08 julio, 2020

[Literatura] Sol poniente, de Antonio Fontana Gallego


La memoria no es una reproducción exacta de los acontecimientos vividos, sino más bien una continua reconstrucción. La memoria es maleable y fácil de influenciar, cambiando con el tiempo y alejándose cada vez más de los acontecimientos reales. La memoria, en definitiva, no es fiable; está impregnada de emociones, está contaminada por la imaginación y es, en parte, una invención pura y dura. Cuando hay un vacío en nuestro recuerdo, cosa frecuente cuando nos retrotraemos a nuestra infancia, nuestro cerebro está encantado de parchear el hueco con un artefacto que no siempre se basa en la experiencia vivida. Es más, rememorar una y otra vez una misma vivencia implica reconstruirla, alterándola, cambiándola y alejándola cada vez más de la verdad objetiva. Por eso la verdad objetiva no tiene lugar alguno en la memoria. Quizá lo tenga en la memoria histórica, pero desde luego no en nuestra memoria personal. Muchas veces encuentro que hay más verdad en la ficción que en la cuidadosa reconstrucción de los hechos. Por eso las narraciones autobiográficas han ido perdiendo interés para mí, mientras que la fascinación que siento por las autobiografías ficticias, ficciones autobiográficas o ficciones con elementos autobiográficos (cualquiera de estos términos me parece apropiado) no ha hecho más que crecer. Hoy quiero hablar de un título perteneciente a este peculiar género: Sol poniente, de Antonio Fontana Gallego.

Esta narración bien podría pasar por una autobiografía, ya que el autor recurre a un entorno que conoce bien: su Málaga natal. No obstante, narrador y autor son aquí seres distintos; similares hasta cierto punto por haber compartido algunas vivencias, pero muy distintos por no haber compartido otras que acaban siendo profundamente determinantes. La línea entre realidad y ficción es difusa en lo que respecta a este libro pero no tengo ningún interés en averiguar qué elementos pertenecen a una u otra. La verdad de la obra se encuentra en otra parte. Quizá ni siquiera haya que buscarla en su contenido, sino en su estructura; pero hablemos primero sobre el contenido para tener un marco de referencia.

En Sol poniente, el narrador rememora en primera persona algunos episodios clave en su vida personal y familiar, ambientada siempre en Málaga y determinada en gran parte por la historia y los símbolos de la ciudad. Así, el Pico de las Ánimas (también llamado Cuesta de los Ahogados), es una presencia tan importante en la memoria de este narrador como la de sus familiares más cercanos. Se trata de un lugar con una historia propia muy antigua y no está exento de su leyenda negra, pero también es el sitio en el que vivía su abuela, una mujer con un carácter muy fuerte que ocupa un lugar destacado en su memoria. Muchos de los recuerdos del narrador sobre su abuela se acaban entrelazando inevitablemente con la historia del Pico de las Ánimas, quedando como testimonio del declive de ambos. Sin conocer Málaga ni haberla visitado nunca, el libro me ha transmitido la vivencia de la ciudad y de sus barrios con gran intensidad. La de sus páginas es una Málaga que parece auténtica y, sobre todo, viva.

La figura de la abuela es uno de los elementos principales de la obra. En parte porque la abuela, por su personalidad y comportamiento, acapara la atención de los que le rodean y se convierte con frecuencia en el centro de los acontecimientos, pero también porque este personaje sirve para explorar uno de los temas centrales del libro: el paso del tiempo y sus consecuencias, el tema más antiguo de todos y quizá el más importante. La abuela dice encontrar tierra en su cama al despertar cada día, como si con el paso del tiempo se estuviese volviendo de roca, de piedra, de arena; desgastándose poco a poco hasta desvanecerse, igual que su casa en el Pico de las Ánimas, igual que todos nosotros llegado el momento, hasta que sólo quede el recuerdo, tan fluido y maleable, tan afectado por las emociones, tan poco fiable. Llegará un punto en el que el recuerdo tendrá más ficción que realidad y al final hasta el recuerdo mismo acabará desapareciendo. Así es la vida.

Otra figura destacada para el narrador es la de su hermano Curro, nacido con parálisis cerebral. Este personaje es un elemento disruptivo para su vida familiar, una verdad incómoda que debe incluir en su relato pese a que desearía dejarla fuera. Curro es la prueba de que la vida no siempre transcurre como desearíamos y que parte de nuestra existencia consiste en aprender a lidiar con las consecuencias que el azar ha depositado sobre nosotros. Sin embargo, en algunos momentos este personaje, afectado como está por su discapacidad, parece gozar de una ventaja respecto a los demás: su visión del mundo es más simple y no está oprimido por el peso de los recuerdos. Cuando Curro visita la tumba de sus padres y sus hermanos le explican como buenamente pueden que ahora sus cuerpos están bajo tierra mientras que sus almas están arriba en el cielo, Curro pasa página con inusitada facilidad. No vivirá el resto de sus días con la memoria de aquellos que ya no están ni reconstruirá sus recuerdos sobre ellos una y otra vez hasta desvirtuarlos. En cierto sentido, es libre; mucho más libre que todos nosotros.

Algunos momentos son de especial importancia para el narrador, como la extraña desaparición de su padre y el turbio incidente ocurrido en cierto autobús, pero no quisiera desvelar demasiados detalles sobre la trama. Sin embargo, la lectura de Sol poniente me ha dejado con cierto resquemor que me gustaría quitarme de encima. El relato abarca épocas muy sensibles del desarrollo vital de nuestro narrador, pasando por su infancia y su adolescencia. No es sorprendente, por tanto, que su despertar sexual sea uno de los temas a tratar en el libro y aquí es donde entra mi disgusto: que el momento en el que el narrador empieza a asumir su sexualidad se produzca justo antes de sufrir una experiencia que sólo puede definirse como lesiva y traumática se me antoja como una suerte de castigo por esa misma sexualidad. El hecho de que el propio narrador quede marcado a fuego por la experiencia, hasta el punto de que después del incidente parece convertirse en una especie de muerto en vida desprovisto de toda sexualidad, refuerza esta percepción. Desconozco la intención del autor (y, francamente, no me importa), pero ya he visto demasiadas historias en las que personajes no heterosexuales acaban sufriendo por cualquier excusa más o menos peregrina que no deja de ser una forma velada de castigarles por su sexualidad, como si no ser heterosexuales les abocase de alguna forma al sufrimiento y la tragedia. Me gusta el drama como al que más y soy consciente de que la vida no es justa (o más bien está por encima de lo que nosotros creemos justo o injusto), pero no me gusta leer entre líneas este tipo de mensajes.

Repasado el contenido, pasemos a la estructura. Quizá lo más llamativo del libro y lo que mejor conecta con su exploración de la memoria es la forma en la que está escrito. Sol poniente es un relato fragmentado y desordenado, que se mueve hacia delante y atrás en el tiempo siguiendo el hilo de pensamiento de su narrador. En ese sentido, tiene mucho que ver con el funcionamiento real de la memoria y la manera en la que se reconstruyen los recuerdos que tenemos almacenados: es fácil que un recuerdo lleve a otro que no tiene por qué estar conectado por su proximidad temporal, sino por su proximidad temática o por su proximidad emocional. Quizá la emoción de un recuerdo nos evoque otro que nos despertó emociones similares o quizá simplemente nuestro cerebro haya establecido una conexión caprichosa entre dos memorias aparentememte al azar que en realidad comparten algún tipo de asociación. Sea como sea, rememorar el pasado supone un continuo ir y venir en el tiempo. Lograr una sucesión cronológica de acontecimientos vitales supone un esfuerzo considerable y crea una narración artificial. Este libro opta por el camino contrario, abrazando la forma natural en la que funciona la memoria y creando una experiencia de lectura sugerente y lírica, que tiene mucho en común con la narración oral pese a estar escrita con la sensibilidad de una novela. Allí es donde encuentro la auténtica verdad de Sol poniente, bajo todas esas capas de ficción y de cuidadosa narrativa. Allí reside su autenticidad.

Esta es una historia sobre la fragilidad de la memoria, pero también sobre cómo la memoria, pese a ser falible e imperfecta, nos define con una intensidad difícil de concebir. Detalles ínfimos de nuestra vida personal pueden ocupar un lugar de honor en los salones de nuestro recuerdo y moldear nuestra forma de ser sin que nos demos cuenta. Por supuesto que los grandes acontecimientos, ya sean muertes, enfermedades o tragedias, dejan su marca en nosotros, pero también lo hacen los pequeños momentos que normalmente quedarían fuera de cualquier biografía seria, como las tardes jugando a indios y vaqueros en la casa de la abuela en el Pico de las Ánimas. El relato del narrador de Sol poniente, pese a sus peculiaridades, no se diferencia mucho de nuestro propios relatos personales; su vida no es tan distinta de la nuestra, sus recuerdos no son tan distintos de los nuestros. El tiempo nos acabará borrando a todos por igual, cuando nos volvamos de roca, de piedra, de arena. De nosotros sólo quedará el recuerdo, tan frágil, tan falible, tan poco fiable. Y en su interior, oculto entre todas las invenciones y toda la ficción, quizá se encuentre nuestra verdad.