió un macilento y antinatural tono dorado. Para sobrevivir a la Prueba siendo tan joven y demostrar así sus dotes para el arte de la magia, el joven aprendiz tuvo que aliarse con el espíritu de un nigromante, un Túnica Negra llamado Fistandantilus. Desde entonces, su esencia vital ha estado vinculada a la del espectro de tal manera que se ve arrastrado cada vez con más intensidad hacia un destino en el que él mismo vestirá la Túnica Negra del Mal. Sin embargo, una parte de él conserva la esperanza de evitar ese destino y quizá incluso de recuperar la salud de su malogrado cuerpo. Persiguiendo tal fin ha pasado tiempo investigando la posibilidad de obtener la curación por medios místicos, pero todos los sanadores de Krynn desaparecieron cuando los viejos dioses le dieron la espalda al mundo después del Cataclismo. Los autoproclamados clérigos de los nuevos dioses carecen de auténtico poder y Raistlin ha iniciado una cruzada personal contra ellos con el objetivo de desenmascarar sus mentiras. De hecho, el libro se sitúa tras una aventura que se nos omite en la que Raistlin ha derrocado a uno de esos clérigos impostores.

Pero Raistlin no está solo, sino que le acompaña su fiel hermano Caramon. Las consecuencias de la Prueba también afectaron al forzudo guerrero, que sigue cuidando solícito a su gemelo pese a que en lo más hondo de su interior alberga un gran temor hacia él. Durante la experiencia de Raistlin en la Torre de la Alta Hechicería, los magos que lo evaluaron quisieron poner a prueba su lado más oscuro y conjuraron una imagen ilusoria de Caramon que era capaz de utilizar la magia. Raistlin, convencido de que sus aptitudes para la magia eran el único rasgo que le hacía especial, sintió que su hermano había venido a robarle su única oportunidad de tener un lugar en el mundo y lanzó un conjuro contra él dispuesto a acabar con su vida. No está claro si el joven sabía que se trataba de un engaño, pero el hecho es que los hechiceros permitieron que el auténtico Caramon contemplase la escena y viese que su hermano estaba dispuesto a derramar su sangre si se interponía en su ambición por convertirse en el más dotado de los magos. Ambos gemelos han evitado mencionar el tema desde entonces, pero es obvio que ese día se fracturó su unión fraternal. Dicha fractura amenaza con convertirse en una brecha insalvable en algún momento del futuro, aunque mientras tanto los gemelos se comportan como si nada hubiera pasado.

Esa tensión que se oculta bajo las interacciones entre los dos hermanos no ha impedido que ambos se hayan convertido en aventureros capaces que ofrecen sus servicios a cambio de unas cuantas monedas. Caramon es un espadachín muy capaz, mientras que Raistlin dispone de amplios conocimientos sobre magia y alquimia. Obviamente, el carácter bonachón del guerrero hace que se someta a los caprichos de su gemelo, dejando que sea él quien tome las decisiones importantes. Caramon se siente más cómodo haciendo lo que mejor sabe hacer: pelear con puños y acero. Todo lo anterior, tan familiar para cualquier lector avezado de la Dragonlance, demuestra que el escritor conocía bien a los personajes que estaba manejando y era consciente del momento concreto en el que se encontraban. Se le pueden poner pocas pegas a la caracterización de los gemelos en este libro y el único motivo para no disfrutar de ella es que el lector carezca de aprecio hacia estos dos personajes fundamentales de la saga.

Ahora bien, algún punto débil debía tener la obra y en esta caso recae sobre el tercer personaje que comparte protagonismo junto a los gemelos: un kender llamado Earwig Fuerzacerrojos. Pese a lo mucho que me gustan los kenders, tengo la sensación de que muchos autores de la Dragonlance tienen problemas para que los rasgos únicos de cada kender que escriben destaquen por encima de los ragos propios de su raza. En otras palabras, muchos de los kenders que aparecen en estos libros pecan de ser demasiado genéricos y están cortados por el mismo patrón (el de Tasslehoff Burrfoot, el kender por antonomasia). Por tanto, Earwig bien podría llamarse Tasslehoff, ya que son más bien pocas las características que lo diferencian de Tas. El hecho de que el autor insista en presentar a Earwig como primo de Tas no hace más que acentuar esta circunstancia. Pese a que se trata del tercer personaje central de la historia, Earwig no destaca en nada más allá de las peculiaridades habituales en otros kenders y, como consecuencia, acaba siendo un personaje un tanto blando.

El argumento, en cambio, sí que destaca en comparación con los dos volúmenes anteriores de la trilogía, ya que no se trata de la típica historia de viajes y aventuras, sino de una única investigación realizada en un mismo lugar. Los hermanos Majere es pues un libro de misterio, en el que la acción y la aventura quedan en segundo plano mientras se nos va desvelando poco a poco el gran secreto que se oculta tras la ciudad que visitan Raistlin, Caramon y Earwig. He de decir que la obra cumple con su objetivo de mantener la intriga hasta el final, pues es necesario sobrepasar las doscientas páginas antes de empezar a tener una idea global de lo que está sucediendo en realidad en el caso que investigan nuestros protagonistas.


En las vísperas del Festival del Ojo, un acontecimiento que conmemora la alineación de las tres lunas de Krynn (cada una consagrada a uno de los tres dioses de la magia), Raistlin y Caramon son contratados por el cabildo de la ciudad de Mereklar para investigar la progresiva desaparición de los gatos que habitaban el lugar. Una vieja profecía de la ciudad indicaba que los gatos serían los encargados de decidir el destino de Mereklar y del mundo entero en la hora señalada, por lo que sus pobladores habían aprendido a convivir con ellos y compartían su hogar con miles de felinos. Sin embargo, su número ha ido disminuyendo de forma alarmante y Raistlin sospecha que el misterio está relacionado con el Festival del Ojo. La alineación de las tres lunas supondrá un momento único para los usuarios de la magia y Raistlin es consciente de ello. Además, el joven mago percibe que hay fuerzas superiores interesadas en el destino de Mereklar. Por tanto, aunque el encargo pueda parecer a priori trivial o insignificante, decide embarcarse en la investigación arrastrando con él a Caramon y a Earwig. Y mientras los compañeros se sumergen en los muchos misterios que rodean a Mereklar, los miembros del cabildo que les contrataron comienzan a ser asesinados por un felino gigante y antinatural.

De esta forma se va presentando poco a poco una situación inquietante y enrevesada en la que el lector acaba desconfiando de todos los personajes. Esta es una de esas historias que juega con las apariencias y presenta a los malvados como bondadosos y a los bondadosos como malvados; una que además se va cociendo a fuego lento hasta el clímax final, en el que las falsas apariencias saltan por los aires y se desvelan las verdaderas intenciones de los implicados, así como el secreto de los gatos y la causa de su desaparición. Muy hábilmente, el autor hace que la tensión que supone el misterio tenga su reflejo en los personajes, poniendo de manifiesto la tensión que ya existe entre los gemelos desde la Prueba de Raistlin. Para ello introduce al ambiguo personaje de Lady Shavas, la Gran Consejera de Mereklar, cuyas intenciones son tan misteriosas como la propia desaparición de los felinos. Tentados y seducidos por la bella mujer, los dos hermanos empezarán a sentir celos el uno del otro y a cuestionar sus decisiones. Acostumbrado a que Caramon sea el único que disfrute de las atenciones del sexo opuesto y pensando que nadie sería capaz de amar a alguien como él, la cosa se complicará para Raistlin cuando se le ofrezca la posibilidad de sanar su cuerpo de forma definitiva. Quizá el mayor acierto del libro sea que el auténtico conflicto se produzca entre los dos personajes centrales, al margen de que haya otro conflicto externo en el que conspiran fuerzas sobrenaturales.

Si bien es cierto que el interés del relato se mantiene hasta el final, la conclusión es algo más convencional de lo que se puede esperar e incluye el enésimo intento de la Reina de la Oscuridad de adentrarse en el plano físico y conquistar Krynn. Sin ir más lejos, en la anterior entrega de los Preludios, El país de los kenders, se narró una intentona similar por parte de Su Oscura Majestad, por lo que se trata de algo no especialmente novedoso. Lo que le otorga el punto distintivo en este caso es la presencia de los gatos y de su líder, un extraño personaje que responde al nombre de Bast y cuyas lealtades nunca acaban de estar del todo claras. Asimismo, la propia ciudad de Mereklar también hace que esta incursión sea peculiar, ya que se trata de una ciudad diseñada de forma particular con un objetivo concreto. Las amplias descripciones que hace el autor sobre sus murallas grabadas, su trazado triangular y la disposición de sus calles cobran así sentido durante la conclusión del libro.

Se puede criticar que el epílogo de la historia sea casi totalmente expositivo y tenga que aclarar algunos conceptos que no quedaron del todo explicitados en los capítulos precedentes, pero personalmente no lo he encontrado especialmente molesto. Puesto que es el propio Raistlin quien realiza la exposición y quien decide reservarse algunos datos para sí mismo, se genera cierta complicidad entre el lector y el personaje: al final sólo los lectores y el joven mago acaban teniendo una visión global del misterio que se ha estado indagando durante todo el volumen. Los demás personajes, incluyendo al pobre Caramon, nunca acabarán de entender del todo lo sucedido.

El papel del kender es el que menos me convence, como ya apuntaba antes, aunque acabe siendo fundamental para alcanzar la resolución. Quizá el mayor problema del personaje se deba a que el hombrecillo se pasa buena parte del libro sometido a la influencia de una anillo mágico que altera su personalidad, en lo que supone algo más que un mero guiño a El Señor de los Anillos. Para más inri, concluida la historia Earwig se separa de los gemelos en pos de nuevas aventuras... portando un nuevo y desconocido anillo en su mano. El destino del kender es incierto, ya que no vuelve a aparecer en ninguna entrega de la Dragonlance más allá de una breve mención en uno de los libros de relatos, por lo que es bastante posible que cualquiera que termine de leer Los hermanos Majere se acabe quedando con la misma desazón con la que me he quedado yo.

Resumiendo, nos encontramos ante una obra resuelta con solvencia y muy entretenida; posiblemente la mejor entrega de la primera trilogía de Preludios y uno de las paradas obligatorias para todos aquellos que quieran leer las andanzas de Raistlin a lo largo de la saga. Puede que el personaje de Earwig no esté al mismo nivel que el resto del conjunto, pero el estupendo trabajo de caracterización de Raistlin y Caramon lo compensa con creces. Los hermanos Majere es un libro respetuoso y coherente con la cronología de la Dragonlance, pero no se pierde en referencias innecesarias ni en guiños gratuitos. Más bien al contrario, ya que su argumento está muy autocontenido y sirve para explorar los grandes temas que orbitan alrededor de los gemelos desde que fueran presentados originalmente por Margaret Weis y Tracy Hickman. Finalmente, resulta curioso por tratarse de un libro de misterio más que uno de aventuras: lo que narra es una investigación en la que se buscan pruebas, se habla con sospechosos y se exploran los secretos de una ciudad muy particular. El interés se mantiene hasta el final y el manejo que se hace de los secundarios es estupendo, haciendo que el lector desconfíe de todos y comparta la paranoia que acaban desarrollando sus protagonistas. Son volúmenes como éste, pequeñas obras de artesanía bien pulidas y fabricadas para encajar bien con las piezas que les rodean, los que hacen que volver a la Dragonlance después de tantos años siga siendo placentero.

Concluida la primera trilogía de Preludios, en la próxima entrega de esta serie de entradas pasaremos a la segunda. Aún nos quedan tres precuelas más por revisitar antes de entrar en las Crónicas de la Dragonlance y empezaremos por La Misión de Riverwind, libro en el que nos adentraremos en una cultura de Krynn de la que no habíamos tenido ocasión de hablar hasta el momento: la de los bárbaros Que-Shu.

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