5 de agosto de 2018

[Literatura] Harry Potter y la Piedra Filosofal, (no tan) buena literatura para niños


Al contrario de lo que pueda parecer, escribir un libro para niños no es una tarea sencilla. No basta con inventar cualquier historia fantástica y narrarla usando oraciones simples. De hecho, es necesario conocer en profundidad al público al que va a ir dirigida la obra y eso implica tener ciertos conocimientos sobre el desarrollo de las capacidades cognitivas de los niños a determinadas edades. No se debería escribir igual una historia dirigida a niños de siete años que otra dirigida a niños de doce o trece, ya que se encuentran en etapas diferentes de su desarrollo. No sé hasta qué punto es habitual que los escritores de literatura infantil se planteen esta cuestión. Quizá sea una tarea reservada a los editores, no lo sé. En cualquier caso, en las escasas ocasiones en las que he tenido la oportunidad de escribir un relato dirigido a niños esta ha sido una cuestión que me rondaba siempre por la cabeza. Como si la escritura no fuese lo suficientemente compleja por sí misma, imagina tener que llevarla a cabo mientras te planteas si tus posibles lectores han alcanzado ya la etapa de las operaciones formales que planteaba Piaget.

Lo cierto es que me gusta la literatura infantil y juvenil; no sólo como persona interesada en la escritura sino también como lector. Me fascinan las historias ambientadas en esa etapa de la vida; las historia del paso de la infancia y adolescencia a la madurez. En especial, me gustan las historias protagonizadas por niños cuando están contadas pensando en los niños, es decir, las historias que se dirigen a los lectores infantiles que pueden identificarse con esas vivencias por ser muy similares a las que se encuentran en su día a día, en su propio camino hacia la madurez. Esas historias tienen mucho poder y pueden contribuir al desarrollo personal en este periodo sensible de la vida de una forma que con frecuencia se subestima. Historias como la de Harry Potter, el célebre niño mago que ha sido un icono importantísimo en la vida de tantos y tantos jóvenes lectores.

Debo confesar que mi conocimiento sobre este personaje era más bien escaso y no iba más allá de las dos o tres películas que he visto. El momento de mayor popularidad de sus libros me pilló demasiado mayor como para interesarme. De hecho, el niño mago llegó demasiado tarde para mí: mis años de infancia y adolescencia estuvieron repletos de lecturas de la Dragonlance o de los Reinos Olvidados,  había pasado años creando mis propias historias sobre magia y misterio en mis partidas de Vampiro: La Mascarada, Los Libros de la Magia de Neil Gaiman estaban entre mis cómics favoritos... ¿Qué habría podido ofrecerme el personaje de J. K. Rowling que no hubiese visto ya mil veces mejor? Lo irónico es que con el paso del tiempo, ya bien entrado en la edad adulta y por unas circunstancias laborales que ahora no vienen al caso, he acabado interesándome por las historias de Harry Potter y he empezado a leer sus libros. Por una parte es un interesante ejercicio de aprendizaje, ya que cuando te interesa aprender a escribir nunca está de más analizar la forma en la que está escrito uno de los libros infantiles más populares de las últimas décadas. Por otra, es una forma de saciar mi curiosidad respecto a la siguiente pregunta: ¿qué tienen de especial estos libros? 

Ya conocía la historia de cómo se fraguó el personaje, con la escritora viviendo un mal momento personal y viendo cómo su manuscrito era rechazado en varias editoriales. No sé hasta qué punto esa circunstancia se ha exagerado intencionalmente con el objetivo de mitificar a Rowling o de contribuir al marketing de su obra. En cambio, sí que puedo decir que las similitudes entre el protagonista de Los Libros de la Magia, Tim Hunter, y Harry Potter siempre me parecieron demasiado exageradas como para negar que el personaje de Gaiman, anterior en el tiempo, no influyese de ninguna forma a la escritora. Leído al fin el primer libro, dicha influencia me parece aún más incuestionable. No obstante, no he querido dejar que mi lectura se dejase influir por una predisposición negativa. El hecho de dejarse llevar por el rechazo automático hacia cualquier producto de éxito no suele ser una buena estrategia para abordar un comentario.

Lo curioso es que ese rechazo inicial me duró más bien poco. Concluida la lectura de Harry Potter y la Piedra Filosofal, puedo decir que he disfrutado bastante del trabajo de Rowling... aunque sus destrezas como escritora no me parecen muy desarrolladas en este primer libro. Tratándose de una obra infantil, esperaba una mayor consideración hacia los pequeños lectores y lo que me he encontrado es una historia que plantea un misterio cuya resolución está escrita ya en el propio título. No puedo poner en duda la original ambientación y la construcción del universo en el que se mueven los personajes, pues en esos aspectos se puede detectar una enorme cantidad de tiempo y trabajo. El argumento de este primer libro, por muy simple que sea, se sustenta sobre unas bases sólidas: ya hay construido un mundo con una mitología muy particular y los acontecimientos que se narran aquí encajan estupendamente con dicho mundo y dicha mitología. Sin embargo, el argumento deja poco espacio para la especulación pese a plantear una incógnita muy clara desde sus primeros compases. La información que ofrece está demasiado masticada y, por tanto, no es necesario ser especialmente despierto como para darse cuenta de los trucos de la autora. Insisto en lo que mencionaba al principio: es importante tener en cuenta a tu público cuando escribes literatura infantil. Por pequeños que sean, los niños no son tontos. Estoy convencido de que cualquier niño es capaz de percibir que ese personaje que se presenta como malvado con tanta intensidad en realidad no lo es tanto, de la misma forma que recuerda que ese otro personaje sobre el que nuestros protagonistas buscan información tan desesperadamente se mencionó unos cuantos capítulos atrás de forma casual. En ese sentido, creo que Rowling comete ese error tan frecuente que consiste en valorar las capacidades de sus lectores muy por debajo de la realidad.

Sorprendentemente, la escritora hace justo lo contrario en lo que se refiere a la capacidad de los lectores infantiles para interpretar estados emocionales complejos. Cualquiera que haya tratado con niños sabe que hablar sobre emociones con ellos es una labor muy difícil, sobre todo en estos tiempos en los que la educación emocional brilla por su ausencia tanto en hogares como en escuelas. Sin embargo, Rowling se esfuerza por describir con detalle los estados emocionales de sus personajes principales... y no siempre se trata de emociones básicas como la alegría o la tristeza. En muchas ocasiones, los protagonistas experimentan emociones ambivalentes (es decir, una mezcla de emociones positivas y negativas). En un capítulo hay varias escenas con cierto espejo mágico en las que la autora incluso plantea el tema de la dependencia emocional... rozando incluso la adicción física. No se trata de un tema fácilmente asimilable por los niños, pero para estas cuestiones Rowling sí que confía en su capacidad de comprensión, lo cual me parece admirable. Es posible que este sea uno de los motivos de su éxito, me atrevería a decir. El mundo emocional de los personajes rivaliza en riqueza de detalles con el mundo mágico en el que transcurren sus andanzas.

En cuanto a otros aspectos técnicos, pienso que Harry Potter y la Piedra Filosofal tiene ciertos problemas de ritmo. Es un libro muy corto y quizá por eso el ritmo desigual se percibe con más claridad. Mientras que entiendo perfectamente que los capítulos de introducción (es decir, los que se encuentran antes del punto de giro en el que el joven Harry descubre que en realidad es un mago y no un muggle) deban desarrollarse con lentitud para presentar al protagonista principal, no puedo decir lo mismo sobre el lento desarrollo de ciertos episodios que no parecen estar relacionados con la trama principal más que de forma tangencial. El único motivo que se me ocurre es para darle una mayor presencia a ese mundo mágico ideado por Rowling, ya que después de todo ofrece una buena cantidad de ganchos con los que conectar con el lector: el vuelo en escoba, el Quidditch, la rivalidad entre las casas... No obstante, esto repercute en una conclusión bastante apresurada que no ofrece mucho margen para que el lector pueda digerir todos los acontecimientos de los que ha sido testigo apenas unas páginas atrás. Quizá parezca una tontería mencionar el ritmo de un libro tan corto, pero precisamente por ser tan corto es de especial importancia controlar la velocidad de la narración y los espacios que es necesario permitirle al lector para que asimile los momentos clave. De lo contrario, corres el riesgo de perderte en lo irrelevante y quedarte corto en lo importante. Personalmente, la conclusión de este libro se me hizo muy escasa.

Escasas son también las descripciones físicas que ofrece la escritora a lo largo de Harry Potter y la Piedra Filosofal. Incluso las de los personajes principales se saldan con unas pocas líneas. Entiendo que esto es algo intencional, con el objetivo de no limitar a sus creaciones y facilitar que cualquier tipo de lector se pueda identificar con ellos. Sin embargo, esas parcas descripciones también son las que se emplean para las criaturas, objetos y localizaciones que aparecen en la historia. Evidentemente, no se le puede exigir a Rowling la cantidad de detalle que ponía por ejemplo Tolkien en sus descripciones, pero un mínimo es necesario para dirigir a los lectores mientras se dibujan una imagen mental. En ese sentido, me ha sorprendido comprobar que buena parte de lo que yo consideraba una seña de identidad de la estética de Harry Potter proviene más de las películas que de esta primera entrega de la saga literaria. Juzgando sólo las descripciones de la autora, el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería bien podría ser un castillo genérico, Ron Weasley podría ser cualquier niño pelirrojo, Hermione Granger podría ser literalmente cualquier niña del mundo y bastan una cicatriz en forma de relámpago y unas gafas gruesas para crear a nuestro propio Harry Potter.

Tengo entendido que la autora mejoró ostensiblemente mientras abordaba las siguientes entregas de la saga, lo cual hace que tenga un especial interés por continuarla. De igual forma, he escuchado que los siguientes libros fueron ganando en complejidad a medida que su público iba creciendo con ellos. No se puede reproducir esa experiencia siendo adulto, claro está, pero me interesa ver cómo progresan los próximos libros en este aspecto. Me planteé esta lectura como una forma de descubrir qué es lo que hacía tan especial a las historias de Harry Potter y para ser sincero tengo que admitir que no he llegado a verlo en la primera entrega... aunque creo que puedo intuirlo. Es evidente que se trata de una propuesta cargada de imaginación (si bien se podría discutir hasta qué punto es original), pero no parece ser ese el motivo que la hace especial. Es obvio que la autora elaboró un amplio trasfondo sobre el que sustentar su universo de ficción, pero hay cientos de obras con universos igual de interesantes o incluso aún más atractivos. Creo que la clave está más bien en la forma en la que plasma la vida interior de los personajes, su vida emocional. Ese puede ser el motivo por el que la conexión de los lectores con estos personajes sea tan fuerte.

Me he deleitado descubrir que Harry, Ron y Hermione no son unos personajes tan azucarados como sus contrapartidas cinematográficas me habían hecho creer. La dinámica entre ellos es bastante creíble y no dista mucho de la que puede establecerse entre un grupo de niños. La amistad no surge de la nada, sino que al principio son un tanto bordes entre ellos (Harry y Ron forman un claro bando opuesto a Hermione). Más tarde, cuando dicha amistad se está consolidando, las dudas e inseguridades aparecen de vez en cuando. En ese punto su relación es fluida y cambiante; está en pleno periodo de gestación. Para cuando llega el final, después de todo lo vivido por el trío de personajes, el vínculo entre ellos está más que construido en el aspecto emocional. Será interesante ver cómo evoluciona en los siguientes libros, en especial cuando los tres alcancen la adolescencia y entren en juego las revoltosas hormonas.

En definitiva, me cuesta decir que Harry Potter y la Piedra Filosofal sea un ejemplo de buena literatura para niños, pero está claro que en su interior se encuentra la materia prima suficiente como para que las entregas posteriores de la saga lo fuesen. No es el mejor libro para niños que he leído, pero desde luego está lejos de ser uno de los peores. Cualquier persona interesada en la escritura debería echarle un ojo aunque sólo sea para aprender tanto de los puntos fuertes de la obra inaugural de la hoy exitosa franquicia de Harry Potter... como de sus puntos débiles. Algo me dice que la primera persona que aprendió de esos puntos débiles fue la propia Rowling.

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