26 de agosto de 2018

[Literatura] Harry Potter y el prisionero de Azkaban, trasfondo desmedido


Si Harry Potter y la Piedra Filosofal fue una presentación un tanto dubitativa cuya fama excedió a sus méritos reales, Harry Potter y la Cámara Secreta supuso la confirmación de que había auténtico talento detrás de la propuesta inicial de la autora. La tercera entrega, Harry Potter y el prisionero de Azkaban vino a desarrollar aún más los puntos fuertes de la anterior, a expandir la mitología que se había creado en torno a sus personajes y a consagrar a la saga del joven aprendiz de mago, ya convertida en un incipiente fenómeno. Eso no quiere decir que este libro carezca de aspectos discutibles, ya que, por ejemplo, la trama no se resuelve de una forma tan redonda como lo hace la del segundo libro ni el peso de sus diferentes elementos está tan bien equilibrado, pero desde luego se trata de una lectura amena y absorbente que sigue construyendo sobre los cimientos plantados en los anteriores y dando lugar a un universo rico, en constante expansión y con una personalidad cada vez más marcada.

Puestos a comentar los nuevos elementos que aporta esta entrega, me quedo con el personaje de Remus Lupin, el nuevo ocupante del gafado puesto de profesor de Defensa contra las Artes Oscuras. Como de costumbre, se trata de un personaje que oculta algún que otro secreto y que sabe más sobre nuestro protagonista de lo que deja entrever en un primer momento. J. K. Rowling lo describe como un hombre desgarbado, delgaducho y con apariencia débil que viste con ropas remendadas, lo cual contrasta con su talento como maestro. Como los propios personajes no dejan de comentar, Lupin es el primer profesor de Defensa contra las Artes Oscuras que realmente les enseña Defensa contra las Artes Oscuras. Esto es algo que queda patente en la narración, que cede cierta importancia a las clases del nuevo maestro (en especial a los ejercicios prácticos con el boggart), aunque esto tampoco es especialmente meritorio, ya que en los libros anteriores las clases habían tenido un papel tan nimio que casi pasaron desapercibidas. Sabíamos que Harry, Hermione y Ron acudieron a un montón de clases, pero la narración nunca se había centrado en ellas más allá de contar alguna anécdota puntual. Quizá por eso las clases de Lupin resultan tan memorables, porque en ellas se transmite al lector que los personajes están aprendiendo cosas útiles que además van poniendo en práctica a medida que progresa la narración. En efecto, así es como se transmite el aprendizaje que experimentan los personajes. Por primera vez, las clases tienen un impacto tangible sobre las aventuras de los personajes y no son la mera excusa para que dichas aventuras se pongan en marcha. Le ha costado tres libros, pero al fin el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería me ha parecido una auténtica escuela.

Lupin también me ha resultado interesante por su conexión con Harry... o más concretamente con el pasado de Harry. La apuesta de la autora es un arma de doble filo muy peligrosa, ya que quiso presentar un nuevo misterio que sirviese para conocer más sobre el trasfondo de Harry... pero ese misterio implicaba a tantos personajes secundarios y se adentra tanto en su pasado que a veces da la sensación de que nuestro protagonista tiene un peso menor dentro de la trama. Si el personaje de Lupin, que es el responsable de vehicular ese misterio no funcionase de cara al lector, habría sido un desastre. No obstante, funciona estupendamente bien. Es más, creo que la relación que se establece entre Harry y Lupin en este libro es muy beneficiosa para caracterizar mejor al protagonista, que empieza a dar rienda suelta a su complejo mundo interior, en el que conviven emociones ambivalentes: amor y rabia, orgullo y tristeza... Puesto que la figura paternal para Harry es sin duda Dumbledore, Lupin viene a ejercer un papel cercano al de hermano mayor. La trama lleva a un pequeño choque entre ambos, pero eso acaba reforzando su vínculo y aumentado su verosimilitud.

Pero volviendo a lo que decía de que el papel de Lupin me parece un arma de doble filo, quisiera explicar esta afirmación con más detenimiento. La presencia del nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras acaba trayendo consigo la historia de sus compañeros de clase en Hogwarts, lo cual es a su vez la solución al misterio de esta entrega: la huida de Sirius Black de la prisión de Azkaban. Por muy interesante que me haya parecido el trasfondo del personaje, me ha quedado cierta sensación de insatisfacción con el clímax. Es tan compleja la trama entre Lupin y Black que para desvelarla la autora requiere casi dos capítulos completos (los que se desarrollan en la Casa de los Gritos) de exposición pura y dura. Tratándose de un libro de aventuras juveniles, no creo que optar por un clímax consistente en un montón de personajes contando historias sobre el pasado sea la mejor opción. Si bien el clímax de Harry Potter y la Cámara Secreta también tenía su dosis de exposición respecto al diario de Tom Ryddle, la cantidad era mucho menor y no le robaba espacio a la batalla contra el basilisco, esto es, a la acción. En cambio, Harry Potter y el prisionero de Azkaban dedica tanto tiempo a exponer la historia del pasado que la propia resolución del libro parece apresurada... y no sólo porque se trate de una carrera en contra del propio tiempo. Se trata de un inconveniente menor, pero que transmite la sensación de que la narración queda algo descompensada; quizá incluso falta de equilibrio interno. Es por cierto la misma sensación que me transmitió la primera entrega de la saga.

No puedo decir gran cosa sobre Sirius Black, porque su aparición es fugaz y no me ha transmitido una impresión destacable. No obstante, imagino que tanto él como Lupin jugarán papeles importantes en posteriores entregas. Por otro lado, Harry Potter y el prisionero de Azkaban supone una inyección de carácter para el trío protagonista. Puede que quien más de beneficie de ello es Hermione, que goza de un par de momentos muy interesantes en este libro en los que empieza a romper ese estereotipo de chica estudiosa, callada y obediente para mostrarse desafiante y combativa. Su desplante a la profesora de Adivinación, por ejemplo, me parece antológico. Por otra parte, Harry, que en libros anteriores me parecía un tanto vacío en tanto que ejercía el rol de recipiente de las proyecciones del lector, también gana en personalidad en esta entrega, demostrando que también tiene una faceta oscura: las críticas de Snape no están del todo faltas de razón, ya que el joven Harry se comporta de una manera que sobrepasa la negligencia en esta historia, poniéndose a sí mismo y a otros en peligro y mostrando una arrogancia que parece impropia de la imagen adorable del personaje que antes tenía. Empiezo a pensar que, más que resultar impropia, es en realidad esa faceta oscura del personaje que ya se ha insinuado en ocasiones anteriores: el Sombrero Seleccionador barajando la posibilidad de enviarlo a Slytherin, el hecho de hablar lengua pársel... Hay algo oscuro en el interior de Harry que a veces sale a la luz de forma sutil y eso hace que el personaje gane en interés. Finalmente, la pelea entre Ron y Hermione sirve para darle más verosimilitud a ambos personajes. Después de todo, nada es más característico de esas edades que una pelea entre amigos que parecen volverse irreconciliables sólo para dejarlo todo olvidado y actuar como si nada hubiera sucedido poco después.

En cuanto al resto de elementos del libro, continúan en su misma tónica pero aumentando en intensidad. El Quidditch sigue siendo emocionante, aunque en este libro se transmite mejor la sensación de competición y se coloca un objetivo en la mente del lector desde el principio (ganar la copa antes de que el capitán de Gryffindor acabe su último año en Hogwarts), por lo que se siente que hay algo de peso en juego en cada partido. Esto aumenta la implicación del lector en los pasajes relacionados con el juego. Por otro lado, Hagrid continúa metiéndose en líos con sus animalitos en este libro, una circunstancia que en esta ocasión está mucho mejor hilada con la trama principal. También es esta tercera entrega la que introduce a los Dementores, personajes con los que Rowling se muestra especialmente hábil: en lugar de centrarse en sus características físicas como cualquier otro estaría tentado de hacer, la escritora ofrece una descripción más bien emocional de estos seres, poniendo el foco sobre el efecto psicológico que producen en las personajes a los que se acercan. De esta forma, sus apariciones siempre resultan impactantes y sugerentes. Más que tratarse de una amenaza física, los Dementores son una amenaza íntima y emocional; una amenaza que ataca los pensamientos felices dejando la tristeza y la pérdida. Tengo que reconocer que la idea de que existan unos seres que se alimenten de la felicidad y las ganas de vivir, dejando a sus víctimas consumidas por la desesperación, si bien no me parece completamente original, sí que me resulta atractiva en grado sumo.

Hay algún que otro detalle que me gustaría comentar extensamente, pero prefiero no entrar en demasiados detalles sobre las sorpresas de la trama. Baste decir que Harry Potter y el prisionero de Azkaban me ha parecido la consagración de los aciertos que encontré en la anterior entrega de la saga. El único temor que tengo respecto a los libros posteriores es que la autora se pierda demasiado en el denso trasfondo que ha preparado para su personaje central y que el foco, que debería estar sobre Harry, Ron y Hermione se desplace demasiado hacia los personajes secundarios o las historias del pasada. No hay que olvidar que tanto los personajes secundarios como el propio trasfondo están ahí para enriquecer a los protagonistas y contribuir a su desarrollo como personajes, no para eclipsar el interés que despiertan en el lector. El momento en que empiece a sentirme más interesado por Lupin o Black, por poner un ejemplo, que por el propio Harry, será el momento en el que la propuesta de la autora empiece a perder efectividad. No obstante, este temor convive con la convicción cada vez más clara de que el universo creado por Rowling ya era lo suficientemente sólido llegados a este punto y que la forma en la que todo empieza a interconectarse cada vez más delata la existencia de un complejo plan ulterior. Sólo la lectura de los siguientes libros puede confirmar o desmentir dicha convicción.

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