11 enero, 2020

[Series] Drácula, de Mark Gatiss y Steven Moffat


Pasé la mayor parte de mi adolescencia jugando a Vampiro: La Mascarada, un juego de rol que se definía a sí mismo como "juego narrativo de horror personal" pero que para mí supuso una experiencia de auténtico crecimiento personal. En esos años tan delicados de mi formación, la exploración del vampirismo se convirtió en una excusa un tanto rimbombante para explorar algunos aspectos de mí mismo que no me sentía cómodo verbalizando abiertamente. Para eso sirven los juegos de rol, al fin y al cabo; para expresarse con total libertad amparado por el marco seguro que proporciona la ficción. Por aquel entonces, el vampirismo se convirtió para mi joven yo en una metáfora de sensualidad y sexualidad, de dominación y control, de autoafirmación y orgullo. El vampiro era pues una criatura carente de miedo, que surgía de la oscuridad para ejercer su poder y regodearse en su naturaleza. En definitiva, el vampiro era un antídoto para la inseguridad y la represión que me atenazaban cuando era adolescente. Aunque en esa época no lo sabía, en realidad no había descubierto nada nuevo. De hecho, es muy posible que el mito moderno del vampirismo surgiese para cumplir una función similar.

Existen ciertas evidencias en la biografía de Bram Stoker, padre de la novela original de Drácula que nos proporcionó al vampiro de la era moderna, que apuntan hacia la posible bisexualidad u homosexualidad del autor. Algunos críticos dicen que la propia novela estuvo fuertemente influida por la condena por "sodomía e indecencia" a Oscar Wilde, amigo personal de Stoker. Un hecho curioso es que Stoker acabaría casándose con Florence Blacombe, una mujer que previamente había sido "cortejada" por Wilde. Mientras tanto, profería una admiración desmesurada hacia el poeta Walt Whitman y hacia el actor de teatro Henry Irving. Obviamente, todo lo que se puede hacer hoy en día es especular acerca de Stoker y de sus relaciones con otros hombres. Lo que es innegable por estar plasmado en papel es el subtexto homosexual que se encuentra en las páginas de su archiconocida novela. Siguiendo los cánones del Londres victoriano en el que se escribió, Drácula era una narración provocadora: la mera alimentación del vampiro suponía un acto de penetración e intercambio de fluidos no muy distinto del acto sexual. El hecho de que un hombre recibiese un acto de penetración así iba en contra de los rígidos roles de género victorianos, pero el conde de Stoker se alimentaba indistintamente tanto de mujeres como de hombres. El hecho interesante aquí es que tanto unas como otros experimentaban un gran placer cuando recibían el "beso del vampiro".

Eso nos lleva hasta el presente, hasta el recién iniciado año 2020, donde el supuesto homoerotismo de la novela de Stoker y la figura del vampiro como exploración de la sexualidad reprimida victoriana vuelven a ser tema de conversación gracias a la adaptación a la televisión realizada por Mark Gatiss y Steven Moffat. Después de su espléndido fanfic sobre Sherlock Holmes ambientado en la época actual, Gatiss y Moffat vuelven con otra propuesta digna de un fanfic que resulta tan ingeniosa como provocadora. De hecho, quizá sea más adecuado considerarla una derivación en lugar de una adaptación: aunque empieza siendo fiel al material original, a medida que transcurre el metraje, dividido en tres episodios, la serie de Gatiss y Moffat se aleja más y más de la novela de Stoker para forzarla, retorcer sus límites e incluso tergiversarla.


Lo cierto es que una revisión de estas características era necesaria para devolver al vampiro a sus orígenes. Después de todo, venimos de unos años en los que el mito del vampirismo se ha desnaturalizado hasta tal punto que se le ha desprovisto de su encanto. No olvidemos que venimos de los años de hegemonía de la saga Crepúsculo. En la novela de Stoker, el vampiro ejercía su sexualidad y afirmaba su dominio a través del acto de la alimentación, obvia metáfora del acto sexual. En cambio, en la saga Crepúsculo el vampiro protagonista renunciaba a alimentarse de sangre humana en lo que puede interpretarse como una burda metáfora del celibato. Por extensión, toda la saga Crepúsculo puede verse como una especie de metáfora de lo bonito que es mantenerse virgen hasta el matrimonio, único momento en el que el sexo se considera válido... y siempre con el fin de procrear. No en vano, la autora de la saga pertenece a la iglesia mormona.

Tal y como yo lo veo, el vampiro moderno es un ser tremendamente sexualizado que, al contrario que los reprimidos habitantes del Londres victoriano que le vieron nacer, ejerce su sexualidad de forma abierta, desafiante y provocadora. El vampiro es un depredador capaz de innombrables actos de violencia, sí, pero lo que lo hace peligroso no es su capacidad para destruir a los humanos, sino su capacidad para imponerse a ellos, para dominarlos y robarles su autocontrol. Esa dominación siempre tiene un componente sexual, que aprovecha las debilidades ocultas de sus víctimas, invita al peligro y promete un placer blasfemo y prohibido: el goce que proporciona el "beso del vampiro". Muchas veces se considera que las relaciones sexuales se basan en la dualidad dominación-sumisión, pero la sumisión que provoca el vampiro no siempre es pasiva. Al contrario, la sumisión que provoca el vampiro puede implicar asumir un rol activo. Ante las provocaciones de la oscuridad, algunos pueden optar por ceder a ella y abrazarla, abrazando al mismo tiempo su propia oscuridad interior. El mayor peligro del vampiro es por tanto su capacidad para hacer que otros deseen ser como él porque quizá, en el fondo, todos deseamos ser como él aunque no tengamos el valor para serlo.

Gatiss y Moffat han sabido capturar bien esta idea en su Drácula televisivo, que actúa como el depredador que debería ser. No por su capacidad para matar, sino por su capacidad para observar a sus víctimas y analizar sus debilidades. Igual que los depredadores de la naturaleza, que seleccionan a las presas más débiles antes de atacar, el Drácula de Gatiss y Moffat explota las debilidades de sus víctimas y las provoca hasta que cometen un fallo letal. El vampiro les roba su autocontrol y hace que cometan estupideces, ya sea embriagadas por la promesa del placer, por puro temor o por deseos de venganza. Tarde o temprano, siempre hay alguien que cede ante la presión y queda abrumado ante la superioridad de Drácula. Esa es la esencia del vampiro: rompe las barreras, libera las emociones reprimidas, arrastra a todos a su juego.


En ese sentido, poco se puede objetar al reparto de la serie, encabezado por el fascinante Claes Bang como Conde Drácula. El actor, que no estaba dentro de mi radar hasta ahora, se maneja con soltura en los distintos registros que exige el papel y que van desde el terror a la comedia. El Drácula de Claes Bang es un depredador tremendamente sexualizado, provocador e ingenioso y su interpretación conjuga elementos de otras versiones anteriores del personaje que se han vuelto icónicas con el tiempo. La estética elegida para la serie realza ese aspecto al buscar de forma activa similitudes con el Drácula de Christopher Lee en los tiempos de la Hammer. No obstante, en el Drácula de Claes Bang también he querido ver algo del Drácula de Gary Oldman en la película de Francis Ford Coppola, en especial en lo que se refiere a la expresión de la faceta más vulnerable del conde (y que Gatiss y Moffat se reservan hasta la conclusión misma de su serie). No pretendo fingir que soy un experto en estas adaptaciones previas, pues las películas de la Hammer son muy anteriores a mi tiempo y el recuerdo de la película de Coppola está muy endulzado en mi memoria, pero tengo la clara impresión de que tanto el actor como los guionistas se han apoyado en ellas para crear paralelismos visuales y temáticos o directamente para jugar con las expectativas del espectador.

En cuanto al resto del reparto, nos encontramos ante el típico buen hacer británico. La mayoría de rostros resultan familiares de otras series de la BBC, no faltan los actores que han pasado en algún momento por Doctor Who y, como era de esperar, Mark Gatiss se ha reservado un pequeño papel para dar rienda suelta a sus excentricidades. Se trata de un reparto diverso, cosa que escocerá a cierto tipo de público que se ampara siempre en la verosimilitud histórica o la fidelidad al material original para esconder sus prejuicios. Hay un importante rol masculino que en esta versión pasa a estar desempeñado por una actriz, lo que supone uno de los cambios más importantes respecto a la novela de Stoker. No es el único, desde luego, aunque prefiero no entrar en detalles y dejar que el lector lo descubra por sí mismo si aún no ha visto la miniserie (que por cierto está disponible en Netflix para mayor comodidad).

Un detalle que me ha parecido llamativo de la propuesta de Gatiss y Moffat es la forma en la que los dos primeros episodios evocan la naturaleza de la obra original. El Drácula de Stoker es una novela epistolar que se narra a través de los diarios y documentos escritos por sus personajes. De la misma forma, los dos primeros capítulos de la serie se organizan a través de la narración de un personaje que cuenta su historia. Me hubiese gustado que el tercero siguiese una estructura similar, aunque entiendo que los autores querían distanciarse de la referencia a Stoker para perseguir su propia visión, que no deja de basarse en un planteamiento digno de un fanfic; un fanfic muy inteligente, pero fanfic al fin y al cabo. ¡Y que conste que no lo digo como algo despectivo ni mucho menos! Lo bueno del fanfic es que se atreve a explorar ideas que la obra original no fue capaz de explorar. Igual que Sherlock era un fanfic que colocaba al personaje de Arthur Conan Doyle en el presente para explorar cómo funcionaría su lógica detectivesca en la era de Internet y los teléfonos móviles, este Drácula fuerza los límites de la historia del buen conde para explorar ideas que Stoker ni siquiera se habría podido plantear.


Gatiss y Moffat ponen sobre la mesa ideas muy interesante y enfrentan al espectador con uno de los temores más antiguos de la humanidad: el temor a la muerte. La muerte, que es a la vez la única certeza de la vida y la fuente de su mayor incertidumbre, ha dado pie a innumerables temores a lo largo de los siglos. El temor a ser enterrado vivo es uno de ellos y posiblemente sea la base sobre la que surgieron las leyendas sobre no-muertos y vampiros que inspiraron a Stoker mucho tiempo después. Esta versión de Drácula vuelve sobre esos mitos fundacionales, cerrando así el círculo de una forma muy astuta. Los autores son conscientes de que al hacerlo están obviando algunos elementos sobre el vampirismo que de alguna forma se han institucionalizado a base de repetirse una y otra vez, pero su intención es un tanto iconoclasta. Gatiss y Moffat acuden a los orígenes del mito para más adelante deconstruir y tergiversar dicho mito. Al final, el Drácula de Gatiss y Moffat se distancia de lo que tradicionalmente consideramos propio del vampirismo para reconectar con la metáfora oculta tras la obra de Stoker. Así, Drácula vuelve a ser una historia sobre la liberación de la sexualidad reprimida; una liberación que puede coexistir perfectamente con el temor a ser uno mismo o incluso con el autodesprecio. Se puede hacer una lectura LGBT+ del Drácula de Gatiss y Moffat, en efecto, aunque aún no tengo claro si es una lectura positiva o negativa.

Me consta que el tercer capítulo de la miniserie está levantando ampollas entre algunos sectores, así que no viene mal lanzar una advertencia para aquellos que busquen una versión más tradicional del personaje. Este Drácula juega el engaño y aparenta ser muy tradicional, pero no es fiel al original ni pretende serlo. Aunque retome la esencia misma que hizo del personaje un parte importante de la cultura popular, es atrevido e iconoclasta. Quizá los espectadores que se han curtido siguiendo el Doctor Who de Moffat no se sorprendan demasiado por un planteamiento de este tipo, pero es posible que aquellos que vengan buscando una recreación de la novela o de la película de Coppola se lleven un contundente golpe. Personalmente, me considero admirador de los planteamientos que supongan algún tipo de desafío a mis expectativas como espectador, así que he disfrutado mucho de esta propuesta y de su polémico final.

Lo más estimulante de la serie es, sin duda, su voluntad de retomar al vampiro como epítome de la liberación sexual y su forma de tratar la depredación como una forma de dominación con un fuerte componente sexual. Ya era hora de que estos rasgos volviesen a formar parte de la narrativa del vampiro. Gatiss y Moffat me han despertado el deseo de volver al libro de Stoker con la intención de revisarlo una vez más desde esa óptica. Es más, me han despertado el deseo de volver a Vampiro: La Mascarada para reexperimentar aquellos primeros contactos precoces con el mito del vampirismo equipado con el conocimiento y la madurez que tengo hoy en día. Soy consciente de que la serie no está exenta de asperezas y puntos oscuros, pero supongo que este es el mejor halago que se le puede hacer a una producción centrada en el celebérrimo conde transilvano: me ha devuelto las ganas de volver a morder cuellos como antes.