16 de septiembre de 2018

[Literatura] Harry Potter y el cáliz de fuego, o cómo crear un monstruo


Si Harry Potter y la Piedra Filosofal era poco más que un cuento para niños que se podía leer en un par de tardes, Harry Potter y la Cámara Secreta fue el refinamiento de la propuesta inicial de J. K. Rowling, mucho más cuidada en sus aspectos narrativos y estilísticos. Harry Potter y el prisionero de Azkaban, por su parte, empezaba a insinuar una ambición que iba mucho más allá de un mero relato infantil y dicha ambición estalló en toda su desmesura en la cuarta entrega de la saga: Harry Potter y el cáliz de fuego. Durante el tercer libro tuve la impresión de que la autora primaba la construcción de su mundo de fantasía por encima incluso del desarrollo de algunos personajes considerados protagonistas y esa impresión ha quedado confirmada con la lectura de esta cuarta parte de la saga del niño mago. En poco más de cuatro libros, el tono de la historia ha pasado de ser un simple e inocente divertimento a aspirar a convertirse en narrativa épica con todas las de la ley. En efecto, las simples aventurillas mágicas han ido dejando paso a una auténtica guerra entre el bien y el mal que se dibuja en el horizonte. Hay que reconocer que se trata de un cambio de enfoque impactante dentro de este tipo de literatura.

Imagino que el efecto se acentúa al leer los libros uno a continuación del otro (tal y como estoy haciendo yo en estos momentos) en lugar de haber seguido el ritmo de publicación original. Se suele hablar con frecuencia de que el personaje de Harry Potter fue creciendo a medida que lo hacían sus lectores, aunque quizá sería más apropiado decir que fueron los lectores los que fueron creciendo a medida que la autora que había detrás de Harry iba desarrollando su propuesta y mejorando sus habilidades. Aún así, la primera entrega se publicó en 1997 y la cuarta en 2000. Este es un cambio muy pronunciado para haberse producido en un intervalo de tan solo tres años y, por lo que he podido comprobar tras empezar el siguiente libro, está marcando el camino a seguir por la saga de ese punto en adelante. Por supuesto que es lógico que la madurez del personaje se vaya produciendo a medida que la propia autora va madurando como escritora, pero no estoy refiriéndome a un simple cambio en la manera de tratar al protagonista, sino más bien al enfoque global con el que se abordan los libros. Si el primero era un cuento humilde con bastantes carencias, el cuarto es un auténtico monstruo con una extensión ocho o nueve veces mayor y con un interés casi obsesivo en referenciar continuamente a los anteriores para potenciar la sensación de que nos encontramos ante una saga épica en la que todo obedece a un plan premeditado.

Espero que se me permita que ponga en duda la existencia de ese "gran plan" de J. K. Rowling, al menos durante la elaboración de las dos primeras partes de su saga. Dicho plan empieza a intuirse en Harry Potter y el prisionero de Azkaban, pero donde se deja sentir por primera vez con claridad meridiana es en Harry Potter y el cáliz de fuego. Hablamos de un libro gigantesco, casi desmesurado, en el que pasan tantas cosas, aparecen tantos personajes y se tratan tantos temas, que resulta costoso estructurar cualquier reseña. Vayamos por partes.

En primer lugar, la mayor extensión de páginas permite a la autora extenderse a gusto en los eventos previos al inicio de un nuevo curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. De hecho, el segmento dedicado a los mundiales de quidditch abarca una considerable cantidad de páginas que se antojan un tanto gratuitas... hasta que sucede cierto evento que se convierte en el primer gran misterio de esta nueva aventura: ¿quién invocó la Marca Tenebrosa en el cielo? Es una pena que el quidditch solo tenga relevancia en esta primera parte del libro, ya que en este cuarto año se suspende el campeonato de quidditch de Hogwarts con motivo de la celebración del Torneo de los Tres Magos. No esperaba echar de menos los momentos dedicados al ficticio deporte, tan comunes en anteriores entregas. Parece que al final yo también he acabado aficionándome.

Imagino que la escritora no quería repetir el mismo esquema de los tres libros anteriores, consistente en que un evento maligno (el intento de robo de la Piedra Filosofal, la apertura de la Cámara Secreta o la fuga de un peligroso criminal de la prisión de Azkaban, respectivamente) interrumpía la normalidad del curso de la famosa escuela de magia. En su lugar, su siguiente propuesta pasó por la llegada de... un evento benigno (el Torneo de los Tres Magos, en este caso) que interrumpe la normalidad del curso. Si bien el recurso no es original ni tampoco narrativamente brillante, su desarrollo es lo bastante atractivo como para capturar el interés del lector más escéptico. A raíz del mencionado torneo se van hilando otras tramas paralelas de forma bastante habilidosa y todas se entrelazan de forma casi perfecta al final. Solo hay una subtrama que no parece conducir a ninguna parte y que se antoja gratuita, pobremente justificada y surgida de ninguna parte: el repentino interés de Hermione por el bienestar de los elfos domésticos. La relación de esta subtrama de la señorita Granger y su P.E.D.D.O. (Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros) con la trama principal es anecdótica en el mejor de los casos y no acaba llegando a ninguna conclusión. Es de suponer que volverá de alguna forma en siguientes entregas, ya que aquí no aporta gran cosa. Me cuesta ver a dónde puede conducir, desde luego.

Este cuarto libro arranca con una ominosa escena en la que el maligno Voldemort va recobrando fuerzas gracias a la ayuda de Colagusano, personaje presentado en Harry Potter y el prisionero de Azkaban. De forma muy efectiva, se crea una sensación de amenaza que está presente durante todo el argumento aunque no hace acto de presencia hasta su conclusión. Así, el final del Torneo de los Tres Magos coincide con el regreso del villano, la resolución del misterio sobre quién invocó la Marca Tenebrosa y la confirmación de las sospechas sobre las verdaderas lealtades de algunos personajes (tales como Lucius Malfoy o Severus Snape). En en ese segmento final en donde más se evidencia el "gran plan" de J. K. Rowling, que incluso dejar caer algunos nombres de personajes que tendrán un papel importante en posteriores entregas. Llegados a este punto, creo que la autora ya sabía a dónde quería conducir su historia. Las tiernas andanzas del ingenuo niño mago están a punto de convertirse en una guerra atroz entre el bien y el mal y yo, personalmente, no estoy seguro de preferir este enfoque a la ingenuidad infantil con la que se abrió la saga. De momento, al menos.

Un aspecto que sí que me ha parecido muy disfrutable de este libro es la entrada de los personajes en la pubertad. Aunque no se aborda de forma explícita, su comportamiento delata que las hormonas empiezan a agitarse en el interior de Harry, Ron y Hermione. Nuestros protagonistas han entrado en la época de los primeros amores y desamores, lo que añade una capa muy interesante en lo que a sus interacciones se refiere. Que las dinámicas que se forman entre ellos sean tan evidentes (el continuo tira y afloja entre Ron y Hermione, la atracción de Harry hacia Cho Chang, los celos de Harry hacia Cedric Diggory...) no impide su disfrute ni mucho menos. Si algo es sin duda positivo del paso de un relato infantil a una novela adolescente es el añadido que suponen los exagerados dramas emocionales tan propios de esa época de la vida. Esto incluso se refleja en el lenguaje de los personajes, que si mal no recuerdo pronuncian por primera vez en la saga la palabra "mierda". Supongo que eso es lo más próximo que puede estar un perfecto niño británico de entrar en la etapa rebelde de los inicios de la adolescencia.

La justificación para este revuelo hormonal no es otra que traerse a unos cuantos alumnos de otras escuelas de magia con motivo del Torneo de los Tres Magos. Así entran en la historia los estudiantes del Instituto Durmstrang y la Academia Beauxbatons, de las cuales los únicos que tienen auténtica relevancia son Viktor Krum de Durmstrang y Fleur Delacour de Beauxbatons. Ambos son los campeones que representan a sus respectivas escuelas en el torneo, mientras que el campeón de Hogwarts acaba siendo Cedric Diggory, un personaje recuperado del anterior libro cuya mayor obra es hacerle ganado un partido de quidditch a Harry y al resto del equipo de Gryffindor. Es importante destacar que ganó un único partido y no la copa, que ese año se llevó Gryffindor, por lo que resulta un tanto complicado creer que sea un auténtico rival para nuestro protagonista. Es más, la rivalidad entre ellos es más enconada en el terreno afectivo que en el propio Torneo, ya que Cedric se convierte en pareja de Cho Chang, la única chica por la que Harry se ha sentido atraído hasta el momento. Como era de esperar, Harry también acaba participando en el Torneo de los Tres Magos pese a todas las medidas de control que en teoría impedían a los alumnos más jóvenes postularse para la competición (he aquí otro de los misterios de esta entrega de la saga). De esta forma, el desarrollo de las tres pruebas del torneo es una de las grandes tramas del libro.

Para la llegada de la tercera prueba, el ritmo de la narración se ha acelerado tanto que dicha prueba se convierte en un auténtico carrusel de sorpresas que acaba desembocando en el esperado regreso de Voldemort. Es justo en ese momento cuando la autora vuelve a mostrar, en mi opinión, cierta torpeza al abusar de la excesiva exposición de la que ya hizo gala en Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Si en el tercer libro había dos capítulos en los que los personajes no hacían nada más que hablar entre ellos mientras iban atando cabos y resolviendo los misterios planteados, en Harry Potter y el cáliz de fuego hay un total de tres capítulos de exposición pura y dura. No contenta con dedicar un capítulo a atar cabos, la autora dedica dos más, cortando el perfecto ritmo que había logrado para la conclusión de su libro y convirtiendo el tramo final en una sobredosis de información. Por supuesto, parte de esa exposición es conveniente y puede que hasta imprescindible, pero el resto incluso un niño la puede deducir por sí mismo. Una vez más, J. K. Rowling parece confiar poco en las capacidades de sus lectores y les ofrece todos los datos que necesitan saber bien masticaditos. La escasa información que no termina de explicar es porque se la reserva descaradamente para más adelante y eso se nota. Este es quizá el punto en el que más choco con la escritora y lo llevo haciendo desde Harry Potter y la Piedra Filosofal. Algo me dice que seguiré chocando exactamente en lo mismo hasta la última entrega. Tantísima exposición es más propia de una novela negra en la que deben explicarse todos los detalles del crimen, por nimios que sean, pero en una historia de fantasía chirría demasiado. Seguro que había mejores formas de atar cabos.

También es cierto que la exagerada ampliación del trasfondo y la aparición de tantísimos personajes nuevos requiere algo más de exposición, aunque desde luego no justifica esos tres capítulos tan seguidos en los que hasta tres personajes distintos narran mediante sus diálogos lo sucedido para aclarar el misterio. Decía que la autora da rienda suelta a su ambición en este libro y eso supone un buen montón de personajes nuevos y toneladas de trasfondo para sus creaciones. Entre tantos rostros nuevos, personajes que parecían tener cierta relevancia como Ginny Weasley o Remus Lupin son apenas mencionados o directamente ignorados. El desarrollo de personajes que realiza J. K. Rowling está subordinado a ciertos altibajos: a veces dedica un libro entero a presentar a un personaje con todo detalle y luego se olvida de él durante toda la entrega siguiente sin ninguna razón en particular.

Una de las incorporaciones más destacas de esta entrega es Alastor "Ojoloco" Moddy, el nuevo ocupante del gafado puesto de profesor de Defensa contra las Artes Oscuras. Si bien Remus Lupin ya había demostrado ser un buen maestro de dicha disciplina, Ojoloco llega incluso a superar a su predecesor... aunque lo hace mediante unas clases muy poco ortodoxas que además suponen bastante sufrimiento para sus alumnos. Se trata de un personaje de lo más interesante y le sobra carisma para competir con Lupin o con Gilderoy Lockhart, los anteriores profesores de Defensa contra las Artes Oscuras (y a, título personal, los personajes que más me han gustado hasta el momento). No obstante, cierta revelación final lleva al lector a replantearse todo lo que sabía sobre Ojoloco. Es una buena jugada por parte de Rowling de la que no daré muchos detalles para no estropear ninguna sorpresa a quien no conozcan el libro o su adaptación al cine.

En cuanto al trío protagonista, Harry Potter y el cáliz de fuego parece empeñado en demostrar lo falibles que son nuestros tres héroes. Harry se comporta en más de una ocasión como un niño inmaduro y celoso, en especial en lo referente a Cedric y Cho. Ron y Harry pasan buena parte del libro sin hablarse a causa de una pelea bastante estúpida. Finalmente, la pareja formada por Ron y Hermione (me referiré a ellos como pareja aunque en este punto de la historia aún no lo sean de forma oficial) también tiene sus roces. Quizá sea a causa de las traviesas hormonas, que hacen que todo parezca más intenso de lo que es en realidad, pero me encanta ver que los personajes son imperfectos o incluso inmaduros. Leyendo más de una escena me he quedado con ganas de darle un capón a Harry para ver si dejaba de comportarse como un niñato, pero así es como son las personas reales en muchas ocasiones: desagradables, inmaduras, estúpidas, irascibles... en definitiva, imperfectas.

No deja de sorprenderme que se haya establecido una relación de confianza tan pronunciada entre Harry y un personaje como Sirius Black, con el que apenas se ha encontrado en dos o tres ocasiones. La justificación argumental me parece cogida con pinzas, a lo sumo. Para que una relación así sea creíble es necesario permitir que los personajes tengan tiempo para conocerse y llevar a cabo actividades juntos, cosa que Harry y Sirius no han tenido ocasión de hacer: toda su relación se basa en dos encuentros apresurados y unas cuantas cartas enviadas por lechuzas. Tampoco deja de sorprenderme lo plano y ridículo que resulta Severus Snape en cada una de sus apariciones. Imagino que algo debe tener el personaje para resultarle tan atractivo a los lectores, pero en los cuatro primeros libros no ha hecho más que comportarse de forma tan prepotente que roza el ridículo. Veremos qué sucede con él en siguientes entregas, ahora que las cosas se han puesto tan interesantes.

Lo que desde luego me parece muy conseguido en el último tramo de Harry Potter y el cáliz de fuego es la sensación de que ya nada puede volver a ser normal. Ya no son sólo las consecuencias que tiene el regreso de Voldemort tanto para nuestro protagonista como para el resto de personajes, sino la manera en la que se refleja el shock emocional de lo sucedido y las diferentes maneras de afrontarlo. Algunos personajes quedan tan impactados que no saben cómo actuar, otros optan por negar completamente lo sucedido y unos pocos deciden que ha llegado el momento de actuar con convicción, poniendo en marcha acontecimientos que se revelarán en Harry Potter y la Orden del Fénix. Al menos en lo que se refiere a la manera que tiene Harry de afrontar el mundo, este libro supone un punto y aparte. Hasta entonces sus aventuras mágicas podían ser peligrosas, pero siempre estaban exentas de consecuencias, tanto para él como para sus amigos. Ahora Harry ha aprendido que nadie está realmente a salvo y que su propia vida está en juego. El joven aprendiz de mago ya ha presenciado una muerte y me juego lo que sea a que no será la última ni mucho menos. Por lo poco que he podido leer hasta ahora de Harry Potter y la Orden del Fénix, Harry parece sufrir algo parecido a un trastorno de estrés postraumático tras lo sucedido aquí. Esto no sólo me parece de lo más adecuado, sino que multiplica mi interés por proseguir con la lectura de la saga.

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26 de agosto de 2018

[Literatura] Harry Potter y el prisionero de Azkaban, trasfondo desmedido


Si Harry Potter y la Piedra Filosofal fue una presentación un tanto dubitativa cuya fama excedió a sus méritos reales, Harry Potter y la Cámara Secreta supuso la confirmación de que había auténtico talento detrás de la propuesta inicial de la autora. La tercera entrega, Harry Potter y el prisionero de Azkaban vino a desarrollar aún más los puntos fuertes de la anterior, a expandir la mitología que se había creado en torno a sus personajes y a consagrar a la saga del joven aprendiz de mago, ya convertida en un incipiente fenómeno. Eso no quiere decir que este libro carezca de aspectos discutibles, ya que, por ejemplo, la trama no se resuelve de una forma tan redonda como lo hace la del segundo libro ni el peso de sus diferentes elementos está tan bien equilibrado, pero desde luego se trata de una lectura amena y absorbente que sigue construyendo sobre los cimientos plantados en los anteriores y dando lugar a un universo rico, en constante expansión y con una personalidad cada vez más marcada.

Puestos a comentar los nuevos elementos que aporta esta entrega, me quedo con el personaje de Remus Lupin, el nuevo ocupante del gafado puesto de profesor de Defensa contra las Artes Oscuras. Como de costumbre, se trata de un personaje que oculta algún que otro secreto y que sabe más sobre nuestro protagonista de lo que deja entrever en un primer momento. J. K. Rowling lo describe como un hombre desgarbado, delgaducho y con apariencia débil que viste con ropas remendadas, lo cual contrasta con su talento como maestro. Como los propios personajes no dejan de comentar, Lupin es el primer profesor de Defensa contra las Artes Oscuras que realmente les enseña Defensa contra las Artes Oscuras. Esto es algo que queda patente en la narración, que cede cierta importancia a las clases del nuevo maestro (en especial a los ejercicios prácticos con el boggart), aunque esto tampoco es especialmente meritorio, ya que en los libros anteriores las clases habían tenido un papel tan nimio que casi pasaron desapercibidas. Sabíamos que Harry, Hermione y Ron acudieron a un montón de clases, pero la narración nunca se había centrado en ellas más allá de contar alguna anécdota puntual. Quizá por eso las clases de Lupin resultan tan memorables, porque en ellas se transmite al lector que los personajes están aprendiendo cosas útiles que además van poniendo en práctica a medida que progresa la narración. En efecto, así es como se transmite el aprendizaje que experimentan los personajes. Por primera vez, las clases tienen un impacto tangible sobre las aventuras de los personajes y no son la mera excusa para que dichas aventuras se pongan en marcha. Le ha costado tres libros, pero al fin el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería me ha parecido una auténtica escuela.

Lupin también me ha resultado interesante por su conexión con Harry... o más concretamente con el pasado de Harry. La apuesta de la autora es un arma de doble filo muy peligrosa, ya que quiso presentar un nuevo misterio que sirviese para conocer más sobre el trasfondo de Harry... pero ese misterio implicaba a tantos personajes secundarios y se adentra tanto en su pasado que a veces da la sensación de que nuestro protagonista tiene un peso menor dentro de la trama. Si el personaje de Lupin, que es el responsable de vehicular ese misterio no funcionase de cara al lector, habría sido un desastre. No obstante, funciona estupendamente bien. Es más, creo que la relación que se establece entre Harry y Lupin en este libro es muy beneficiosa para caracterizar mejor al protagonista, que empieza a dar rienda suelta a su complejo mundo interior, en el que conviven emociones ambivalentes: amor y rabia, orgullo y tristeza... Puesto que la figura paternal para Harry es sin duda Dumbledore, Lupin viene a ejercer un papel cercano al de hermano mayor. La trama lleva a un pequeño choque entre ambos, pero eso acaba reforzando su vínculo y aumentado su verosimilitud.

Pero volviendo a lo que decía de que el papel de Lupin me parece un arma de doble filo, quisiera explicar esta afirmación con más detenimiento. La presencia del nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras acaba trayendo consigo la historia de sus compañeros de clase en Hogwarts, lo cual es a su vez la solución al misterio de esta entrega: la huida de Sirius Black de la prisión de Azkaban. Por muy interesante que me haya parecido el trasfondo del personaje, me ha quedado cierta sensación de insatisfacción con el clímax. Es tan compleja la trama entre Lupin y Black que para desvelarla la autora requiere casi dos capítulos completos (los que se desarrollan en la Casa de los Gritos) de exposición pura y dura. Tratándose de un libro de aventuras juveniles, no creo que optar por un clímax consistente en un montón de personajes contando historias sobre el pasado sea la mejor opción. Si bien el clímax de Harry Potter y la Cámara Secreta también tenía su dosis de exposición respecto al diario de Tom Ryddle, la cantidad era mucho menor y no le robaba espacio a la batalla contra el basilisco, esto es, a la acción. En cambio, Harry Potter y el prisionero de Azkaban dedica tanto tiempo a exponer la historia del pasado que la propia resolución del libro parece apresurada... y no sólo porque se trate de una carrera en contra del propio tiempo. Se trata de un inconveniente menor, pero que transmite la sensación de que la narración queda algo descompensada; quizá incluso falta de equilibrio interno. Es por cierto la misma sensación que me transmitió la primera entrega de la saga.

No puedo decir gran cosa sobre Sirius Black, porque su aparición es fugaz y no me ha transmitido una impresión destacable. No obstante, imagino que tanto él como Lupin jugarán papeles importantes en posteriores entregas. Por otro lado, Harry Potter y el prisionero de Azkaban supone una inyección de carácter para el trío protagonista. Puede que quien más de beneficie de ello es Hermione, que goza de un par de momentos muy interesantes en este libro en los que empieza a romper ese estereotipo de chica estudiosa, callada y obediente para mostrarse desafiante y combativa. Su desplante a la profesora de Adivinación, por ejemplo, me parece antológico. Por otra parte, Harry, que en libros anteriores me parecía un tanto vacío en tanto que ejercía el rol de recipiente de las proyecciones del lector, también gana en personalidad en esta entrega, demostrando que también tiene una faceta oscura: las críticas de Snape no están del todo faltas de razón, ya que el joven Harry se comporta de una manera que sobrepasa la negligencia en esta historia, poniéndose a sí mismo y a otros en peligro y mostrando una arrogancia que parece impropia de la imagen adorable del personaje que antes tenía. Empiezo a pensar que, más que resultar impropia, es en realidad esa faceta oscura del personaje que ya se ha insinuado en ocasiones anteriores: el Sombrero Seleccionador barajando la posibilidad de enviarlo a Slytherin, el hecho de hablar lengua pársel... Hay algo oscuro en el interior de Harry que a veces sale a la luz de forma sutil y eso hace que el personaje gane en interés. Finalmente, la pelea entre Ron y Hermione sirve para darle más verosimilitud a ambos personajes. Después de todo, nada es más característico de esas edades que una pelea entre amigos que parecen volverse irreconciliables sólo para dejarlo todo olvidado y actuar como si nada hubiera sucedido poco después.

En cuanto al resto de elementos del libro, continúan en su misma tónica pero aumentando en intensidad. El Quidditch sigue siendo emocionante, aunque en este libro se transmite mejor la sensación de competición y se coloca un objetivo en la mente del lector desde el principio (ganar la copa antes de que el capitán de Gryffindor acabe su último año en Hogwarts), por lo que se siente que hay algo de peso en juego en cada partido. Esto aumenta la implicación del lector en los pasajes relacionados con el juego. Por otro lado, Hagrid continúa metiéndose en líos con sus animalitos en este libro, una circunstancia que en esta ocasión está mucho mejor hilada con la trama principal. También es esta tercera entrega la que introduce a los Dementores, personajes con los que Rowling se muestra especialmente hábil: en lugar de centrarse en sus características físicas como cualquier otro estaría tentado de hacer, la escritora ofrece una descripción más bien emocional de estos seres, poniendo el foco sobre el efecto psicológico que producen en las personajes a los que se acercan. De esta forma, sus apariciones siempre resultan impactantes y sugerentes. Más que tratarse de una amenaza física, los Dementores son una amenaza íntima y emocional; una amenaza que ataca los pensamientos felices dejando la tristeza y la pérdida. Tengo que reconocer que la idea de que existan unos seres que se alimenten de la felicidad y las ganas de vivir, dejando a sus víctimas consumidas por la desesperación, si bien no me parece completamente original, sí que me resulta atractiva en grado sumo.

Hay algún que otro detalle que me gustaría comentar extensamente, pero prefiero no entrar en demasiados detalles sobre las sorpresas de la trama. Baste decir que Harry Potter y el prisionero de Azkaban me ha parecido la consagración de los aciertos que encontré en la anterior entrega de la saga. El único temor que tengo respecto a los libros posteriores es que la autora se pierda demasiado en el denso trasfondo que ha preparado para su personaje central y que el foco, que debería estar sobre Harry, Ron y Hermione se desplace demasiado hacia los personajes secundarios o las historias del pasada. No hay que olvidar que tanto los personajes secundarios como el propio trasfondo están ahí para enriquecer a los protagonistas y contribuir a su desarrollo como personajes, no para eclipsar el interés que despiertan en el lector. El momento en que empiece a sentirme más interesado por Lupin o Black, por poner un ejemplo, que por el propio Harry, será el momento en el que la propuesta de la autora empiece a perder efectividad. No obstante, este temor convive con la convicción cada vez más clara de que el universo creado por Rowling ya era lo suficientemente sólido llegados a este punto y que la forma en la que todo empieza a interconectarse cada vez más delata la existencia de un complejo plan ulterior. Sólo la lectura de los siguientes libros puede confirmar o desmentir dicha convicción.

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19 de agosto de 2018

[Literatura] Harry Potter y la Cámara Secreta, un paso de gigante


Harry Potter y la Piedra Filosofal me pareció exactamente lo que es: un obra de una autora con poca experiencia que aún estaba lejos de alcanzar su madurez creativa. Si bien es cierto que en sus páginas se pueden encontrar aciertos notables, incluso los elementos más originales beben de fuentes más o menos conocidas. Además, su clímax se construye de forma un tanto irregular y se desarrolla con tanta brevedad que la conclusión del libro se antoja apresurada e incluso insuficiente. También podría decir que el enfoque claramente infantil de esta primera entrega de la saga no contribuye a que los lectores adultos se adentren en ella con interés. Harry Potter y la Piedra Filosofal es una obra simple y orientada a niños pequeños que queda lejos de poder calificarse como brillante debut. No obstante, me alegra comprobar que J. K. Rowling no tardó mucho en madurar como escritora, porque el segundo libro de su famosa serie supuso en salto gigantesco en cuanto a calidad literaria. Harry Potter y la Cámara Secreta me ha parecido mucho mejor libro en todos los sentidos: construcción de la trama, desarrollo del clímax, caracterización de personajes... todo mejora. Aunque admito que la primera entrega me dejó algo indiferente, la segunda me ha atrapado por completo.

Uno de los factores que sin duda contribuyen a que este libro sea mucho más redondo es su mayor extensión. El número de páginas crece considerablemente respecto a Harry Potter y la Piedra Filosofal y, como consecuencia, la autora puede planificar con cuidado la evolución del misterio en torno al que gira la trama. Mientras que en el primer libro dicho misterio es algo anecdótico que incluso el más joven de los lectores no debería tener problema en deducir por sí mismo, en la segunda entrega es un misterio con todas las de la ley. La información está muy bien dosificada a lo largo del texto y la autora incluso juega a ofrecer pistas que al final se desvelan como medias verdades o directamente como mentiras. En ese sentido, me da la impresión de que Harry Potter y la Cámara Secreta se aleja un tanto de la literatura infantil y aspira a ser una obra orientada al público más juvenil. Con esto quiero decir que se trata de un libro que exige un poco más al lector, lo cual siempre es de agradecer. Aunque sigue teniendo la manía de excederse en las explicaciones para dejarlo todo bien masticadito, parece un libro orientado hacia un lector mucho más activo, capaz de hacer sus propias deducciones y de descubrir que no todos los datos que se le ofrecen encajan bien en la narración... o son demasiado convenientes como para confiar en su validez. La forma en la que se plantea el misterio de la Cámara Secreta y del monstruo que la habita es muy hábil: es sutil y progresiva, está conectada con el trasfondo de los personajes y, además, enriquece el escenario sobre el que se desarrollan los acontecimientos.

La propia forma de escribir de J. K. Rowling evidencia una mejoría en esta entrega. No puedo decir hasta qué punto se debe a la intervención de sus editores, pero desde luego Harry Potter y la Cámara Secreta está mucho más pulido que el anterior libro. Un detalle que me chirrió mucho en la primera incursión de la autora fue la marcada ausencia de descripciones. Pues bien, ese es uno de los primeros aspectos que la autora corrige aquí. Aunque no llegan a ser tan extensas y detalladas como a mí me gustaría, al menos existen descripciones como tales en este segundo libro. Al fin he podido construir una imagen mental de algunos aspectos que antes me parecían demasiado vagos y que fueron solidificándose en mi mente casi sin darme cuenta a medida que avanzaba en la lectura.

No obstante, el punto fuerte de esta entrega quizá sea la caracterización de personajes. Tras haberse quitado de encima la pesada tarea de presentar a sus protagonistas y antagonistas, la autora se dedica en este libro a desarrollarlos y a insuflarles auténtica vida. Es posible que quien más se beneficie de todo esto sea el gran villano, Lord Voldemort, que en el primer libro era poco más que el típico villano de opereta cuya única justificación parecía ser la necesidad de tener un antagonista para Harry. Hay quien piensa que la calidad de una historia se mide por la calidad de sus villanos. En ese sentido, el Voldemort de Harry Potter y la Piedra Filosofal, pese a haber cometido la gran maldad de asesinar a los padres de nuestro protagonista, no era gran cosa. En cambio, el Voldemort de Harry Potter y la Cámara Secreta es un personaje tridimensional, con un justificación para sus acciones y un trasfondo interesante. J. K. Rowling optó por establecer un paralelismo entre el héroe y el villano, haciendo que ambos fuesen huérfanos que encontraron su verdadero lugar en el mundo mágico gracias al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. No se puede decir que sea el recurso más innovador del mundo, pero desde luego es efectivo. Además, al autora juega al despiste con el lector, ya que en principio Voldemort no parece ser el villano en esta ocasión. Sin embargo, cuando nos cuenta la historia de Tom Ryddle a través de su diario, lo que está haciendo en realidad es contextualizar a su villano. Si es cierto que los villanos son la vara con la que se mide la calidad de una historia, entonces está claro que la calidad de Harry Potter y la Cámara Secreta se dispara en comparación con la del arranque de la serie.

Otro aspecto destacado de esta segunda parte es su sentido de la comedia, mucho más marcado y con cierta tendencia a desviarse hacia el humor negro. Se trata de un libro elaborado para el disfrute de los niños, pero teniendo también presentes a los adultos. Destacaría al personaje de Gilderoy Lockhart, un mamarracho encantador y divertidísimo. Más allá de ser un personaje cómico para los jóvenes lectores, los adultos verán en él al estereotipo de cierto tipo de persona desgraciadamente común en el mundo académico o laboral. Junto a los pasajes centrados en Tom Ryddle, la escritora pone lo mejor de sí en los capítulos en los que aparece el narcisista profesor Gilderoy Lockhart. Hay algunos momentos especialmente brillantes en los que la ambientación y el contexto de una escena trabajan juntos para caracterizar al personaje, como las escenas que transcurren en el despacho de Lockhart bajo la atenta mirada de las fotografías de su rostro que reaccionan de distintas formas a lo que sucede.

En cuanto al trío protagonista, me da la impresión de que J. K. Rowling ya tenía muy claro qué pensaba hacer con ellos desde el momento en que empezó a trabajar en este libro. Por ejemplo, la dinámica entre Ron y Hermione sigue a rajatabla ese viejo dicho que afirma que los que se pelean se desean. El personaje de Harry es el que sigue estando algo más vacío en su caracterización, en tanto que no se define tanto por su relación con el resto de personajes como por la relación que ellos tienen con él. Harry sigue siendo en cierta medida un recipiente sobre el que el lector puede proyectar sus propias filias, aunque me sorprendería que esto se mantuviese en las siguientes entregas de la saga. Imagino que la autora colocará el foco sobre el mundo interior de Harry a medida que progresen sus estudios en Hogwarts, porque en Harry Potter y la Cámara Secreta dicho foco no se coloca sobre lo que Harry siente sino sobre lo que los demás personajes sienten hacia él: la descarada fascinación de Ginny Weasley, el cariño paternal del profesor Dumbledore, el desprecio de Draco Malfoy... Las emociones del elenco están claras, mientras que las de Harry se intuyen más que expresarse. Igual este es uno de los motivos por los que es tan popular: porque, al menos en gran parte, Harry es el lector y el lector es Harry.

Ya que lo he mencionado, diría que otro de los antagonistas, en esta caso el insufrible Draco Malfoy, también gana bastantes puntos en esta entrega. Una vez más, que se aporte el trasfondo que ofrece su padre, Lucius Malfoy, así como los orígenes de Slytherin y la filosofía racista del fundador de la casa, que despreciaba a todos aquellos magos que no fuesen de sangre pura, ayuda a que la caracterización del personaje resulte mucho más saliente y memorable. Este pequeño y mezquino mequetrefe tiene un papel más destacado en este segundo libro y sus intentos por hacer quedar mal a Harry evidencian la envidia que siente hacia él, así como su inseguridad y su temor a ser superado por el objeto de sus burlas. Para cuando termina el segundo curso en Hogwarts, Harry ha abierto la Cámara Secreta, ha vencido al basilisco, ha salvado la vida de Ginny y ha vuelto a derrotar a Voldemort. En cuanto a Draco, su mayor hazaña hasta entonces consiste en entrar en el equipo de quidditch de Slytherin gracias al dinero de su padre. Tan evidente es su problema de autoestima que casi resulta adorable. Casi.

Respecto a lo demás, continúan las líneas maestras que se establecieron en Harry Potter y la Piedra Filosofal: continúa el quidditch (ahora más personal gracias a la incorporación de Draco al equipo de Slytherin en la misma posición que Harry), el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras continúa gafado y Neville Longbottom sigue siendo igual de torpe (¡o puede que incluso más!). Con los nuevos alumnos de primer año que se suman a la lista de personajes secundarios, en alguna que otra ocasión conviene echar un vistazo a la Wikipedia para seguirle la pista a tanto nombre, pero este sigue siendo un libro ameno, sencillo y fácil de leer. Creo que he tardado menos tiempo en leerlo que el anterior, pese a tener casi el doble de extensión. Ese hecho transmite mejor mi impresión sobre Harry Potter y la Cámara Secreta que cualquier reseña que pueda elaborar. Es más, en el momento de escribir estas líneas ya llevo buena parte del siguiente libro leída. Para mi sorpresa, estoy empezando a entender qué tiene esta historia de especial para haber encandilado a tanta gente.

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5 de agosto de 2018

[Literatura] Harry Potter y la Piedra Filosofal, (no tan) buena literatura para niños


Al contrario de lo que pueda parecer, escribir un libro para niños no es una tarea sencilla. No basta con inventar cualquier historia fantástica y narrarla usando oraciones simples. De hecho, es necesario conocer en profundidad al público al que va a ir dirigida la obra y eso implica tener ciertos conocimientos sobre el desarrollo de las capacidades cognitivas de los niños a determinadas edades. No se debería escribir igual una historia dirigida a niños de siete años que otra dirigida a niños de doce o trece, ya que se encuentran en etapas diferentes de su desarrollo. No sé hasta qué punto es habitual que los escritores de literatura infantil se planteen esta cuestión. Quizá sea una tarea reservada a los editores, no lo sé. En cualquier caso, en las escasas ocasiones en las que he tenido la oportunidad de escribir un relato dirigido a niños esta ha sido una cuestión que me rondaba siempre por la cabeza. Como si la escritura no fuese lo suficientemente compleja por sí misma, imagina tener que llevarla a cabo mientras te planteas si tus posibles lectores han alcanzado ya la etapa de las operaciones formales que planteaba Piaget.

Lo cierto es que me gusta la literatura infantil y juvenil; no sólo como persona interesada en la escritura sino también como lector. Me fascinan las historias ambientadas en esa etapa de la vida; las historia del paso de la infancia y adolescencia a la madurez. En especial, me gustan las historias protagonizadas por niños cuando están contadas pensando en los niños, es decir, las historias que se dirigen a los lectores infantiles que pueden identificarse con esas vivencias por ser muy similares a las que se encuentran en su día a día, en su propio camino hacia la madurez. Esas historias tienen mucho poder y pueden contribuir al desarrollo personal en este periodo sensible de la vida de una forma que con frecuencia se subestima. Historias como la de Harry Potter, el célebre niño mago que ha sido un icono importantísimo en la vida de tantos y tantos jóvenes lectores.

Debo confesar que mi conocimiento sobre este personaje era más bien escaso y no iba más allá de las dos o tres películas que he visto. El momento de mayor popularidad de sus libros me pilló demasiado mayor como para interesarme. De hecho, el niño mago llegó demasiado tarde para mí: mis años de infancia y adolescencia estuvieron repletos de lecturas de la Dragonlance o de los Reinos Olvidados,  había pasado años creando mis propias historias sobre magia y misterio en mis partidas de Vampiro: La Mascarada, Los Libros de la Magia de Neil Gaiman estaban entre mis cómics favoritos... ¿Qué habría podido ofrecerme el personaje de J. K. Rowling que no hubiese visto ya mil veces mejor? Lo irónico es que con el paso del tiempo, ya bien entrado en la edad adulta y por unas circunstancias laborales que ahora no vienen al caso, he acabado interesándome por las historias de Harry Potter y he empezado a leer sus libros. Por una parte es un interesante ejercicio de aprendizaje, ya que cuando te interesa aprender a escribir nunca está de más analizar la forma en la que está escrito uno de los libros infantiles más populares de las últimas décadas. Por otra, es una forma de saciar mi curiosidad respecto a la siguiente pregunta: ¿qué tienen de especial estos libros? 

Ya conocía la historia de cómo se fraguó el personaje, con la escritora viviendo un mal momento personal y viendo cómo su manuscrito era rechazado en varias editoriales. No sé hasta qué punto esa circunstancia se ha exagerado intencionalmente con el objetivo de mitificar a Rowling o de contribuir al marketing de su obra. En cambio, sí que puedo decir que las similitudes entre el protagonista de Los Libros de la Magia, Tim Hunter, y Harry Potter siempre me parecieron demasiado exageradas como para negar que el personaje de Gaiman, anterior en el tiempo, no influyese de ninguna forma a la escritora. Leído al fin el primer libro, dicha influencia me parece aún más incuestionable. No obstante, no he querido dejar que mi lectura se dejase influir por una predisposición negativa. El hecho de dejarse llevar por el rechazo automático hacia cualquier producto de éxito no suele ser una buena estrategia para abordar un comentario.

Lo curioso es que ese rechazo inicial me duró más bien poco. Concluida la lectura de Harry Potter y la Piedra Filosofal, puedo decir que he disfrutado bastante del trabajo de Rowling... aunque sus destrezas como escritora no me parecen muy desarrolladas en este primer libro. Tratándose de una obra infantil, esperaba una mayor consideración hacia los pequeños lectores y lo que me he encontrado es una historia que plantea un misterio cuya resolución está escrita ya en el propio título. No puedo poner en duda la original ambientación y la construcción del universo en el que se mueven los personajes, pues en esos aspectos se puede detectar una enorme cantidad de tiempo y trabajo. El argumento de este primer libro, por muy simple que sea, se sustenta sobre unas bases sólidas: ya hay construido un mundo con una mitología muy particular y los acontecimientos que se narran aquí encajan estupendamente con dicho mundo y dicha mitología. Sin embargo, el argumento deja poco espacio para la especulación pese a plantear una incógnita muy clara desde sus primeros compases. La información que ofrece está demasiado masticada y, por tanto, no es necesario ser especialmente despierto como para darse cuenta de los trucos de la autora. Insisto en lo que mencionaba al principio: es importante tener en cuenta a tu público cuando escribes literatura infantil. Por pequeños que sean, los niños no son tontos. Estoy convencido de que cualquier niño es capaz de percibir que ese personaje que se presenta como malvado con tanta intensidad en realidad no lo es tanto, de la misma forma que recuerda que ese otro personaje sobre el que nuestros protagonistas buscan información tan desesperadamente se mencionó unos cuantos capítulos atrás de forma casual. En ese sentido, creo que Rowling comete ese error tan frecuente que consiste en valorar las capacidades de sus lectores muy por debajo de la realidad.

Sorprendentemente, la escritora hace justo lo contrario en lo que se refiere a la capacidad de los lectores infantiles para interpretar estados emocionales complejos. Cualquiera que haya tratado con niños sabe que hablar sobre emociones con ellos es una labor muy difícil, sobre todo en estos tiempos en los que la educación emocional brilla por su ausencia tanto en hogares como en escuelas. Sin embargo, Rowling se esfuerza por describir con detalle los estados emocionales de sus personajes principales... y no siempre se trata de emociones básicas como la alegría o la tristeza. En muchas ocasiones, los protagonistas experimentan emociones ambivalentes (es decir, una mezcla de emociones positivas y negativas). En un capítulo hay varias escenas con cierto espejo mágico en las que la autora incluso plantea el tema de la dependencia emocional... rozando incluso la adicción física. No se trata de un tema fácilmente asimilable por los niños, pero para estas cuestiones Rowling sí que confía en su capacidad de comprensión, lo cual me parece admirable. Es posible que este sea uno de los motivos de su éxito, me atrevería a decir. El mundo emocional de los personajes rivaliza en riqueza de detalles con el mundo mágico en el que transcurren sus andanzas.

En cuanto a otros aspectos técnicos, pienso que Harry Potter y la Piedra Filosofal tiene ciertos problemas de ritmo. Es un libro muy corto y quizá por eso el ritmo desigual se percibe con más claridad. Mientras que entiendo perfectamente que los capítulos de introducción (es decir, los que se encuentran antes del punto de giro en el que el joven Harry descubre que en realidad es un mago y no un muggle) deban desarrollarse con lentitud para presentar al protagonista principal, no puedo decir lo mismo sobre el lento desarrollo de ciertos episodios que no parecen estar relacionados con la trama principal más que de forma tangencial. El único motivo que se me ocurre es para darle una mayor presencia a ese mundo mágico ideado por Rowling, ya que después de todo ofrece una buena cantidad de ganchos con los que conectar con el lector: el vuelo en escoba, el Quidditch, la rivalidad entre las casas... No obstante, esto repercute en una conclusión bastante apresurada que no ofrece mucho margen para que el lector pueda digerir todos los acontecimientos de los que ha sido testigo apenas unas páginas atrás. Quizá parezca una tontería mencionar el ritmo de un libro tan corto, pero precisamente por ser tan corto es de especial importancia controlar la velocidad de la narración y los espacios que es necesario permitirle al lector para que asimile los momentos clave. De lo contrario, corres el riesgo de perderte en lo irrelevante y quedarte corto en lo importante. Personalmente, la conclusión de este libro se me hizo muy escasa.

Escasas son también las descripciones físicas que ofrece la escritora a lo largo de Harry Potter y la Piedra Filosofal. Incluso las de los personajes principales se saldan con unas pocas líneas. Entiendo que esto es algo intencional, con el objetivo de no limitar a sus creaciones y facilitar que cualquier tipo de lector se pueda identificar con ellos. Sin embargo, esas parcas descripciones también son las que se emplean para las criaturas, objetos y localizaciones que aparecen en la historia. Evidentemente, no se le puede exigir a Rowling la cantidad de detalle que ponía por ejemplo Tolkien en sus descripciones, pero un mínimo es necesario para dirigir a los lectores mientras se dibujan una imagen mental. En ese sentido, me ha sorprendido comprobar que buena parte de lo que yo consideraba una seña de identidad de la estética de Harry Potter proviene más de las películas que de esta primera entrega de la saga literaria. Juzgando sólo las descripciones de la autora, el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería bien podría ser un castillo genérico, Ron Weasley podría ser cualquier niño pelirrojo, Hermione Granger podría ser literalmente cualquier niña del mundo y bastan una cicatriz en forma de relámpago y unas gafas gruesas para crear a nuestro propio Harry Potter.

Tengo entendido que la autora mejoró ostensiblemente mientras abordaba las siguientes entregas de la saga, lo cual hace que tenga un especial interés por continuarla. De igual forma, he escuchado que los siguientes libros fueron ganando en complejidad a medida que su público iba creciendo con ellos. No se puede reproducir esa experiencia siendo adulto, claro está, pero me interesa ver cómo progresan los próximos libros en este aspecto. Me planteé esta lectura como una forma de descubrir qué es lo que hacía tan especial a las historias de Harry Potter y para ser sincero tengo que admitir que no he llegado a verlo en la primera entrega... aunque creo que puedo intuirlo. Es evidente que se trata de una propuesta cargada de imaginación (si bien se podría discutir hasta qué punto es original), pero no parece ser ese el motivo que la hace especial. Es obvio que la autora elaboró un amplio trasfondo sobre el que sustentar su universo de ficción, pero hay cientos de obras con universos igual de interesantes o incluso aún más atractivos. Creo que la clave está más bien en la forma en la que plasma la vida interior de los personajes, su vida emocional. Ese puede ser el motivo por el que la conexión de los lectores con estos personajes sea tan fuerte.

Me he deleitado descubrir que Harry, Ron y Hermione no son unos personajes tan azucarados como sus contrapartidas cinematográficas me habían hecho creer. La dinámica entre ellos es bastante creíble y no dista mucho de la que puede establecerse entre un grupo de niños. La amistad no surge de la nada, sino que al principio son un tanto bordes entre ellos (Harry y Ron forman un claro bando opuesto a Hermione). Más tarde, cuando dicha amistad se está consolidando, las dudas e inseguridades aparecen de vez en cuando. En ese punto su relación es fluida y cambiante; está en pleno periodo de gestación. Para cuando llega el final, después de todo lo vivido por el trío de personajes, el vínculo entre ellos está más que construido en el aspecto emocional. Será interesante ver cómo evoluciona en los siguientes libros, en especial cuando los tres alcancen la adolescencia y entren en juego las revoltosas hormonas.

En definitiva, me cuesta decir que Harry Potter y la Piedra Filosofal sea un ejemplo de buena literatura para niños, pero está claro que en su interior se encuentra la materia prima suficiente como para que las entregas posteriores de la saga lo fuesen. No es el mejor libro para niños que he leído, pero desde luego está lejos de ser uno de los peores. Cualquier persona interesada en la escritura debería echarle un ojo aunque sólo sea para aprender tanto de los puntos fuertes de la obra inaugural de la hoy exitosa franquicia de Harry Potter... como de sus puntos débiles. Algo me dice que la primera persona que aprendió de esos puntos débiles fue la propia Rowling.

1 de febrero de 2018

[Cómic] Lazaretto, cuarentena en el campus


Recientemente finalizada, Lazaretto es una miniserie de cinco números publicada por BOOM! Studios que ofrece una visión muy poco halagüeña sobre un periodo vital que con frecuencia suele edulcorarse demasiado: los alegres años universitarios. La cultura popular americana profesa una fascinación especial por esa etapa y ha construido innumerables historias a su alrededor, desde las más sesudas que se centran en reflejar el crecimiento personal que se experimenta durante ese tiempo hasta las más simplonas que meramente tratan de capturar el desfase y los excesos de las juergas universitarias. Por supuesto, también son muchas las propuestas pasadas por el filtro de género que se aproximan al terror en todas sus formas, en las que los jóvenes universitarios son acosados por variopintas amenazas que ponen patas arriba lo que de otra forma serían los mejores años de su vida. Lazaretto tiene mucho de terror y casi se podría enmarcar dentro del subgénero zombi, aunque tras su historia de epidemias, cuarentenas y masacres se oculta un mensaje muy sutil sobre los presiones sociales a las que se ven sometidos los recién llegados a la universidad y sobre las transformaciones que experimentan para poder encajar en su nuevo entorno. Esconde, por tanto, una visión crítica sobre esos alegres años universitarios que tanto celebra la cultura popular y lo hace poniendo el foco sobre aquellos que no encajan bien en esa comunidad con la que se supone que deben socializar: los que no logran integrarse, los rechazados, los marginados.

Lazaretto parte de una idea original de Clay McLeod Chapman, que también se encarga del guión. Este autor tiene varias obras relacionadas con el terror y lo macabro en su haber, incluyendo relatos breves (Nothing Untoward, Rest Area) y novelas (Miss Corpus). En el mundo del cómic su nombre ha aparecido en títulos como Edge of Spider-Verse y American Vampire. Por otra parte, el encargado de ilustrar la historia es Jey Levang, autor del webcomic HeLL(P) y responsable en gran parte de que Lazaretto resulte un cómic tan desagradable e incómodo como fascinante. Finalmente, la rotulación es de Aditya Bidikar y las portadas del ilustrador argentino Ignacio Valicenti, que ofrece unas cubiertas con unos interesantes contrastes entre los personajes que aparecen en ellas y el color de los fondos.


Entrando en el argumento, Lazaretto comienza con el arranque de un nuevo curso en la Universidad Yersin y nos lleva a Pascal, uno de los dormitorios/residencias de estudiantes. Allí nos encontramos con nuestros protagonistas, dos novatos que acaban de dejar la casa familiar por primera vez para trasladarse al campus. El primero de ellos es Charles, un muchacho afroamericano que parece tener una relación bastante tensa con su padre. A continuación tenemos a Tamara, una chica que proviene de una familia religiosa y que acaba de perder a su madre a causa del cáncer. Desde el primer momento se intuye que ambos se sienten como peces fuera del agua en el ambiente universitario y no encajan en las dinámicas establecidas, aunque entre ellos nace rápidamente la amistad.

Por desgracia, su ingreso en el campus coincide con un agresivo brote del virus H3N8, que produce una enfermedad conocida como gripe canina. Con el contagio fuera de control, las autoridades sanitarias recluyen a todos los estudiantes infectados en la residencia, que acaba recibiendo el sobrenombre de "colonia de leprosos". Pronto el brote supera los recursos de las unidades de emergencias y se convierte en una epidemia a escala nacional, por lo que los habitantes de esa "colonia de leprosos" dejan de recibir el necesario apoyo del exterior. Como si el hacinamiento y la falta de alimentos y medicinas no fuesen problemas suficientes, los estudiantes veteranos comienzan a abusar de los novatos, instituyendo por la fuerza su propia jerarquía en el edificio. Mientras tanto, la desinhibición de los jóvenes, que aprovechan la circunstancia de estar aislados para montar una juerga regada de alcohol y drogas, se va transformando en algo mucho más siniestro a medida que la infección va sacando a la luz su naturaleza más primitiva, violenta y desquiciada.

 

Conviene aclarar que el virus H3N8 es real y se trata de una variante del virus de la gripe que afecta a perros y caballos. No conlleva ningún riesgo para los humanos e incluso se dispone de una vacuna efectiva contra él. No obstante, el autor del relato es lo bastante astuto como para crear una situación ficticia más o menos plausible en un contexto real, dada la facilidad del virus para mutar en nuevas variantes. Además, es bien sabido que el ser humano puede enfermar por culpa de otras formas del virus presentes en especies animales, como el virus de la gripe aviar (H5N1, H7N9, H9N2) o el de la gripe porcina (H1N1, H3N2). Hace unos años experimentamos una cierta paranoia hacia una posible epidemia de gripe aviar y Lazaretto recurre a esos recuerdos para dibujar ese horrendo escenario en el que nuestras queridas mascotas pueden traspasarnos un virus altamente contagioso capaz de desfigurarnos y de transformarnos en unos monstruos sanguinarios. Como toda buena historia de terror que se precie, su argumento se sustenta sobre una base real que se aprovecha de nuestros temores.

Este no es un cómic apropiado para las personas hipocondríacas, ya que está ideado para resultar desagradable, perturbador y, por qué no decirlo, asqueroso. Eso es algo presente ya en la misma paleta de colores, que emula los tonos verdosos y amarillentos de la bilis y el vómito, cuando no directamente los del rojo de la sangre. Sus páginas están llenas de toses, ojos enrojecidos y esputos sanguinolentos. El alcohol y las drogas se mezclan con los vómitos, la mugre y la sangre, creando una profunda desazón en el lector... aunque sin llegar a lo excesivamente escatológico. Aún así, el uso del color, que en algunos tramos emula la textura de los tejidos infectados, transmite sin cesar la idea de enfermedad y eso produce una inmediata repulsión.

En determinado punto, los infectados por el virus llegan a arrancarse la piel a tiras, adquiriendo un aspecto inhumano y casi demoníaco. Sin embargo, eso no quiere decir que se transformen en monstruos sin cerebro a causa de la gripe canina. Más peligrosa aún que la propia epidemia es la dinámica de poder que se crea en la "colonia de leprosos", en la que uno de los estudiantes veteranos se autoproclama rey y decide dar rienda suelta a todos sus caprichos. Siendo como es poco más que un adolescente con ínfulas, la naturaleza de dichos caprichos es fácil de deducir: sexo y violencia. Algunos le seguirán voluntariamente para conseguir un puesto elevado en la jerarquía, otros lo aceptarán de forma sumisa para ahorrarse problemas y sólo unos pocos se atreverán a desafiar sus órdenes. En cualquier caso, ninguno de ellos saldrá bien parado.

 

En este escenario de pesadilla es en el que se desarrolla la historia de nuestros protagonistas, Charles y Tamara, que tratan de sobrevivir dentro del edificio en cuarentena mientras soportan tanto los abusos de sus mayores como la propia evolución de la enfermedad. La caracterización de ambos personajes está muy lograda, haciendo que sea fácil empatizar con ellos pese a sus distintos orígenes y clases sociales. Sin entrar en demasiado detalle para no estropear sorpresas, la manera en la que ambos afrontan la enfermedad tiene mucho que ver con sus propias idiosincrasias, sus experiencias vitales y sus personalidades. Por tanto, a medida que comienzan a presentar los primeros síntomas que les condenan a acabar como sus compañeros, vamos descubriendo lo que ocultan en su interior. De alguna forma la enfermedad supone una experiencia catártica para ellos, en especial para Charles, que acaba exteriorizando una parte de su propia identidad que antes había reprimido. Por otro lado, entre ellos se producen algunos momentos muy bonitos de genuina amistad que contrastan con el opresivo y aterrador ambiente que rodea y empapa toda la historia. Por eso resultan tan memorables esas escenas emotivas, ya que la visión que ofrece Lazaretto de esos alegres años universitarios que mencionábamos al principio es en general oscura y cínica.

La conclusión de la historia juega con la ambigüedad y no se centra en ofrecer preguntas. Después de todo, esta no es la típica historia sobre epidemias en las que se explica de dónde ha surgido el virus y se encuentra una cura de última hora. Es más, aquí la enfermedad no es más que una excusa para crear un conflicto extremo. Para los autores lo importante es lo que sucede con nuestros dos protagonistas después del clímax emocional del último número, pues sobre ello se sustenta la lectura que hace el cómic respecto a esta etapa vital tan intensa como decisiva... o quizá sería más apropiado decir las lecturas, en plural, pues son varias las interpretaciones que pueden realizarse de esta historia.

Por un lado, la lectura pesimista es innegable, ya que nos encontramos ante un par de personajes frágiles que deben sobrevivir en un entorno hostil y despiadado en grado sumo, tal y como puede ser el mundo universitario en la vida real. Se trata también de personajes con una identidad bien establecida y no están dispuestos a hacer las concesiones que exige el medio, que tiende a homogeneizar y asimilar a los individuos que son diferentes dentro de la masa. La razón, la amistad y la solidaridad tienen todas las de perder en una situación tan extrema como la del confinamiento durante una epidemia. En ese sentido, sería apropiada la comparación con El señor de las moscas, la novela de William Golding, pues Lazaretto también representa el conflicto entre la civilización y la barbarie.

No obstante, también es posible realizar una lectura mucho más optimista: la del triunfo de la individualidad sobre el proceso de socialización imperante en una sociedad enferma y carente de valores. Pese a las horripilantes situaciones por las que pasan, nuestros protagonistas nunca llegan a entrar del todo en la dinámica del resto de estudiantes y, por tanto, nunca llegan a formar parte de esa masa anónima centrada en infectar y devorar. Frente a la deshumanización y la miseria, ellos reafirman su naturaleza humana mediante su amistad. Y esa es precisamente la segunda lectura positiva que se puede hacer de este relato: por terrible y hostil que sea el lugar en el que te encuentres, por mucho que seas incapaz de integrarte, por mucho que seas el rechazado, por mucho que seas el marginado, siempre, siempre, siempre, acabarás encontrando a alguien a quien poder llamar amigo. Siempre acabarás encontrando un salvavidas al que aferrarte en esos momentos difíciles.


En resumidas cuentas, por encima de ser una historia de terror, Lazaretto es una historia humana. Eso es lo que la hace tan recomendable en última instancia, ya que además de ser un competente representante de su género también sabe transmitir un mensaje interesante; una visión del mundo que, si bien es oscura y cínica, también deja espacio a la esperanza. Eso no quiere decir que el cómic vaya a tener un final feliz ni mucho menos, pero su lectura sí que deja cierto poso e invita a realizar una reflexión sobre esos felices años universitarios, tan idealizados por la nostalgia de los que ya pasaron por ellos y por el ansia de los que aún no han llegado. Sumado a su desagradable envoltorio y a lo escabroso de su argumento, todo lo anterior supone un buen motivo para darle una oportunidad al trabajo de Clay McLeod Chapman y Jey Levang. Si en algo destaca su cómic es sobre todo por saber encontrar esos hermosos y brillantes momentos de auténtica humanidad en medio de la podredumbre, la decadencia y la miseria. No son muchos los autores capaces de conjugar con destreza ambos aspectos de la naturaleza humana.

La edición digital de Lazaretto se encuentra disponible en Comixology y, si las ventas de los números individuales lo permiten, es de esperar que acaben siendo recopilados en un único volumen más adelante. Quién sabe si un producto de este estilo podrá hacerse hueco en el mercado español, pero ojalá alguna editorial patria lo ponga bajo su punto de mira y publique una edición en castellano en el futuro.

5 de octubre de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 11): "Los hermanos Majere"



La primera trilogía de Preludios de la Dragonlance se cierra con una tercera entrega protagonizada por dos de los personajes más populares de la saga: los gemelos Raistlin y Caramon Majere. No obstante, la popularidad del primero siempre ha eclipsado a la del segundo, hasta el punto de que para muchos lectores de espada y brujería la Dragonlance no tiene sentido sin Raistlin. Incluso ahora, con la perspectiva que ofrece el paso de los años, sigo entendiendo y compartiendo la fascinación por el taimado y ambicioso hechicero. Se trata de uno de los personajes más ambiguos y complejos de la literatura fantástica de finales de los ochenta y principios de los noventa, por lo que repasar cualquiera de los libros centrados en él siempre es una agradable experiencia. No todas las entregas de la Dragonlance han envejecido igual de bien, pero la presencia de Raistlin suele ser una constante entre las que aún hoy resultan refrescantes y memorables. Los hermanos Majere, tercer y último volumen de la primera trilogía de Preludios, es una de esas lecturas amenas y satisfactorias en las que el mago tiene un papel destacado.

Publicado originalmente en 1990, este libro se edificó sobre buena parte de la mitología construida alrededor de Raistlin en las Crónicas y las Leyendas de la Dragonlance, pese a que cronológicamente narra acontecimientos anteriores. Al contrario que otras precuelas de la saga, con frecuencia algo laxas respecto a la cronología, Los hermanos Majere (Brothers Majere en el original) utiliza las referencias como algo más que meros guiños para los aficionados a la franquicia. En este caso, las emplea para reforzar las motivaciones que caracterizan a sus personajes, de forma que la narración acaba adquiriendo mayor coherencia y solidez. La caracterización de Raistlin en este libro es impecable, además de fiel a la visión que ofrecieron Margaret Weis y Tracy Hickman en las Crónicas y las Leyendas. Incluso la premisa inicial de la historia enlaza fuertemente con una de las grandes motivaciones del personaje. En ese sentido, esta entrega de los Preludios bien podría situarse entre las lecturas indispensables para todo seguidor de Raistlin, aunque técnicamente no sea más que una precuela con un mínimo impacto en los grandes acontecimientos de línea temporal de la saga. El mérito hay que atribuírselo a Kevin Stein, autor poco prolífico en lo que a la Dragonlance se refiere, pero que firmó un estupendo trabajo en el volumen que estamos comentando hoy.

Los hermanos Majere se sitúa aproximadamente un año después de la última reunión de los compañeros antes de su separación con la promesa de volver a reencontrarse transcurridos cinco años. En ese intervalo, Raistlin se ha sometido a la Prueba en la Torre de la Alta Hechicería de Wayreth, ganándose el título de mago y pasando a vestir la Túnica Roja de la Neutralidad. Sin embargo, el paso por semejante trance no estuvo exento de consecuencias: su cuerpo, ya de por sí enfermizo y frágil, quedó dañado de forma irreparable. Incapaz de grandes esfuerzos físicos, Raistlin se ve convulsionado por frecuentes espasmos y ataques de tos que le impiden respirar. Además, su cabello se tornó blanco y su piel adquirió un macilento y antinatural tono dorado. Para sobrevivir a la Prueba siendo tan joven y demostrar así sus dotes para el arte de la magia, el joven aprendiz tuvo que aliarse con el espíritu de un nigromante, un Túnica Negra llamado Fistandantilus. Desde entonces, su esencia vital ha estado vinculada a la del espectro de tal manera que se ve arrastrado cada vez con más intensidad hacia un destino en el que él mismo vestirá la Túnica Negra del Mal. Sin embargo, una parte de él conserva la esperanza de evitar ese destino y quizá incluso de recuperar la salud de su malogrado cuerpo. Persiguiendo tal fin ha pasado tiempo investigando la posibilidad de obtener la curación por medios místicos, pero todos los sanadores de Krynn desaparecieron cuando los viejos dioses le dieron la espalda al mundo después del Cataclismo. Los autoproclamados clérigos de los nuevos dioses carecen de auténtico poder y Raistlin ha iniciado una cruzada personal contra ellos con el objetivo de desenmascarar sus mentiras. De hecho, el libro se sitúa tras una aventura que se nos omite en la que Raistlin ha derrocado a uno de esos clérigos impostores.

Pero Raistlin no está solo, sino que le acompaña su fiel hermano Caramon. Las consecuencias de la Prueba también afectaron al forzudo guerrero, que sigue cuidando solícito a su gemelo pese a que en lo más hondo de su interior alberga un gran temor hacia él. Durante la experiencia de Raistlin en la Torre de la Alta Hechicería, los magos que lo evaluaron quisieron poner a prueba su lado más oscuro y conjuraron una imagen ilusoria de Caramon que era capaz de utilizar la magia. Raistlin, convencido de que sus aptitudes para la magia eran el único rasgo que le hacía especial, sintió que su hermano había venido a robarle su única oportunidad de tener un lugar en el mundo y lanzó un conjuro contra él dispuesto a acabar con su vida. No está claro si el joven sabía que se trataba de un engaño, pero el hecho es que los hechiceros permitieron que el auténtico Caramon contemplase la escena y viese que su hermano estaba dispuesto a derramar su sangre si se interponía en su ambición por convertirse en el más dotado de los magos. Ambos gemelos han evitado mencionar el tema desde entonces, pero es obvio que ese día se fracturó su unión fraternal. Dicha fractura amenaza con convertirse en una brecha insalvable en algún momento del futuro, aunque mientras tanto los gemelos se comportan como si nada hubiera pasado.

Esa tensión que se oculta bajo las interacciones entre los dos hermanos no ha impedido que ambos se hayan convertido en aventureros capaces que ofrecen sus servicios a cambio de unas cuantas monedas. Caramon es un espadachín muy capaz, mientras que Raistlin dispone de amplios conocimientos sobre magia y alquimia. Obviamente, el carácter bonachón del guerrero hace que se someta a los caprichos de su gemelo, dejando que sea él quien tome las decisiones importantes. Caramon se siente más cómodo haciendo lo que mejor sabe hacer: pelear con puños y acero. Todo lo anterior, tan familiar para cualquier lector avezado de la Dragonlance, demuestra que el escritor conocía bien a los personajes que estaba manejando y era consciente del momento concreto en el que se encontraban. Se le pueden poner pocas pegas a la caracterización de los gemelos en este libro y el único motivo para no disfrutar de ella es que el lector carezca de aprecio hacia estos dos personajes fundamentales de la saga.

Ahora bien, algún punto débil debía tener la obra y en esta caso recae sobre el tercer personaje que comparte protagonismo junto a los gemelos: un kender llamado Earwig Fuerzacerrojos. Pese a lo mucho que me gustan los kenders, tengo la sensación de que muchos autores de la Dragonlance tienen problemas para que los rasgos únicos de cada kender que escriben destaquen por encima de los ragos propios de su raza. En otras palabras, muchos de los kenders que aparecen en estos libros pecan de ser demasiado genéricos y están cortados por el mismo patrón (el de Tasslehoff Burrfoot, el kender por antonomasia). Por tanto, Earwig bien podría llamarse Tasslehoff, ya que son más bien pocas las características que lo diferencian de Tas. El hecho de que el autor insista en presentar a Earwig como primo de Tas no hace más que acentuar esta circunstancia. Pese a que se trata del tercer personaje central de la historia, Earwig no destaca en nada más allá de las peculiaridades habituales en otros kenders y, como consecuencia, acaba siendo un personaje un tanto blando.

El argumento, en cambio, sí que destaca en comparación con los dos volúmenes anteriores de la trilogía, ya que no se trata de la típica historia de viajes y aventuras, sino de una única investigación realizada en un mismo lugar. Los hermanos Majere es pues un libro de misterio, en el que la acción y la aventura quedan en segundo plano mientras se nos va desvelando poco a poco el gran secreto que se oculta tras la ciudad que visitan Raistlin, Caramon y Earwig. He de decir que la obra cumple con su objetivo de mantener la intriga hasta el final, pues es necesario sobrepasar las doscientas páginas antes de empezar a tener una idea global de lo que está sucediendo en realidad en el caso que investigan nuestros protagonistas.


En las vísperas del Festival del Ojo, un acontecimiento que conmemora la alineación de las tres lunas de Krynn (cada una consagrada a uno de los tres dioses de la magia), Raistlin y Caramon son contratados por el cabildo de la ciudad de Mereklar para investigar la progresiva desaparición de los gatos que habitaban el lugar. Una vieja profecía de la ciudad indicaba que los gatos serían los encargados de decidir el destino de Mereklar y del mundo entero en la hora señalada, por lo que sus pobladores habían aprendido a convivir con ellos y compartían su hogar con miles de felinos. Sin embargo, su número ha ido disminuyendo de forma alarmante y Raistlin sospecha que el misterio está relacionado con el Festival del Ojo. La alineación de las tres lunas supondrá un momento único para los usuarios de la magia y Raistlin es consciente de ello. Además, el joven mago percibe que hay fuerzas superiores interesadas en el destino de Mereklar. Por tanto, aunque el encargo pueda parecer a priori trivial o insignificante, decide embarcarse en la investigación arrastrando con él a Caramon y a Earwig. Y mientras los compañeros se sumergen en los muchos misterios que rodean a Mereklar, los miembros del cabildo que les contrataron comienzan a ser asesinados por un felino gigante y antinatural.

De esta forma se va presentando poco a poco una situación inquietante y enrevesada en la que el lector acaba desconfiando de todos los personajes. Esta es una de esas historias que juega con las apariencias y presenta a los malvados como bondadosos y a los bondadosos como malvados; una que además se va cociendo a fuego lento hasta el clímax final, en el que las falsas apariencias saltan por los aires y se desvelan las verdaderas intenciones de los implicados, así como el secreto de los gatos y la causa de su desaparición. Muy hábilmente, el autor hace que la tensión que supone el misterio tenga su reflejo en los personajes, poniendo de manifiesto la tensión que ya existe entre los gemelos desde la Prueba de Raistlin. Para ello introduce al ambiguo personaje de Lady Shavas, la Gran Consejera de Mereklar, cuyas intenciones son tan misteriosas como la propia desaparición de los felinos. Tentados y seducidos por la bella mujer, los dos hermanos empezarán a sentir celos el uno del otro y a cuestionar sus decisiones. Acostumbrado a que Caramon sea el único que disfrute de las atenciones del sexo opuesto y pensando que nadie sería capaz de amar a alguien como él, la cosa se complicará para Raistlin cuando se le ofrezca la posibilidad de sanar su cuerpo de forma definitiva. Quizá el mayor acierto del libro sea que el auténtico conflicto se produzca entre los dos personajes centrales, al margen de que haya otro conflicto externo en el que conspiran fuerzas sobrenaturales.

Si bien es cierto que el interés del relato se mantiene hasta el final, la conclusión es algo más convencional de lo que se puede esperar e incluye el enésimo intento de la Reina de la Oscuridad de adentrarse en el plano físico y conquistar Krynn. Sin ir más lejos, en la anterior entrega de los Preludios, El país de los kenders, se narró una intentona similar por parte de Su Oscura Majestad, por lo que se trata de algo no especialmente novedoso. Lo que le otorga el punto distintivo en este caso es la presencia de los gatos y de su líder, un extraño personaje que responde al nombre de Bast y cuyas lealtades nunca acaban de estar del todo claras. Asimismo, la propia ciudad de Mereklar también hace que esta incursión sea peculiar, ya que se trata de una ciudad diseñada de forma particular con un objetivo concreto. Las amplias descripciones que hace el autor sobre sus murallas grabadas, su trazado triangular y la disposición de sus calles cobran así sentido durante la conclusión del libro.

Se puede criticar que el epílogo de la historia sea casi totalmente expositivo y tenga que aclarar algunos conceptos que no quedaron del todo explicitados en los capítulos precedentes, pero personalmente no lo he encontrado especialmente molesto. Puesto que es el propio Raistlin quien realiza la exposición y quien decide reservarse algunos datos para sí mismo, se genera cierta complicidad entre el lector y el personaje: al final sólo los lectores y el joven mago acaban teniendo una visión global del misterio que se ha estado indagando durante todo el volumen. Los demás personajes, incluyendo al pobre Caramon, nunca acabarán de entender del todo lo sucedido.

El papel del kender es el que menos me convence, como ya apuntaba antes, aunque acabe siendo fundamental para alcanzar la resolución. Quizá el mayor problema del personaje se deba a que el hombrecillo se pasa buena parte del libro sometido a la influencia de una anillo mágico que altera su personalidad, en lo que supone algo más que un mero guiño a El Señor de los Anillos. Para más inri, concluida la historia Earwig se separa de los gemelos en pos de nuevas aventuras... portando un nuevo y desconocido anillo en su mano. El destino del kender es incierto, ya que no vuelve a aparecer en ninguna entrega de la Dragonlance más allá de una breve mención en uno de los libros de relatos, por lo que es bastante posible que cualquiera que termine de leer Los hermanos Majere se acabe quedando con la misma desazón con la que me he quedado yo.

Resumiendo, nos encontramos ante una obra resuelta con solvencia y muy entretenida; posiblemente la mejor entrega de la primera trilogía de Preludios y uno de las paradas obligatorias para todos aquellos que quieran leer las andanzas de Raistlin a lo largo de la saga. Puede que el personaje de Earwig no esté al mismo nivel que el resto del conjunto, pero el estupendo trabajo de caracterización de Raistlin y Caramon lo compensa con creces. Los hermanos Majere es un libro respetuoso y coherente con la cronología de la Dragonlance, pero no se pierde en referencias innecesarias ni en guiños gratuitos. Más bien al contrario, ya que su argumento está muy autocontenido y sirve para explorar los grandes temas que orbitan alrededor de los gemelos desde que fueran presentados originalmente por Margaret Weis y Tracy Hickman. Finalmente, resulta curioso por tratarse de un libro de misterio más que uno de aventuras: lo que narra es una investigación en la que se buscan pruebas, se habla con sospechosos y se exploran los secretos de una ciudad muy particular. El interés se mantiene hasta el final y el manejo que se hace de los secundarios es estupendo, haciendo que el lector desconfíe de todos y comparta la paranoia que acaban desarrollando sus protagonistas. Son volúmenes como éste, pequeñas obras de artesanía bien pulidas y fabricadas para encajar bien con las piezas que les rodean, los que hacen que volver a la Dragonlance después de tantos años siga siendo placentero.

Concluida la primera trilogía de Preludios, en la próxima entrega de esta serie de entradas pasaremos a la segunda. Aún nos quedan tres precuelas más por revisitar antes de entrar en las Crónicas de la Dragonlance y empezaremos por La Misión de Riverwind, libro en el que nos adentraremos en una cultura de Krynn de la que no habíamos tenido ocasión de hablar hasta el momento: la de los bárbaros Que-Shu.