15 agosto, 2020

[Animación] The Midnight Gospel y su reflexión sobre la muerte

La única certeza que podemos tener en la vida es la muerte. Nuestros padres van a morir. Nosotros vamos a morir. Nuestros hijos van a morir. Todos los seres humanos vamos a acabar encontrándonos con la muerte en algún momento. Es un hecho innegable e inevitable, pero nuestra cultura ha convertido la muerte en una especie de tabú. Hablar sobre la inevitabilidad de la muerte nos resulta desagradable e incluso de mal gusto. Evitamos referirnos a ella y la vestimos con metáforas para no tener que confrontarla directamente: preferimos decir "se ha ido", "está en un lugar mejor" o "está en el Cielo" a decir "ha muerto". La hemos sacado de nuestras casas para colocarla en el entorno aséptico de los hospitales y residencias, donde la experiencia misma de la muerte se desnaturaliza y se despoja de todo significado más allá de los datos médicos puros y duros. Los familiares del fallecido ya no forman parte del proceso... o más bien sólo forman parte de los elementos más inocuos y superficiales del proceso. Lloramos en el velatorio después de haber dejado que otros limpien y vistan el cuerpo del difunto. Lloramos en el funeral después de que otros hayan preparado la tumba o el nicho. No queremos ver la parte "fea". Es más, en todo momento evitamos pensar en el componente físico del proceso: en el cuerpo cuyas funciones biológicas se han detenido y cuya carne va a corromperse hasta desaparecer. Creemos que pensar en ello es horrible y morboso. Incluso lo consideramos irrespetuoso, como si fuera un insulto a la memoria del fallecido en lugar de un hecho natural. En definitiva, hemos sacado a la muerte de nuestra vida cotidiana. La hemos convertido en una intrusa indeseable con la que nos cruzamos de vez en cuando y a la que evitamos nombrar. Vemos la muerte como una terrible disrupción, como algo injusto y ajeno a nosotros. Hemos hecho todo lo posible para huir de la verdad: que la muerte forma parte de la vida y debemos reaprender a vivir con ella.


Este proceso de reaprendizaje y aceptación de la muerte es sin duda el tema central de The Midnight Gospel, la peculiar serie de animación para adultos estrenada en Netflix que tan buenas críticas ha cosechado entre algunos sectores. El proyecto surgió de la colaboración entre el animador Pendleton Ward, conocido por su trabajo en Hora de Aventuras, y el podcaster Duncan Trussell, responsable de un podcast en el que discute con sus invitados sobre filosofía, meditación y temas relacionados con la espiritualidad que recibe el título de Duncan Trussell Family Hour. Ward consideraba que el podcaster tenía una capacidad sorprendente para resultar divertido pese a la densidad y la seriedad de los temas sobre los que hablaba, así que le propuso convertir su programa en una serie animada. Utilizando como base un diálogo sobre el consumo de drogas entre Trussell y uno de sus invitados, Ward y su equipo animaron una disparatada secuencia en la que los personajes discutían sobre el tema mientras se enfrentaban a una invasión zombi. Esa prueba de animación se acabó convirtiendo en el primer episodio de The Midnight Gospel.

Desde luego, el contacto inicial con la serie resulta cuanto menos chocante por la disonancia que genera. Los personajes hablan sobre sus malas experiencias consumiendo drogas y sobre cómo la propia adicción es una forma de escapar de la dura realidad de sus vidas. Al tratar de escapar del sufrimiento, generan aún más sufrimiento, tanto para sí mismos como los que hay a su alrededor, lo que a su vez incrementa su necesidad de buscar una vía de escape. Es un oscuro y angustioso ciclo... y dista mucho de ser el tema más adecuado para discutir mientras se produce un holocausto zombi. Pero así es la serie. En ella, la voz de Trussell toma la forma de Clancy Gilroy, un "podcaster espacial" que vive en un extravagante y lisérgico mundo. Clancy utiliza su "simulador de universos" para explorar mundos aún más extravagantes y lisérgicos que el suyo propio en los que entrevista a diversos personajes para su podcast. Cada uno de estos personajes invitados es aún más imposible y descabellado que el anterior, creando un aura de completa irrealidad en torno a los sucesos que se narran.

Lo cierto es que dichos sucesos son lo de menos. Clancy vive algunas... ¿aventuras?... ¿experiencias?... en los mundos simulados que visita, pero nunca son el objeto del diálogo con sus invitados. Las conversaciones para su podcast espacial versan sobre la espiritualidad, el mindfulness, la magia, la exploración de la autoconsciencia, la negación del yo y la muerte. Si bien los sucesos que se narran visualmente tienen algún tipo de conexión temática o simbólica con el diálogo de cada capítulo, en muchas ocasiones se perciben como algo ajeno y extraño; incluso como una distracción innecesaria que evita que podamos prestar la atención debida a la conversación que estamos escuchando, que además suele contar con argumentos complejos y difíciles de seguir. Es posible que esa sea la intención buscada por los autores: que la alocada animación experimental y los colores alucinógenos sean un obstáculo que hay que trascender para alcanzar el mensaje, de la misma forma que la meditación propone trascender la realidad física para alcanzar la verdad sobre nosotros mismos. Claro que también es posible que no haya ninguna intención y que cada capítulo se trate simplemente de un ejercicio de animación libre y desenfadado, aunque lo dudo. Detrás de todo ese absurdo se intuye una planificación muy racional.


En uno de sus mundos simulados, Clancy discute con una extraña criatura cornuda sobre la necesidad de buscar conexiones auténticas y empáticas con otro ser humano ante la certeza de la muerte... mientras unos extraños parásitos con cara de payaso lo introducen a él y a la criatura en una gigantesca trituradora de carne. En otro, Clancy acompaña a un extraño pez equipado con una armadura con forma humana en un diálogo sobre la práctica de la magia como una forma de explorar la propia consciencia... mientras viajan en un barco gobernado por gatos marineros en pos de la puerta hacia la divinidad cósmica. En otro, Clancy discute con la mismísima Muerte sobre la forma en la que nuestra sociedad le ha dado la espalda al proceso natural de la muerte de un ser querido... mientras ambos recorren un entorno plagado de simbología religiosa en el que conviven ángeles, demonios, dioses y mesías... en busca de una manguera robada... por un cerdo antropomórfico. El mero hecho de describir el contenido de los episodios resulta un tanto ridículo. Todo parece fruto del azar e irrelevante... y en cierta forma lo es... pero luego llega el último capítulo de la temporada y todo empieza a adquirir un sentido que al principio parecía ausente.

Clancy vive inmerso en una difícil dicotomía. Por un lado, siente la necesidad de evadirse de una realidad que le resulta desagradable y que preferiría no tener que afrontar. Por otro, habla constantemente sobre esa realidad, buscando el consejo, la aprobación y la empatía de todos los personajes con los que dialoga en su podcast espacial. Puede que sus viajes al interior del simulador parezcan caprichosos o producto del aburrimiento, pero hay una razón por la que visita todos esos extraños mundos para hablar sobre temas relacionados con la muerte. Sus viajes son en parte evasión y en parte preparación, lo cual me hace pensar en la importancia de la ficción en nuestras vidas.

Usamos las historias de ficción como una vía de escape para desconectar de nuestra vida cotidiana, en especial cuando nos encontramos en un momento especialmente estresante o triste. Esos pequeños instantes de evasión nos permiten recuperarnos del desgaste que nos generan esas situaciones aversivas, así como encontrar el refuerzo del que carecemos en dichas situaciones. Simplificando mucho, nos hacen sentirnos bien cuando a nuestro alrededor hay cosas que nos hacen sentir mal. Pero eso no es todo, ni mucho menos. Las historias de ficción también son un campo de entrenamiento en el que prepararnos y en el que "ensayar" el futuro dentro de un entorno seguro y controlado. La ficción puede hacernos experimentar muchas emociones, incluso aquellas que normalmente no sentimos en nuestra vida cotidiana o nos resultan desconocidas. En ese sentido, experimentar la muerte de un personaje de ficción es una forma de "ensayar" las emociones relacionadas con la muerte de un ser querido. Esto puede ser de gran importancia en un entorno como el de nuestra cultura, en el que la muerte es un tabú del que preferimos no hablar. ¿Cómo prepararse entonces para experimentar esa parte de nuestras vidas si no es a través de la ficción?

Clancy intenta evadirse de una realidad que le resulta desagradable, pero al mismo tiempo necesita prepararse para afrontar esa realidad. De ahí surge su interés por la meditación y la espiritualidad. De ahí surgen sus constantes conversaciones sobre la muerte. De ahí surge su necesidad de buscar significado. Y esto es así porque uno de los seres queridos de Clancy se está muriendo y no hay nada que él pueda hacer para evitarlo. Así es como esta serie de dibujos animados experimentales y absurdos se descubre como una de las reflexiones más humildes y sinceras sobre la muerte que nos ha proporcionado la ficción de nuestro tiempo; quizá porque en realidad no es una historia ficticia sino una historia real vestida como una colorida e hiperbólica ficción. Es el momento de hablar sobre el último episodio de la primera temporada de The Midnight Gospel, por lo que recomiendo haber visto el episodio en cuestión antes de seguir leyendo este texto. 


Cada episodio de la serie se basa en un podcast. Cada podcast tiene a un invitado. El último episodio, titulado Mouse of Silver, tiene quizá al invitado más importante de todos. En dicho episodio, Clancy se encuentra con su madre, cuya voz pertenece a la madre de Duncan Trussell, Deneen Fendig, enferma de cáncer con metástasis avanzada. Esta buena mujer grabó el podcast en el que se basa el episodio en 2013, tres semanas antes de su muerte. Cualquier ficción que pueda haber en el episodio salta por los aires en el primer momento en el que la madre de Clancy se refiere a su hijo como Duncan, dejando claro a los espectadores que lo que están escuchando es una conversación real y no una interpretación para una serie de televisión. La ficción se convierte entonces en realidad y la cuarta pared se derrumba por completo. Durante los siguientes minutos, Duncan y su madre hablan sobre la vida que han compartido y sobre la inevitabilidad de la muerte, haciendo gala de una empatía, una compasión y una autenticidad que pocas veces he visto en una obra de ficción... especialmente en una de semejantes características. The Midnight Gospel parecía un viaje absurdo y alucinógeno con grandes dosis de un humor muy retorcido e incluso escatológico; un viaje que antes de Mouse of Silver no parecía tener un destino claro. Al final, Mouse of Silver es lo que le otorga sentido y significado al conjunto. La conversación de este episodio eleva la serie y a sus espectadores, haciéndoles partícipes de una vivencia tan triste como hermosa: la vivencia de la vida... la vivencia de la muerte...

Es difícil no dejarse arrastrar por las emociones que despierta el episodio, cuya capacidad de evocar situaciones en las que todos nos vemos reflejados es asombrosa. Aún así, las ideas que presenta Mouse of Silver, tanto en lo visual como en lo auditivo, presentan un nivel de abstracción bastante alto y funcionan en gran medida como metáforas. A lo largo de la primera parte de la conversación entra Clancy y su madre, el paso del tiempo se deja sentir con fuerza. Cuando Clancy se encuentra con su madre se convierte de nuevo en un niño y, a medida que habla con ella, comienza a crecer, pasando por la adolescencia y llegando a la edad adulta. Mientras tanto, su madre envejece: su pelo se vuelve blanco, su espalda se encorva y comienza a necesitar ayuda para moverse. En determinado momento, la madre de Clancy se acuesta y muere. Su cuerpo desaparece mientras la naturaleza crece a su alrededor. Poco después, el vientre de Clancy se hincha como el de una mujer embarazada y acaba dando a luz a un bebé, que en realidad es su madre. El bebé empieza entonces a crecer, retomando la conversación con su hijo/padre, mientras Clancy envejece cada vez más. Se trata de una manera preciosa de representar el ciclo de la vida, en el que los hijos se convierten en los padres en más de un sentido.

Viendo esa conmovedora sucesión de escenas es inevitable pensar en la continuidad biológica de los seres humanos, que nacen, se reproducen y mueren como cualquier otro ser vivo, pero creo que hay algo más en ellas. La metáfora que plantean me hizo pensar en mi abuela, que pasó sus últimos meses de vida postrada en una cama, incapaz de valerse por sí misma. Era como una niña pequeña, como un bebé que necesitaba constantes cuidados. Mi madre la cuidó durante el final de su vida y estuvo presente en el momento mismo de su muerte. De alguna forma, la madre se había convertido en hija y la hija, en madre. La metáfora también me hizo pensar en mi abuelo, consumido por la demencia mientras se acerca el inevitable final de su vida. También es como un niño pequeño, incapaz de valerse por sí mismo y necesitado de atenciones y cuidados. Es mi madre la que le cuida, la que le baña y le limpia, la que le da de comer. Otra vez la hija ejerce de madre. Algún día será mi madre la que no pueda valerse por sí misma. Algún día será mi madre la que se encuentre al final de su vida. ¿Seré yo lo bastante fuerte como para estar a su lado cuando más me necesite? Algún día seré yo el que llegue al final de mi vida y no pueda valerme por mí mismo. ¿Habrá alguien a mi lado entonces?


Los hijos se convertirán en padres y los padres, en hijos. ¿Pero es todo pura biología o hay algo más? ¿Somos un mero recipiente de ADN deseando transmitir nuestra herencia genética o hay alguna cosa en nosotros que apunte hacia la trascendencia? Esta cuestión me interesa especialmente, puesto que es muy poco probable que vaya a transmitir mi material genético en el futuro. Voy camino de los cuarenta años y sé que no voy a tener hijos. No hay ni habrá nunca espacio para ellos en mi vida porque así lo he elegido. Mi ADN ya ha llegado hasta donde tenía que llegar. ¿Quién estará pues a mi lado cuando llegue el final de mi vida si no voy a tener descendencia biológica? ¿Qué legado voy a dejar cuando muera? Por suerte, Mouse of Silver también tiene una respuesta para esas preguntas.

En la parte final de episodio, Clancy y su madre son lanzados al espacio y ascienden hasta convertirse en enormes planetas repletos de vida que viajan lentamente por el universo en dirección a un agujero negro. La madre de Clancy es la primera en notar los efectos del tirón gravitatorio y la corteza del planeta en el que se ha convertido comienza a romperse y a flotar hacia el interior del agujero en el tejido del espacio. Con lágrimas en los ojos, el planeta en el que se ha convertido Clancy/Duncan le dice a su madre que la quiere muchísimo. "Yo también te quiero", le responde su madre, "y Duncan, ese tipo de amor no se va a ninguna parte. Puede que yo deje este plano de existencia más pronto que tarde, pero ese amor no se va a ninguna parte". Ese momento de auténtica catarsis es la culminación del discurso de la serie. La metáfora construida en torno al diálogo entre una madre moribunda y su hijo potencia el mensaje último de The Midnight Gospel: que nuestro corazón debe romperse primero antes de poder abrirse a la realidad de la vida, que debemos aceptar la muerte aunque no nos guste y que, incluso en la muerte, algunas cosas no llegan a perderse nunca. Algunas cosas permanecen. Algunas cosas trascienden lo inevitable. El amor no se va a ninguna parte.

El amor es, por tanto, nuestro camino para alcanzar la trascendencia. El amor es nuestro legado. El amor de Deneen Fendig hacia su hijo Duncan ha trascendido su muerte, haciendo posible la existencia de Mouse of Silver. Ahora su legado también es nuestro. Cuando mi madre muera, su amor hacia mí también permanecerá. Ese será su legado cuando su cuerpo biológico se consuma hasta desaparecer. Ese es el legado que yo espero poder dejar algún día, cuando sea mi cuerpo el que se consuma y desaparezca. El amor es lo que da sentido al ciclo, lo que hace que seamos algo más que simples cuerpos biológicos transmitiendo nuestro ADN en el vacío de la existencia. Para abrazar ese amor, para aprender a sentirlo, experimentar la muerte de un ser querido es una vivencia necesaria. Puede ser terrible, incluso catastrófica, pero es una parte de nuestra vida que debemos aprender a aceptar. Al fin y al cabo, la muerte es la única que puede enseñarnos lo que es el auténtico amor; el amor que va más allá del cuerpo biológico y de la vida misma.


Yo soy el primer sorprendido por el impacto que este capítulo final ha tenido sobre mí. No por lo mucho que me ha hecho llorar, cosa que después de todo no es tan difícil, sino por lo mucho que me ha hecho reflexionar sobre mi propia mortalidad y la de mis seres queridos. Estoy muy lejos de ser una persona espiritual. De hecho, estoy en las antípodas de ser una persona espiritual. Cualquier charla sobre temas relacionados con la meditación y el mindfulness me despierta un gran escepticismo, cuando no una gran agresividad. En mis tiempos como estudiante en la facultad de psicología fui extremedamente crítico con aquellos profesores que pretendían incluir el mindfulness en su programa. Todas esas chorradas pseudocientíficas me parecían ofensivas y consideraba que estaban fuera de lugar en un lugar consagrado al método científico. Y no te engañes: a día de hoy, sigo pensando igual.

Nunca recomendaría a una persona con problemas de ansiedad o con un episodio depresivo que recurriese a la meditación o al mindfulness. Los problemas de salud mental requieren a un profesional de la salud equipado con herramientas validadas empíricamente, no a un gurú equipado con chorradas pseudocientíficas. Ahora bien, con el tiempo me he dado cuenta de que algunas de esas perspectivas... alternativas, por llamarlas de alguna forma... pueden ser muy útiles para explorarse a uno mismo y aprender a conocerse mejor. Si, tal y como se explica en el último episodio de The Midnight Gospel, una enferma de cáncer como Deneen Fendig consiguió estar en paz consigo misma gracias a la meditación y al mindulness... pues quizá algo bueno tengan estas perspectivas después de todo. Siempre diré que hay que desconfiar de los gurús, en especial de los gurús que piden dinero a cambio de su "iluminación", y siempre diré que hay que desconfiar de las pseudociencias, en especial de las que se visten de ciencia para engañar a los crédulos. Sin embargo, no me atrevo a decirle a nadie cómo debe explorar su propia espiritualidad. Que cada cual busque la trascendencia donde quiera y usando los métodos que quiera. Puede ser mediante el mindfulness, el psicoanálisis, la religión o la magia. Qué más da. La verdad es que, mientras esas prácticas no interfieran con tu salud física y mental, me da igual lo que hagas con tu vida.

¿Quizá es porque estoy empezando a asumir que dentro del ser humano existe una vertiente espiritual además de una vertiente física y otra mental? La verdad es que no lo sé. Ni siquiera estoy seguro de poder hacer una división clara entre lo físico y lo mental. ¡Como para atreverme a añadir también lo espiritual! No obstante, pese a ser una persona que se jacta de ser tan racional, viendo Mouse of Silver he sentido la necesidad de buscar la trascendencia, de ir más allá de lo puramente biológico, empírico y científico. Quizá es porque ese episodio emplea unas metáforas que han conectado conmigo con mucha fuerza. Quizá es porque el mensaje de ese episodio se expresa en un nivel de abstracción en el que estoy acostumbrado a moverme. Pese a aferrarme tanto a lo biológico, lo empírico y lo científico, mi cerebro funciona a base de metáforas y símbolos, cuanto más abstractos mejor. Puede que el emotivo diálogo entre Duncan y Deneen haya presionado sobre los resortes adecuados en mi cabeza. O puede que la necesidad ya estuviese ahí, esperando encontrar la vía adecuada para expresarse. No lo sé.

Lo que sí sé es que la reflexión sobre la muerte que se lleva a cabo en Mouse of Silver (y, por extensión, en The Midnight Gospel) es una de las más valientes, genuinas y valiosas que he visto nunca. Es una reflexión totalmente necesaria. De hecho, quizá hoy sea más necesaria que nunca. Nuestro estilo de vida hedonista nos ha alejado de una de las vivencias que más pueden enseñarnos para tratar de evitarnos sufrimiento, ignorando que el sufrimiento es un maestro por el que debemos pasar. Nos hemos desconectado voluntariamente de la vivencia de la muerte y debemos reaprender a convivir con ella. Porque la muerte forma parte de la vida. Porque la única certeza que podemos tener en la vida es la muerte. Porque nuestros padres van a morir. Porque nosotros vamos a morir. Porque nuestros hijos van a morir. Porque todos los seres humanos vamos a acabar encontrándonos con la muerte en algún momento. Y si de verdad queremos reaprender a convivir de forma natural con la muerte lo primero que debemos hacer es hablar sobre ella sin miedo y con toda sinceridad.


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