21 febrero, 2021

[Cómic] Azul y pálido, de Pablo Ríos: La verdad (no) está ahí fuera


"Quiero creer", rezaba el icónico póster que adornaba la oficina del Agente Mulder, uno de los protagonistas de la popular serie de televisión de los noventa Expediente X. En efecto, todos queremos creer en algo; todos necesitamos aferrarnos a alguna de las numerosas respuestas posibles a las grandes preguntas de nuestra existencia. Algunos optamos por el camino de la ciencia, otros por el de la religión y el misticismo. Unos cuantos abrazan eso que llamamos parapsicología y se adentran en un cenagoso terreno poblado por una fauna realmente variopinta que abarca timadores que buscan hacer negocio, divulgadores de pacotilla, aspirantes a gurús y también -no me cabe duda- auténticos creyentes en los fenómenos extraños, la ufología y demás asuntos del más allá. Me atrevería a decir que todos nos hemos sentido atraídos por esos asuntos en algún momento, ya sea por simple curiosidad o por la moda del momento. Yo mismo, como ávido espectador de Expediente X, pasé por esa fase. De hecho, sigo conservando una carpeta en la que guardo recortes de prensa en los que se habla sobre casos paranormales de toda índole, pero sobre todo relacionados con la supuesta presencia de extraterrestres: avistamientos de OVNIs, abducciones inexplicables, extrañas señales aparecidas en los campos de cultivo, horribles mutilaciones de ganado, etc. Sin embargo, con el paso del tiempo las respuestas que ofrecían aquellos casos dejaron de resultarme satisfactorias y empecé a buscar mis respuestas en otra parte: estudié una carrera, interioricé el método científico y aprendí una cosa o dos sobre psicología. Como consecuencia, mi interés ha pasado de los OVNIs y las abducciones a las personas que dicen haber visto un OVNI o haber sido abducidas por seres de otro planeta. Ya no me interesa el fenómeno en sí, si es que dicho fenómeno existe o ha existido alguna vez, sino la persona que cree en él. ¿Qué lleva a alguien a creer en estas cosas?

Esa misma pregunta es la que se plantea Azul y pálido, el primer cómic de Pablo Ríos. Editado originalmente por Entrecomics en 2012 y reeditado por Astiberri en 2021, esta obra presenta una serie de casos relacionados con el mundillo de la ufología y los platillos volantes; la mayoría de ellos bastante conocidos. Sin embargo, su foco de atención no se sitúa sobre la información perteneciente al caso en sí, sino sobre el testimonio de las personas implicadas. De esta forma, el cómic toma la estructura de una entrevista en la que los protagonistas vierten sus declaraciones y deja que el lector las juzgue por sí mismo para sacar sus propias conclusiones. No es, por tanto, un panfleto para los creyentes de lo paranormal, pero tampoco es una crítica razonada a los casos de los que habla.

He leído varias reseñas que alaban la capacidad del autor para mantenerse distante y ofrecer una visión objetiva de los testimonios que se narran en el cómic. Sin embargo, yo no estoy tan convencido de que Pablo Ríos sea totalmente objetivo en Azul y pálido. En primer lugar porque la objetividad pura no existe, ni siquiera en las obras de orientación periodística, y en segundo lugar porque hay algunos pasajes de la obra en los que las decisiones del autor conllevan una lectura concreta que sin duda debe ser intencional. Por ejemplo, al final del capítulo dedicado a Giorgio Bongiovanni, esa especie de profeta que aglutina figuras cristianas como la Virgen de Fátima con los visitantes extraterrestres, el protagonista se eleva hacia un cielo de color verde que, al ampliarse el campo de visión, se descubre como un billete de dólar. Algo similar sucede en el capítulo dedicado a Carlos Jesús, esperpéntica figura mediática en nuestro país gracias a cierto programa de televisión que se dedicaba en gran parte a explotar a gente consideraba friki; en el sentido original del término freak, es decir, anormal, rara, chiflada. En este caso, el autor parece invertir la situación, otorgando cierta dignidad a Carlos Jesús mientras caricaturiza a los rostros visibles del programa -el programa en cuestión es Crónicas marcianas, por cierto, auténtica telebasura de la época-, con sus continuas llamadas a la publicidad. Casi se percibe cierta compasión hacia Carlos Jesús, quien, independientemente de lo que creía o dejaba de creer, se había convertido en un animal de circo y estaba obligado a dar espectáculo a una audiencia ávida de rarezas y alimentada por un canal de televisión carente de escrúpulos. Claro que también es posible que esta intencionalidad que creo ver yo en la narrativa de Pablo Ríos no sean más que mis propias opiniones proyectadas sobre el cómic. Quizá esta sea la lección de Azul y pálido: al final uno siempre cree lo que quiere creer.

Si en algo cree el propio Pablo Ríos debe ser en Jack Kirby, a quien canaliza de forma asombrosa en el capítulo dedicado a la enrevesada mitología cósmica de Sixto Paz. Después de leer tantos cómics en los que Kirby dibujó sus propias mitologías cósmicas para Marvel o para DC es fácil entender por qué los relatos de Sixto Paz pueden resultar tan interesantes. Ese capítulo no sólo es memorable por la forma en la que al autor mimetiza el arte de Kirby, sino por demostrar lo atractivas que nos resultan siempre determinadas ficciones, ya sea en las páginas de un tebeo o en boca de un supuesto iluminado. 

Los diez capítulos de Azul y pálido, por lo general muy breves, vienen precedidos por unas páginas dedicadas a Carl Sagan, que también se encarga de cerrar el cómic con la inevitable referencia a su obra de divulgación más conocida: la serie documental Cosmos. La inmortal figura del astrónomo no se utiliza aquí para validar los posibles casos de encuentros extraterrestres -insisto- ni para descartar esas experiencias por completo. Más bien se utiliza para desplazar el interés desde las respuestas hacia las preguntas. Quizá lo más importante no sea responder a la cuestión de si estamos solos en el universo sino preguntarnos por qué nos sentimos solos; por qué necesitamos llenar ese vacío interior con complejas mitologías, ya estén protagonizadas por deidades antropomórficas o por hombrecillos grises del espacio exterior. Es sorprendente la facilidad con la que las creencias religiosas pueden solaparse con la ufología y lo paranormal, algo en lo que no me había fijado hasta leer este cómic. Parece que creer en uno de estos fenómenos facilita que se pueda creer en otros similares, de ahí que las supersticiones religiosas y las relacionadas con la parapsicología convivan en muchas personas. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué necesidad saciamos los seres humanos con este tipo de creencias en el más allá, en lo indemostrable? ¿Por qué necesitamos sentir fe? No soy yo el indicado para responder estas preguntas, desde luego. De hecho, aunque esta necesidad es más o menos universal, no creo que exista una respuesta universal.

La célebre cabecera de Expediente X acababa con la frase "la verdad está ahí fuera", lo cual tiene una implicación muy clara: hay que salir a buscarla. Parafraseando a Sagan en las páginas finales de Azul y pálido, no sabíamos que la Tierra era redonda hasta que cogimos un barco y lo comprobamos en persona. Ya se había demostrado teóricamente cientos de años antes, pero no lo creímos hasta comprobarlo en persona... ¡y aún así hoy sigue habiendo negacionistas y defensores de la tierra plana! Curiosamente, algunos nunca estarán satisfechos con las respuestas. De igual forma, no sabemos si estamos solos en el universo, así que debemos comprobarlo enviando sondas al espacio profundo, escuchando las señales procedentes de las estrellas y, en definitiva, siguiendo el camino de la ciencia. Si queremos las respuestas tenemos que buscarlas y en el largo camino para descubrirlas nos encontraremos con figuras de todo tipo, desde engañabobos que pretenden llenarse los bolsillos a costa de los ingenuos hasta gente con auténticos problemas psicológicos y presa de sus propios delirios, pasando por los divulgadores de pacotilla que aspiran a ser Carl Sagan y se quedan en un triste Iker Jiménez. Lo que es aún más inquietante es que quizá no haya ninguna respuesta ahí fuera. Quizá nunca estemos satisfechos. Quizá nunca sepamos con certeza si estamos solos en el universo. En efecto, quizá lo que se decía en Expediente X no era cierto y la verdad no esté ahí fuera.

Quizá la única verdad que importa es la que cada uno llevamos dentro.