16 de septiembre de 2018

[Literatura] Harry Potter y el cáliz de fuego, o cómo crear un monstruo


Si Harry Potter y la Piedra Filosofal era poco más que un cuento para niños que se podía leer en un par de tardes, Harry Potter y la Cámara Secreta fue el refinamiento de la propuesta inicial de J. K. Rowling, mucho más cuidada en sus aspectos narrativos y estilísticos. Harry Potter y el prisionero de Azkaban, por su parte, empezaba a insinuar una ambición que iba mucho más allá de un mero relato infantil y dicha ambición estalló en toda su desmesura en la cuarta entrega de la saga: Harry Potter y el cáliz de fuego. Durante el tercer libro tuve la impresión de que la autora primaba la construcción de su mundo de fantasía por encima incluso del desarrollo de algunos personajes considerados protagonistas y esa impresión ha quedado confirmada con la lectura de esta cuarta parte de la saga del niño mago. En poco más de cuatro libros, el tono de la historia ha pasado de ser un simple e inocente divertimento a aspirar a convertirse en narrativa épica con todas las de la ley. En efecto, las simples aventurillas mágicas han ido dejando paso a una auténtica guerra entre el bien y el mal que se dibuja en el horizonte. Hay que reconocer que se trata de un cambio de enfoque impactante dentro de este tipo de literatura.

Imagino que el efecto se acentúa al leer los libros uno a continuación del otro (tal y como estoy haciendo yo en estos momentos) en lugar de haber seguido el ritmo de publicación original. Se suele hablar con frecuencia de que el personaje de Harry Potter fue creciendo a medida que lo hacían sus lectores, aunque quizá sería más apropiado decir que fueron los lectores los que fueron creciendo a medida que la autora que había detrás de Harry iba desarrollando su propuesta y mejorando sus habilidades. Aún así, la primera entrega se publicó en 1997 y la cuarta en 2000. Este es un cambio muy pronunciado para haberse producido en un intervalo de tan solo tres años y, por lo que he podido comprobar tras empezar el siguiente libro, está marcando el camino a seguir por la saga de ese punto en adelante. Por supuesto que es lógico que la madurez del personaje se vaya produciendo a medida que la propia autora va madurando como escritora, pero no estoy refiriéndome a un simple cambio en la manera de tratar al protagonista, sino más bien al enfoque global con el que se abordan los libros. Si el primero era un cuento humilde con bastantes carencias, el cuarto es un auténtico monstruo con una extensión ocho o nueve veces mayor y con un interés casi obsesivo en referenciar continuamente a los anteriores para potenciar la sensación de que nos encontramos ante una saga épica en la que todo obedece a un plan premeditado.

Espero que se me permita que ponga en duda la existencia de ese "gran plan" de J. K. Rowling, al menos durante la elaboración de las dos primeras partes de su saga. Dicho plan empieza a intuirse en Harry Potter y el prisionero de Azkaban, pero donde se deja sentir por primera vez con claridad meridiana es en Harry Potter y el cáliz de fuego. Hablamos de un libro gigantesco, casi desmesurado, en el que pasan tantas cosas, aparecen tantos personajes y se tratan tantos temas, que resulta costoso estructurar cualquier reseña. Vayamos por partes.

En primer lugar, la mayor extensión de páginas permite a la autora extenderse a gusto en los eventos previos al inicio de un nuevo curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. De hecho, el segmento dedicado a los mundiales de quidditch abarca una considerable cantidad de páginas que se antojan un tanto gratuitas... hasta que sucede cierto evento que se convierte en el primer gran misterio de esta nueva aventura: ¿quién invocó la Marca Tenebrosa en el cielo? Es una pena que el quidditch solo tenga relevancia en esta primera parte del libro, ya que en este cuarto año se suspende el campeonato de quidditch de Hogwarts con motivo de la celebración del Torneo de los Tres Magos. No esperaba echar de menos los momentos dedicados al ficticio deporte, tan comunes en anteriores entregas. Parece que al final yo también he acabado aficionándome.

Imagino que la escritora no quería repetir el mismo esquema de los tres libros anteriores, consistente en que un evento maligno (el intento de robo de la Piedra Filosofal, la apertura de la Cámara Secreta o la fuga de un peligroso criminal de la prisión de Azkaban, respectivamente) interrumpía la normalidad del curso de la famosa escuela de magia. En su lugar, su siguiente propuesta pasó por la llegada de... un evento benigno (el Torneo de los Tres Magos, en este caso) que interrumpe la normalidad del curso. Si bien el recurso no es original ni tampoco narrativamente brillante, su desarrollo es lo bastante atractivo como para capturar el interés del lector más escéptico. A raíz del mencionado torneo se van hilando otras tramas paralelas de forma bastante habilidosa y todas se entrelazan de forma casi perfecta al final. Solo hay una subtrama que no parece conducir a ninguna parte y que se antoja gratuita, pobremente justificada y surgida de ninguna parte: el repentino interés de Hermione por el bienestar de los elfos domésticos. La relación de esta subtrama de la señorita Granger y su P.E.D.D.O. (Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros) con la trama principal es anecdótica en el mejor de los casos y no acaba llegando a ninguna conclusión. Es de suponer que volverá de alguna forma en siguientes entregas, ya que aquí no aporta gran cosa. Me cuesta ver a dónde puede conducir, desde luego.

Este cuarto libro arranca con una ominosa escena en la que el maligno Voldemort va recobrando fuerzas gracias a la ayuda de Colagusano, personaje presentado en Harry Potter y el prisionero de Azkaban. De forma muy efectiva, se crea una sensación de amenaza que está presente durante todo el argumento aunque no hace acto de presencia hasta su conclusión. Así, el final del Torneo de los Tres Magos coincide con el regreso del villano, la resolución del misterio sobre quién invocó la Marca Tenebrosa y la confirmación de las sospechas sobre las verdaderas lealtades de algunos personajes (tales como Lucius Malfoy o Severus Snape). En en ese segmento final en donde más se evidencia el "gran plan" de J. K. Rowling, que incluso dejar caer algunos nombres de personajes que tendrán un papel importante en posteriores entregas. Llegados a este punto, creo que la autora ya sabía a dónde quería conducir su historia. Las tiernas andanzas del ingenuo niño mago están a punto de convertirse en una guerra atroz entre el bien y el mal y yo, personalmente, no estoy seguro de preferir este enfoque a la ingenuidad infantil con la que se abrió la saga. De momento, al menos.

Un aspecto que sí que me ha parecido muy disfrutable de este libro es la entrada de los personajes en la pubertad. Aunque no se aborda de forma explícita, su comportamiento delata que las hormonas empiezan a agitarse en el interior de Harry, Ron y Hermione. Nuestros protagonistas han entrado en la época de los primeros amores y desamores, lo que añade una capa muy interesante en lo que a sus interacciones se refiere. Que las dinámicas que se forman entre ellos sean tan evidentes (el continuo tira y afloja entre Ron y Hermione, la atracción de Harry hacia Cho Chang, los celos de Harry hacia Cedric Diggory...) no impide su disfrute ni mucho menos. Si algo es sin duda positivo del paso de un relato infantil a una novela adolescente es el añadido que suponen los exagerados dramas emocionales tan propios de esa época de la vida. Esto incluso se refleja en el lenguaje de los personajes, que si mal no recuerdo pronuncian por primera vez en la saga la palabra "mierda". Supongo que eso es lo más próximo que puede estar un perfecto niño británico de entrar en la etapa rebelde de los inicios de la adolescencia.

La justificación para este revuelo hormonal no es otra que traerse a unos cuantos alumnos de otras escuelas de magia con motivo del Torneo de los Tres Magos. Así entran en la historia los estudiantes del Instituto Durmstrang y la Academia Beauxbatons, de las cuales los únicos que tienen auténtica relevancia son Viktor Krum de Durmstrang y Fleur Delacour de Beauxbatons. Ambos son los campeones que representan a sus respectivas escuelas en el torneo, mientras que el campeón de Hogwarts acaba siendo Cedric Diggory, un personaje recuperado del anterior libro cuya mayor obra es hacerle ganado un partido de quidditch a Harry y al resto del equipo de Gryffindor. Es importante destacar que ganó un único partido y no la copa, que ese año se llevó Gryffindor, por lo que resulta un tanto complicado creer que sea un auténtico rival para nuestro protagonista. Es más, la rivalidad entre ellos es más enconada en el terreno afectivo que en el propio Torneo, ya que Cedric se convierte en pareja de Cho Chang, la única chica por la que Harry se ha sentido atraído hasta el momento. Como era de esperar, Harry también acaba participando en el Torneo de los Tres Magos pese a todas las medidas de control que en teoría impedían a los alumnos más jóvenes postularse para la competición (he aquí otro de los misterios de esta entrega de la saga). De esta forma, el desarrollo de las tres pruebas del torneo es una de las grandes tramas del libro.

Para la llegada de la tercera prueba, el ritmo de la narración se ha acelerado tanto que dicha prueba se convierte en un auténtico carrusel de sorpresas que acaba desembocando en el esperado regreso de Voldemort. Es justo en ese momento cuando la autora vuelve a mostrar, en mi opinión, cierta torpeza al abusar de la excesiva exposición de la que ya hizo gala en Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Si en el tercer libro había dos capítulos en los que los personajes no hacían nada más que hablar entre ellos mientras iban atando cabos y resolviendo los misterios planteados, en Harry Potter y el cáliz de fuego hay un total de tres capítulos de exposición pura y dura. No contenta con dedicar un capítulo a atar cabos, la autora dedica dos más, cortando el perfecto ritmo que había logrado para la conclusión de su libro y convirtiendo el tramo final en una sobredosis de información. Por supuesto, parte de esa exposición es conveniente y puede que hasta imprescindible, pero el resto incluso un niño la puede deducir por sí mismo. Una vez más, J. K. Rowling parece confiar poco en las capacidades de sus lectores y les ofrece todos los datos que necesitan saber bien masticaditos. La escasa información que no termina de explicar es porque se la reserva descaradamente para más adelante y eso se nota. Este es quizá el punto en el que más choco con la escritora y lo llevo haciendo desde Harry Potter y la Piedra Filosofal. Algo me dice que seguiré chocando exactamente en lo mismo hasta la última entrega. Tantísima exposición es más propia de una novela negra en la que deben explicarse todos los detalles del crimen, por nimios que sean, pero en una historia de fantasía chirría demasiado. Seguro que había mejores formas de atar cabos.

También es cierto que la exagerada ampliación del trasfondo y la aparición de tantísimos personajes nuevos requiere algo más de exposición, aunque desde luego no justifica esos tres capítulos tan seguidos en los que hasta tres personajes distintos narran mediante sus diálogos lo sucedido para aclarar el misterio. Decía que la autora da rienda suelta a su ambición en este libro y eso supone un buen montón de personajes nuevos y toneladas de trasfondo para sus creaciones. Entre tantos rostros nuevos, personajes que parecían tener cierta relevancia como Ginny Weasley o Remus Lupin son apenas mencionados o directamente ignorados. El desarrollo de personajes que realiza J. K. Rowling está subordinado a ciertos altibajos: a veces dedica un libro entero a presentar a un personaje con todo detalle y luego se olvida de él durante toda la entrega siguiente sin ninguna razón en particular.

Una de las incorporaciones más destacas de esta entrega es Alastor "Ojoloco" Moddy, el nuevo ocupante del gafado puesto de profesor de Defensa contra las Artes Oscuras. Si bien Remus Lupin ya había demostrado ser un buen maestro de dicha disciplina, Ojoloco llega incluso a superar a su predecesor... aunque lo hace mediante unas clases muy poco ortodoxas que además suponen bastante sufrimiento para sus alumnos. Se trata de un personaje de lo más interesante y le sobra carisma para competir con Lupin o con Gilderoy Lockhart, los anteriores profesores de Defensa contra las Artes Oscuras (y a, título personal, los personajes que más me han gustado hasta el momento). No obstante, cierta revelación final lleva al lector a replantearse todo lo que sabía sobre Ojoloco. Es una buena jugada por parte de Rowling de la que no daré muchos detalles para no estropear ninguna sorpresa a quien no conozcan el libro o su adaptación al cine.

En cuanto al trío protagonista, Harry Potter y el cáliz de fuego parece empeñado en demostrar lo falibles que son nuestros tres héroes. Harry se comporta en más de una ocasión como un niño inmaduro y celoso, en especial en lo referente a Cedric y Cho. Ron y Harry pasan buena parte del libro sin hablarse a causa de una pelea bastante estúpida. Finalmente, la pareja formada por Ron y Hermione (me referiré a ellos como pareja aunque en este punto de la historia aún no lo sean de forma oficial) también tiene sus roces. Quizá sea a causa de las traviesas hormonas, que hacen que todo parezca más intenso de lo que es en realidad, pero me encanta ver que los personajes son imperfectos o incluso inmaduros. Leyendo más de una escena me he quedado con ganas de darle un capón a Harry para ver si dejaba de comportarse como un niñato, pero así es como son las personas reales en muchas ocasiones: desagradables, inmaduras, estúpidas, irascibles... en definitiva, imperfectas.

No deja de sorprenderme que se haya establecido una relación de confianza tan pronunciada entre Harry y un personaje como Sirius Black, con el que apenas se ha encontrado en dos o tres ocasiones. La justificación argumental me parece cogida con pinzas, a lo sumo. Para que una relación así sea creíble es necesario permitir que los personajes tengan tiempo para conocerse y llevar a cabo actividades juntos, cosa que Harry y Sirius no han tenido ocasión de hacer: toda su relación se basa en dos encuentros apresurados y unas cuantas cartas enviadas por lechuzas. Tampoco deja de sorprenderme lo plano y ridículo que resulta Severus Snape en cada una de sus apariciones. Imagino que algo debe tener el personaje para resultarle tan atractivo a los lectores, pero en los cuatro primeros libros no ha hecho más que comportarse de forma tan prepotente que roza el ridículo. Veremos qué sucede con él en siguientes entregas, ahora que las cosas se han puesto tan interesantes.

Lo que desde luego me parece muy conseguido en el último tramo de Harry Potter y el cáliz de fuego es la sensación de que ya nada puede volver a ser normal. Ya no son sólo las consecuencias que tiene el regreso de Voldemort tanto para nuestro protagonista como para el resto de personajes, sino la manera en la que se refleja el shock emocional de lo sucedido y las diferentes maneras de afrontarlo. Algunos personajes quedan tan impactados que no saben cómo actuar, otros optan por negar completamente lo sucedido y unos pocos deciden que ha llegado el momento de actuar con convicción, poniendo en marcha acontecimientos que se revelarán en Harry Potter y la Orden del Fénix. Al menos en lo que se refiere a la manera que tiene Harry de afrontar el mundo, este libro supone un punto y aparte. Hasta entonces sus aventuras mágicas podían ser peligrosas, pero siempre estaban exentas de consecuencias, tanto para él como para sus amigos. Ahora Harry ha aprendido que nadie está realmente a salvo y que su propia vida está en juego. El joven aprendiz de mago ya ha presenciado una muerte y me juego lo que sea a que no será la última ni mucho menos. Por lo poco que he podido leer hasta ahora de Harry Potter y la Orden del Fénix, Harry parece sufrir algo parecido a un trastorno de estrés postraumático tras lo sucedido aquí. Esto no sólo me parece de lo más adecuado, sino que multiplica mi interés por proseguir con la lectura de la saga.

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