26 de agosto de 2018

[Literatura] Harry Potter y el prisionero de Azkaban, trasfondo desmedido


Si Harry Potter y la Piedra Filosofal fue una presentación un tanto dubitativa cuya fama excedió a sus méritos reales, Harry Potter y la Cámara Secreta supuso la confirmación de que había auténtico talento detrás de la propuesta inicial de la autora. La tercera entrega, Harry Potter y el prisionero de Azkaban vino a desarrollar aún más los puntos fuertes de la anterior, a expandir la mitología que se había creado en torno a sus personajes y a consagrar a la saga del joven aprendiz de mago, ya convertida en un incipiente fenómeno. Eso no quiere decir que este libro carezca de aspectos discutibles, ya que, por ejemplo, la trama no se resuelve de una forma tan redonda como lo hace la del segundo libro ni el peso de sus diferentes elementos está tan bien equilibrado, pero desde luego se trata de una lectura amena y absorbente que sigue construyendo sobre los cimientos plantados en los anteriores y dando lugar a un universo rico, en constante expansión y con una personalidad cada vez más marcada.

Puestos a comentar los nuevos elementos que aporta esta entrega, me quedo con el personaje de Remus Lupin, el nuevo ocupante del gafado puesto de profesor de Defensa contra las Artes Oscuras. Como de costumbre, se trata de un personaje que oculta algún que otro secreto y que sabe más sobre nuestro protagonista de lo que deja entrever en un primer momento. J. K. Rowling lo describe como un hombre desgarbado, delgaducho y con apariencia débil que viste con ropas remendadas, lo cual contrasta con su talento como maestro. Como los propios personajes no dejan de comentar, Lupin es el primer profesor de Defensa contra las Artes Oscuras que realmente les enseña Defensa contra las Artes Oscuras. Esto es algo que queda patente en la narración, que cede cierta importancia a las clases del nuevo maestro (en especial a los ejercicios prácticos con el boggart), aunque esto tampoco es especialmente meritorio, ya que en los libros anteriores las clases habían tenido un papel tan nimio que casi pasaron desapercibidas. Sabíamos que Harry, Hermione y Ron acudieron a un montón de clases, pero la narración nunca se había centrado en ellas más allá de contar alguna anécdota puntual. Quizá por eso las clases de Lupin resultan tan memorables, porque en ellas se transmite al lector que los personajes están aprendiendo cosas útiles que además van poniendo en práctica a medida que progresa la narración. En efecto, así es como se transmite el aprendizaje que experimentan los personajes. Por primera vez, las clases tienen un impacto tangible sobre las aventuras de los personajes y no son la mera excusa para que dichas aventuras se pongan en marcha. Le ha costado tres libros, pero al fin el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería me ha parecido una auténtica escuela.

Lupin también me ha resultado interesante por su conexión con Harry... o más concretamente con el pasado de Harry. La apuesta de la autora es un arma de doble filo muy peligrosa, ya que quiso presentar un nuevo misterio que sirviese para conocer más sobre el trasfondo de Harry... pero ese misterio implicaba a tantos personajes secundarios y se adentra tanto en su pasado que a veces da la sensación de que nuestro protagonista tiene un peso menor dentro de la trama. Si el personaje de Lupin, que es el responsable de vehicular ese misterio no funcionase de cara al lector, habría sido un desastre. No obstante, funciona estupendamente bien. Es más, creo que la relación que se establece entre Harry y Lupin en este libro es muy beneficiosa para caracterizar mejor al protagonista, que empieza a dar rienda suelta a su complejo mundo interior, en el que conviven emociones ambivalentes: amor y rabia, orgullo y tristeza... Puesto que la figura paternal para Harry es sin duda Dumbledore, Lupin viene a ejercer un papel cercano al de hermano mayor. La trama lleva a un pequeño choque entre ambos, pero eso acaba reforzando su vínculo y aumentado su verosimilitud.

Pero volviendo a lo que decía de que el papel de Lupin me parece un arma de doble filo, quisiera explicar esta afirmación con más detenimiento. La presencia del nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras acaba trayendo consigo la historia de sus compañeros de clase en Hogwarts, lo cual es a su vez la solución al misterio de esta entrega: la huida de Sirius Black de la prisión de Azkaban. Por muy interesante que me haya parecido el trasfondo del personaje, me ha quedado cierta sensación de insatisfacción con el clímax. Es tan compleja la trama entre Lupin y Black que para desvelarla la autora requiere casi dos capítulos completos (los que se desarrollan en la Casa de los Gritos) de exposición pura y dura. Tratándose de un libro de aventuras juveniles, no creo que optar por un clímax consistente en un montón de personajes contando historias sobre el pasado sea la mejor opción. Si bien el clímax de Harry Potter y la Cámara Secreta también tenía su dosis de exposición respecto al diario de Tom Ryddle, la cantidad era mucho menor y no le robaba espacio a la batalla contra el basilisco, esto es, a la acción. En cambio, Harry Potter y el prisionero de Azkaban dedica tanto tiempo a exponer la historia del pasado que la propia resolución del libro parece apresurada... y no sólo porque se trate de una carrera en contra del propio tiempo. Se trata de un inconveniente menor, pero que transmite la sensación de que la narración queda algo descompensada; quizá incluso falta de equilibrio interno. Es por cierto la misma sensación que me transmitió la primera entrega de la saga.

No puedo decir gran cosa sobre Sirius Black, porque su aparición es fugaz y no me ha transmitido una impresión destacable. No obstante, imagino que tanto él como Lupin jugarán papeles importantes en posteriores entregas. Por otro lado, Harry Potter y el prisionero de Azkaban supone una inyección de carácter para el trío protagonista. Puede que quien más de beneficie de ello es Hermione, que goza de un par de momentos muy interesantes en este libro en los que empieza a romper ese estereotipo de chica estudiosa, callada y obediente para mostrarse desafiante y combativa. Su desplante a la profesora de Adivinación, por ejemplo, me parece antológico. Por otra parte, Harry, que en libros anteriores me parecía un tanto vacío en tanto que ejercía el rol de recipiente de las proyecciones del lector, también gana en personalidad en esta entrega, demostrando que también tiene una faceta oscura: las críticas de Snape no están del todo faltas de razón, ya que el joven Harry se comporta de una manera que sobrepasa la negligencia en esta historia, poniéndose a sí mismo y a otros en peligro y mostrando una arrogancia que parece impropia de la imagen adorable del personaje que antes tenía. Empiezo a pensar que, más que resultar impropia, es en realidad esa faceta oscura del personaje que ya se ha insinuado en ocasiones anteriores: el Sombrero Seleccionador barajando la posibilidad de enviarlo a Slytherin, el hecho de hablar lengua pársel... Hay algo oscuro en el interior de Harry que a veces sale a la luz de forma sutil y eso hace que el personaje gane en interés. Finalmente, la pelea entre Ron y Hermione sirve para darle más verosimilitud a ambos personajes. Después de todo, nada es más característico de esas edades que una pelea entre amigos que parecen volverse irreconciliables sólo para dejarlo todo olvidado y actuar como si nada hubiera sucedido poco después.

En cuanto al resto de elementos del libro, continúan en su misma tónica pero aumentando en intensidad. El Quidditch sigue siendo emocionante, aunque en este libro se transmite mejor la sensación de competición y se coloca un objetivo en la mente del lector desde el principio (ganar la copa antes de que el capitán de Gryffindor acabe su último año en Hogwarts), por lo que se siente que hay algo de peso en juego en cada partido. Esto aumenta la implicación del lector en los pasajes relacionados con el juego. Por otro lado, Hagrid continúa metiéndose en líos con sus animalitos en este libro, una circunstancia que en esta ocasión está mucho mejor hilada con la trama principal. También es esta tercera entrega la que introduce a los Dementores, personajes con los que Rowling se muestra especialmente hábil: en lugar de centrarse en sus características físicas como cualquier otro estaría tentado de hacer, la escritora ofrece una descripción más bien emocional de estos seres, poniendo el foco sobre el efecto psicológico que producen en las personajes a los que se acercan. De esta forma, sus apariciones siempre resultan impactantes y sugerentes. Más que tratarse de una amenaza física, los Dementores son una amenaza íntima y emocional; una amenaza que ataca los pensamientos felices dejando la tristeza y la pérdida. Tengo que reconocer que la idea de que existan unos seres que se alimenten de la felicidad y las ganas de vivir, dejando a sus víctimas consumidas por la desesperación, si bien no me parece completamente original, sí que me resulta atractiva en grado sumo.

Hay algún que otro detalle que me gustaría comentar extensamente, pero prefiero no entrar en demasiados detalles sobre las sorpresas de la trama. Baste decir que Harry Potter y el prisionero de Azkaban me ha parecido la consagración de los aciertos que encontré en la anterior entrega de la saga. El único temor que tengo respecto a los libros posteriores es que la autora se pierda demasiado en el denso trasfondo que ha preparado para su personaje central y que el foco, que debería estar sobre Harry, Ron y Hermione se desplace demasiado hacia los personajes secundarios o las historias del pasada. No hay que olvidar que tanto los personajes secundarios como el propio trasfondo están ahí para enriquecer a los protagonistas y contribuir a su desarrollo como personajes, no para eclipsar el interés que despiertan en el lector. El momento en que empiece a sentirme más interesado por Lupin o Black, por poner un ejemplo, que por el propio Harry, será el momento en el que la propuesta de la autora empiece a perder efectividad. No obstante, este temor convive con la convicción cada vez más clara de que el universo creado por Rowling ya era lo suficientemente sólido llegados a este punto y que la forma en la que todo empieza a interconectarse cada vez más delata la existencia de un complejo plan ulterior. Sólo la lectura de los siguientes libros puede confirmar o desmentir dicha convicción.

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19 de agosto de 2018

[Literatura] Harry Potter y la Cámara Secreta, un paso de gigante


Harry Potter y la Piedra Filosofal me pareció exactamente lo que es: un obra de una autora con poca experiencia que aún estaba lejos de alcanzar su madurez creativa. Si bien es cierto que en sus páginas se pueden encontrar aciertos notables, incluso los elementos más originales beben de fuentes más o menos conocidas. Además, su clímax se construye de forma un tanto irregular y se desarrolla con tanta brevedad que la conclusión del libro se antoja apresurada e incluso insuficiente. También podría decir que el enfoque claramente infantil de esta primera entrega de la saga no contribuye a que los lectores adultos se adentren en ella con interés. Harry Potter y la Piedra Filosofal es una obra simple y orientada a niños pequeños que queda lejos de poder calificarse como brillante debut. No obstante, me alegra comprobar que J. K. Rowling no tardó mucho en madurar como escritora, porque el segundo libro de su famosa serie supuso en salto gigantesco en cuanto a calidad literaria. Harry Potter y la Cámara Secreta me ha parecido mucho mejor libro en todos los sentidos: construcción de la trama, desarrollo del clímax, caracterización de personajes... todo mejora. Aunque admito que la primera entrega me dejó algo indiferente, la segunda me ha atrapado por completo.

Uno de los factores que sin duda contribuyen a que este libro sea mucho más redondo es su mayor extensión. El número de páginas crece considerablemente respecto a Harry Potter y la Piedra Filosofal y, como consecuencia, la autora puede planificar con cuidado la evolución del misterio en torno al que gira la trama. Mientras que en el primer libro dicho misterio es algo anecdótico que incluso el más joven de los lectores no debería tener problema en deducir por sí mismo, en la segunda entrega es un misterio con todas las de la ley. La información está muy bien dosificada a lo largo del texto y la autora incluso juega a ofrecer pistas que al final se desvelan como medias verdades o directamente como mentiras. En ese sentido, me da la impresión de que Harry Potter y la Cámara Secreta se aleja un tanto de la literatura infantil y aspira a ser una obra orientada al público más juvenil. Con esto quiero decir que se trata de un libro que exige un poco más al lector, lo cual siempre es de agradecer. Aunque sigue teniendo la manía de excederse en las explicaciones para dejarlo todo bien masticadito, parece un libro orientado hacia un lector mucho más activo, capaz de hacer sus propias deducciones y de descubrir que no todos los datos que se le ofrecen encajan bien en la narración... o son demasiado convenientes como para confiar en su validez. La forma en la que se plantea el misterio de la Cámara Secreta y del monstruo que la habita es muy hábil: es sutil y progresiva, está conectada con el trasfondo de los personajes y, además, enriquece el escenario sobre el que se desarrollan los acontecimientos.

La propia forma de escribir de J. K. Rowling evidencia una mejoría en esta entrega. No puedo decir hasta qué punto se debe a la intervención de sus editores, pero desde luego Harry Potter y la Cámara Secreta está mucho más pulido que el anterior libro. Un detalle que me chirrió mucho en la primera incursión de la autora fue la marcada ausencia de descripciones. Pues bien, ese es uno de los primeros aspectos que la autora corrige aquí. Aunque no llegan a ser tan extensas y detalladas como a mí me gustaría, al menos existen descripciones como tales en este segundo libro. Al fin he podido construir una imagen mental de algunos aspectos que antes me parecían demasiado vagos y que fueron solidificándose en mi mente casi sin darme cuenta a medida que avanzaba en la lectura.

No obstante, el punto fuerte de esta entrega quizá sea la caracterización de personajes. Tras haberse quitado de encima la pesada tarea de presentar a sus protagonistas y antagonistas, la autora se dedica en este libro a desarrollarlos y a insuflarles auténtica vida. Es posible que quien más se beneficie de todo esto sea el gran villano, Lord Voldemort, que en el primer libro era poco más que el típico villano de opereta cuya única justificación parecía ser la necesidad de tener un antagonista para Harry. Hay quien piensa que la calidad de una historia se mide por la calidad de sus villanos. En ese sentido, el Voldemort de Harry Potter y la Piedra Filosofal, pese a haber cometido la gran maldad de asesinar a los padres de nuestro protagonista, no era gran cosa. En cambio, el Voldemort de Harry Potter y la Cámara Secreta es un personaje tridimensional, con un justificación para sus acciones y un trasfondo interesante. J. K. Rowling optó por establecer un paralelismo entre el héroe y el villano, haciendo que ambos fuesen huérfanos que encontraron su verdadero lugar en el mundo mágico gracias al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. No se puede decir que sea el recurso más innovador del mundo, pero desde luego es efectivo. Además, al autora juega al despiste con el lector, ya que en principio Voldemort no parece ser el villano en esta ocasión. Sin embargo, cuando nos cuenta la historia de Tom Ryddle a través de su diario, lo que está haciendo en realidad es contextualizar a su villano. Si es cierto que los villanos son la vara con la que se mide la calidad de una historia, entonces está claro que la calidad de Harry Potter y la Cámara Secreta se dispara en comparación con la del arranque de la serie.

Otro aspecto destacado de esta segunda parte es su sentido de la comedia, mucho más marcado y con cierta tendencia a desviarse hacia el humor negro. Se trata de un libro elaborado para el disfrute de los niños, pero teniendo también presentes a los adultos. Destacaría al personaje de Gilderoy Lockhart, un mamarracho encantador y divertidísimo. Más allá de ser un personaje cómico para los jóvenes lectores, los adultos verán en él al estereotipo de cierto tipo de persona desgraciadamente común en el mundo académico o laboral. Junto a los pasajes centrados en Tom Ryddle, la escritora pone lo mejor de sí en los capítulos en los que aparece el narcisista profesor Gilderoy Lockhart. Hay algunos momentos especialmente brillantes en los que la ambientación y el contexto de una escena trabajan juntos para caracterizar al personaje, como las escenas que transcurren en el despacho de Lockhart bajo la atenta mirada de las fotografías de su rostro que reaccionan de distintas formas a lo que sucede.

En cuanto al trío protagonista, me da la impresión de que J. K. Rowling ya tenía muy claro qué pensaba hacer con ellos desde el momento en que empezó a trabajar en este libro. Por ejemplo, la dinámica entre Ron y Hermione sigue a rajatabla ese viejo dicho que afirma que los que se pelean se desean. El personaje de Harry es el que sigue estando algo más vacío en su caracterización, en tanto que no se define tanto por su relación con el resto de personajes como por la relación que ellos tienen con él. Harry sigue siendo en cierta medida un recipiente sobre el que el lector puede proyectar sus propias filias, aunque me sorprendería que esto se mantuviese en las siguientes entregas de la saga. Imagino que la autora colocará el foco sobre el mundo interior de Harry a medida que progresen sus estudios en Hogwarts, porque en Harry Potter y la Cámara Secreta dicho foco no se coloca sobre lo que Harry siente sino sobre lo que los demás personajes sienten hacia él: la descarada fascinación de Ginny Weasley, el cariño paternal del profesor Dumbledore, el desprecio de Draco Malfoy... Las emociones del elenco están claras, mientras que las de Harry se intuyen más que expresarse. Igual este es uno de los motivos por los que es tan popular: porque, al menos en gran parte, Harry es el lector y el lector es Harry.

Ya que lo he mencionado, diría que otro de los antagonistas, en esta caso el insufrible Draco Malfoy, también gana bastantes puntos en esta entrega. Una vez más, que se aporte el trasfondo que ofrece su padre, Lucius Malfoy, así como los orígenes de Slytherin y la filosofía racista del fundador de la casa, que despreciaba a todos aquellos magos que no fuesen de sangre pura, ayuda a que la caracterización del personaje resulte mucho más saliente y memorable. Este pequeño y mezquino mequetrefe tiene un papel más destacado en este segundo libro y sus intentos por hacer quedar mal a Harry evidencian la envidia que siente hacia él, así como su inseguridad y su temor a ser superado por el objeto de sus burlas. Para cuando termina el segundo curso en Hogwarts, Harry ha abierto la Cámara Secreta, ha vencido al basilisco, ha salvado la vida de Ginny y ha vuelto a derrotar a Voldemort. En cuanto a Draco, su mayor hazaña hasta entonces consiste en entrar en el equipo de quidditch de Slytherin gracias al dinero de su padre. Tan evidente es su problema de autoestima que casi resulta adorable. Casi.

Respecto a lo demás, continúan las líneas maestras que se establecieron en Harry Potter y la Piedra Filosofal: continúa el quidditch (ahora más personal gracias a la incorporación de Draco al equipo de Slytherin en la misma posición que Harry), el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras continúa gafado y Neville Longbottom sigue siendo igual de torpe (¡o puede que incluso más!). Con los nuevos alumnos de primer año que se suman a la lista de personajes secundarios, en alguna que otra ocasión conviene echar un vistazo a la Wikipedia para seguirle la pista a tanto nombre, pero este sigue siendo un libro ameno, sencillo y fácil de leer. Creo que he tardado menos tiempo en leerlo que el anterior, pese a tener casi el doble de extensión. Ese hecho transmite mejor mi impresión sobre Harry Potter y la Cámara Secreta que cualquier reseña que pueda elaborar. Es más, en el momento de escribir estas líneas ya llevo buena parte del siguiente libro leída. Para mi sorpresa, estoy empezando a entender qué tiene esta historia de especial para haber encandilado a tanta gente.

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5 de agosto de 2018

[Literatura] Harry Potter y la Piedra Filosofal, (no tan) buena literatura para niños


Al contrario de lo que pueda parecer, escribir un libro para niños no es una tarea sencilla. No basta con inventar cualquier historia fantástica y narrarla usando oraciones simples. De hecho, es necesario conocer en profundidad al público al que va a ir dirigida la obra y eso implica tener ciertos conocimientos sobre el desarrollo de las capacidades cognitivas de los niños a determinadas edades. No se debería escribir igual una historia dirigida a niños de siete años que otra dirigida a niños de doce o trece, ya que se encuentran en etapas diferentes de su desarrollo. No sé hasta qué punto es habitual que los escritores de literatura infantil se planteen esta cuestión. Quizá sea una tarea reservada a los editores, no lo sé. En cualquier caso, en las escasas ocasiones en las que he tenido la oportunidad de escribir un relato dirigido a niños esta ha sido una cuestión que me rondaba siempre por la cabeza. Como si la escritura no fuese lo suficientemente compleja por sí misma, imagina tener que llevarla a cabo mientras te planteas si tus posibles lectores han alcanzado ya la etapa de las operaciones formales que planteaba Piaget.

Lo cierto es que me gusta la literatura infantil y juvenil; no sólo como persona interesada en la escritura sino también como lector. Me fascinan las historias ambientadas en esa etapa de la vida; las historia del paso de la infancia y adolescencia a la madurez. En especial, me gustan las historias protagonizadas por niños cuando están contadas pensando en los niños, es decir, las historias que se dirigen a los lectores infantiles que pueden identificarse con esas vivencias por ser muy similares a las que se encuentran en su día a día, en su propio camino hacia la madurez. Esas historias tienen mucho poder y pueden contribuir al desarrollo personal en este periodo sensible de la vida de una forma que con frecuencia se subestima. Historias como la de Harry Potter, el célebre niño mago que ha sido un icono importantísimo en la vida de tantos y tantos jóvenes lectores.

Debo confesar que mi conocimiento sobre este personaje era más bien escaso y no iba más allá de las dos o tres películas que he visto. El momento de mayor popularidad de sus libros me pilló demasiado mayor como para interesarme. De hecho, el niño mago llegó demasiado tarde para mí: mis años de infancia y adolescencia estuvieron repletos de lecturas de la Dragonlance o de los Reinos Olvidados,  había pasado años creando mis propias historias sobre magia y misterio en mis partidas de Vampiro: La Mascarada, Los Libros de la Magia de Neil Gaiman estaban entre mis cómics favoritos... ¿Qué habría podido ofrecerme el personaje de J. K. Rowling que no hubiese visto ya mil veces mejor? Lo irónico es que con el paso del tiempo, ya bien entrado en la edad adulta y por unas circunstancias laborales que ahora no vienen al caso, he acabado interesándome por las historias de Harry Potter y he empezado a leer sus libros. Por una parte es un interesante ejercicio de aprendizaje, ya que cuando te interesa aprender a escribir nunca está de más analizar la forma en la que está escrito uno de los libros infantiles más populares de las últimas décadas. Por otra, es una forma de saciar mi curiosidad respecto a la siguiente pregunta: ¿qué tienen de especial estos libros? 

Ya conocía la historia de cómo se fraguó el personaje, con la escritora viviendo un mal momento personal y viendo cómo su manuscrito era rechazado en varias editoriales. No sé hasta qué punto esa circunstancia se ha exagerado intencionalmente con el objetivo de mitificar a Rowling o de contribuir al marketing de su obra. En cambio, sí que puedo decir que las similitudes entre el protagonista de Los Libros de la Magia, Tim Hunter, y Harry Potter siempre me parecieron demasiado exageradas como para negar que el personaje de Gaiman, anterior en el tiempo, no influyese de ninguna forma a la escritora. Leído al fin el primer libro, dicha influencia me parece aún más incuestionable. No obstante, no he querido dejar que mi lectura se dejase influir por una predisposición negativa. El hecho de dejarse llevar por el rechazo automático hacia cualquier producto de éxito no suele ser una buena estrategia para abordar un comentario.

Lo curioso es que ese rechazo inicial me duró más bien poco. Concluida la lectura de Harry Potter y la Piedra Filosofal, puedo decir que he disfrutado bastante del trabajo de Rowling... aunque sus destrezas como escritora no me parecen muy desarrolladas en este primer libro. Tratándose de una obra infantil, esperaba una mayor consideración hacia los pequeños lectores y lo que me he encontrado es una historia que plantea un misterio cuya resolución está escrita ya en el propio título. No puedo poner en duda la original ambientación y la construcción del universo en el que se mueven los personajes, pues en esos aspectos se puede detectar una enorme cantidad de tiempo y trabajo. El argumento de este primer libro, por muy simple que sea, se sustenta sobre unas bases sólidas: ya hay construido un mundo con una mitología muy particular y los acontecimientos que se narran aquí encajan estupendamente con dicho mundo y dicha mitología. Sin embargo, el argumento deja poco espacio para la especulación pese a plantear una incógnita muy clara desde sus primeros compases. La información que ofrece está demasiado masticada y, por tanto, no es necesario ser especialmente despierto como para darse cuenta de los trucos de la autora. Insisto en lo que mencionaba al principio: es importante tener en cuenta a tu público cuando escribes literatura infantil. Por pequeños que sean, los niños no son tontos. Estoy convencido de que cualquier niño es capaz de percibir que ese personaje que se presenta como malvado con tanta intensidad en realidad no lo es tanto, de la misma forma que recuerda que ese otro personaje sobre el que nuestros protagonistas buscan información tan desesperadamente se mencionó unos cuantos capítulos atrás de forma casual. En ese sentido, creo que Rowling comete ese error tan frecuente que consiste en valorar las capacidades de sus lectores muy por debajo de la realidad.

Sorprendentemente, la escritora hace justo lo contrario en lo que se refiere a la capacidad de los lectores infantiles para interpretar estados emocionales complejos. Cualquiera que haya tratado con niños sabe que hablar sobre emociones con ellos es una labor muy difícil, sobre todo en estos tiempos en los que la educación emocional brilla por su ausencia tanto en hogares como en escuelas. Sin embargo, Rowling se esfuerza por describir con detalle los estados emocionales de sus personajes principales... y no siempre se trata de emociones básicas como la alegría o la tristeza. En muchas ocasiones, los protagonistas experimentan emociones ambivalentes (es decir, una mezcla de emociones positivas y negativas). En un capítulo hay varias escenas con cierto espejo mágico en las que la autora incluso plantea el tema de la dependencia emocional... rozando incluso la adicción física. No se trata de un tema fácilmente asimilable por los niños, pero para estas cuestiones Rowling sí que confía en su capacidad de comprensión, lo cual me parece admirable. Es posible que este sea uno de los motivos de su éxito, me atrevería a decir. El mundo emocional de los personajes rivaliza en riqueza de detalles con el mundo mágico en el que transcurren sus andanzas.

En cuanto a otros aspectos técnicos, pienso que Harry Potter y la Piedra Filosofal tiene ciertos problemas de ritmo. Es un libro muy corto y quizá por eso el ritmo desigual se percibe con más claridad. Mientras que entiendo perfectamente que los capítulos de introducción (es decir, los que se encuentran antes del punto de giro en el que el joven Harry descubre que en realidad es un mago y no un muggle) deban desarrollarse con lentitud para presentar al protagonista principal, no puedo decir lo mismo sobre el lento desarrollo de ciertos episodios que no parecen estar relacionados con la trama principal más que de forma tangencial. El único motivo que se me ocurre es para darle una mayor presencia a ese mundo mágico ideado por Rowling, ya que después de todo ofrece una buena cantidad de ganchos con los que conectar con el lector: el vuelo en escoba, el Quidditch, la rivalidad entre las casas... No obstante, esto repercute en una conclusión bastante apresurada que no ofrece mucho margen para que el lector pueda digerir todos los acontecimientos de los que ha sido testigo apenas unas páginas atrás. Quizá parezca una tontería mencionar el ritmo de un libro tan corto, pero precisamente por ser tan corto es de especial importancia controlar la velocidad de la narración y los espacios que es necesario permitirle al lector para que asimile los momentos clave. De lo contrario, corres el riesgo de perderte en lo irrelevante y quedarte corto en lo importante. Personalmente, la conclusión de este libro se me hizo muy escasa.

Escasas son también las descripciones físicas que ofrece la escritora a lo largo de Harry Potter y la Piedra Filosofal. Incluso las de los personajes principales se saldan con unas pocas líneas. Entiendo que esto es algo intencional, con el objetivo de no limitar a sus creaciones y facilitar que cualquier tipo de lector se pueda identificar con ellos. Sin embargo, esas parcas descripciones también son las que se emplean para las criaturas, objetos y localizaciones que aparecen en la historia. Evidentemente, no se le puede exigir a Rowling la cantidad de detalle que ponía por ejemplo Tolkien en sus descripciones, pero un mínimo es necesario para dirigir a los lectores mientras se dibujan una imagen mental. En ese sentido, me ha sorprendido comprobar que buena parte de lo que yo consideraba una seña de identidad de la estética de Harry Potter proviene más de las películas que de esta primera entrega de la saga literaria. Juzgando sólo las descripciones de la autora, el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería bien podría ser un castillo genérico, Ron Weasley podría ser cualquier niño pelirrojo, Hermione Granger podría ser literalmente cualquier niña del mundo y bastan una cicatriz en forma de relámpago y unas gafas gruesas para crear a nuestro propio Harry Potter.

Tengo entendido que la autora mejoró ostensiblemente mientras abordaba las siguientes entregas de la saga, lo cual hace que tenga un especial interés por continuarla. De igual forma, he escuchado que los siguientes libros fueron ganando en complejidad a medida que su público iba creciendo con ellos. No se puede reproducir esa experiencia siendo adulto, claro está, pero me interesa ver cómo progresan los próximos libros en este aspecto. Me planteé esta lectura como una forma de descubrir qué es lo que hacía tan especial a las historias de Harry Potter y para ser sincero tengo que admitir que no he llegado a verlo en la primera entrega... aunque creo que puedo intuirlo. Es evidente que se trata de una propuesta cargada de imaginación (si bien se podría discutir hasta qué punto es original), pero no parece ser ese el motivo que la hace especial. Es obvio que la autora elaboró un amplio trasfondo sobre el que sustentar su universo de ficción, pero hay cientos de obras con universos igual de interesantes o incluso aún más atractivos. Creo que la clave está más bien en la forma en la que plasma la vida interior de los personajes, su vida emocional. Ese puede ser el motivo por el que la conexión de los lectores con estos personajes sea tan fuerte.

Me he deleitado descubrir que Harry, Ron y Hermione no son unos personajes tan azucarados como sus contrapartidas cinematográficas me habían hecho creer. La dinámica entre ellos es bastante creíble y no dista mucho de la que puede establecerse entre un grupo de niños. La amistad no surge de la nada, sino que al principio son un tanto bordes entre ellos (Harry y Ron forman un claro bando opuesto a Hermione). Más tarde, cuando dicha amistad se está consolidando, las dudas e inseguridades aparecen de vez en cuando. En ese punto su relación es fluida y cambiante; está en pleno periodo de gestación. Para cuando llega el final, después de todo lo vivido por el trío de personajes, el vínculo entre ellos está más que construido en el aspecto emocional. Será interesante ver cómo evoluciona en los siguientes libros, en especial cuando los tres alcancen la adolescencia y entren en juego las revoltosas hormonas.

En definitiva, me cuesta decir que Harry Potter y la Piedra Filosofal sea un ejemplo de buena literatura para niños, pero está claro que en su interior se encuentra la materia prima suficiente como para que las entregas posteriores de la saga lo fuesen. No es el mejor libro para niños que he leído, pero desde luego está lejos de ser uno de los peores. Cualquier persona interesada en la escritura debería echarle un ojo aunque sólo sea para aprender tanto de los puntos fuertes de la obra inaugural de la hoy exitosa franquicia de Harry Potter... como de sus puntos débiles. Algo me dice que la primera persona que aprendió de esos puntos débiles fue la propia Rowling.